Opinión

La palabra y el silencio en la Ética y el Derecho

 
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Palabras

Por Víctor Manuel Pérez Valera*

La palabra es una manifestación fundamental de la vida humana, la otra es el silencio. Se da el silencio cuando el ser humano después de hablar, retorna hacia sí y permanece callado. Sólo puede guardar silencio el que puede hablar. El silencio es una reserva interior, algo consciente, paradójicamente algo viviente y vibrante. También sucede lo contrario, sólo puede hablar con pleno sentido, el que también sabe callar. Hablar y callar, ambos misterios, se dan en el ser humano.

El hablar expresa el interior del ser humano: lo que se piensa, lo que se siente, lo que se anhela, lo que se propone, aquello que yo sólo conozco. Al hablar comunico parte de mi interioridad, hago patente algo interno de mi ser. Por la palabra se expresa la promesa, un anhelo futuro, y el compromiso, una entrega de vida. En el sentido negativo mediante la palabra se puede divulgar la mentira y la calumnia.

Existen conflictos que se pueden solucionar con las palabras, otros, en cambio, se agravarían con ellas y es mejor cobijarlas con el silencio. En al acompañamiento integral del moribundo, por ejemplo puede ser más valioso el silencio que la palabra.

Por medio de la palabra el hombre en cierto modo, entra en la historia. Hay situaciones en las que debe decirse algo, expresar una opinión, ejercer una función crítica. La palabra tiene poder, puede conmover, convencer, persuadir, hacer historia.

Actualmente estamos asediados por los medios de comunicación que en ocasiones han degradado la palabra. Asimismo, en los teléfonos celulares, con cierta frecuencia, se da sólo una comunicación superficial que no conduce a la comunión.

Ser dueño del silencio es un gran valor, es una virtud esencial. Se podría decir que el silencio está a la sombra de la palabra. No se trata del silencio por el silencio, lo cual sería mutismo. Para María de Montessori el trabajo de los niños en silencio, es una parte importante de su pedagogía. En el plano fisiológico la misma respiración, tan esencial para la vida, nos impone el silencio. Se da un ciclo: inspiración, reposo y expiración, reposo. Los pulmones se ensanchan, la nariz vibra, los músculos se tensan y distienden, palpita la vida, la respiración nos concentra en el presente. Quien no sabe callar se parecería a un hombre que sólo expirara y no inspirara. Eso llevaría a una especie de muerte, a expirar.

No basta el silencio exterior, es necesario el silencio interior, éste hay que aprenderlo, ninguna virtud nos llega desde fuera. Por consiguiente, debemos esforzarnos por evitar la charlatanería, tan frecuentemente utilizados por algunos políticos y por abogados mediocres.

Sólo en el silencio puede darse el auténtico conocimiento. El que no posee un vacío interior, no puede comunicar nada. Definitivamente el silencio muestra una singular belleza que es parte esencial del diálogo.

El silencio complementa el privilegio de hablar, pues antes de responder es necesario escuchar, hablar puede ser relativamente fácil, escuchar, en cabio suele ser más difícil. El silencio de la escucha no es algo pasivo, sino una actitud muy dinámica que supone llevar al corazón lo escuchado. El silencio de la escucha es ingrediente decisivo para el diálogo, tan importante en la vida familiar, en el trabajo, en la política y desde luego, en el ámbito jurídico. El no profundizar la escucha suele llevar a malentendidos, que en la vida cotidiana son una fuente de enfrentamiento y de inquietud. El abogado está siempre amenazado por el malentendido, o al menos por la incomprensión en su relación con el cliente y con el abogado de la contraparte.

En el proceso jurídico es importante el diálogo, para disipar equívocos o temas conflictivos. La primera exigencia del dialogo es la escucha. El silencio como escucha sigue el camino inverso de la palabra pronunciada: se capta el sonido, se comprende, se guarda interiormente y se convierte en objeto de reflexión. De ese modo se cierra el círculo de la comunicación, de la comunión y del encuentro. En suma, el silencio complementa la palabra cuando la acepta, la examina y la atesora, de la escucha profunda surge la obligación ética del secreto: la comunicación confidencial queda sepultada en lo más íntimo del corazón. A lo anterior podemos añadir que en el ámbito ético, todo actuar humano supone la escucha de la voz de la conciencia, de la voz de los sabios, de la voz del corazón propio o ajeno.

*Profesor emérito de la Universidad Iberoamericana.

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