Opinión

La nueva Cuba

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Jeffrey DeLaurentis encabeza la Sección de Intereses de Estados Unidos en Cuba. (Reuters)

A principios de los noventas, después de la caída del Muro de Berlín y del desmembramiento de la Unión Soviética (agosto de 1991), las diferentes repúblicas que se identificaron con la bandera roja de la hoz y el martillo, en total 15, iniciaron un lento proceso de reconstrucción nacional. Desde la búsqueda de su identidad nacional, la recuperación de una lengua propia –el ruso fue la lengua del imperio, que obligó a la desaparición de algunas locales como el bielorruso– la definición de un sistema de gobierno y tantas cosas más.

Como corresponsal extranjero durante esos años en las repúblicas bálticas (Lituania, Letonia y Estonia) me tocó presenciar y cubrir ese proceso con apasionante interés. Recuerdo discusiones parlamentarias en Vilnius o en Riga en torno a cuestiones fundacionales de un país, como el modelo de gobierno, el sistema parlamentario versus el presidencialista, al mismo tiempo que un debate por el reglamento de tránsito y el ordenamiento geográfico del país. Complejo, desordenado, sin guía ni cultura política. Y no la había porque prácticamente todos los políticos en activo en esos países habían nacido bajo la existencia y dominio de la Unión Soviética, en el marco del régimen centralista y omnipresente de Moscú y del partido comunista (PCUS). No tenían comparación, formación parlamentaria, desarrollo de iniciativas, conformación de gobiernos.

Por ello, a casi 25 años de distancia, los avances y fortalecimiento institucional de cada una de aquellas repúblicas ha sido distinto. Estonia ha sido la que más ha despuntado en desarrollo económico y la construcción de un sistema de libertades semejante a sus vecinos nórdicos, en buena medida por el constante apoyo de Suecia, Noruega y Dinamarca. Los casos de Lituania y Letonia han sido diferentes y con repetidos desniveles: en esos países más de una vez triunfaron electoralmente partidos y líderes herederos del sistema soviético en las últimas dos décadas, lo que se tradujo en retrocesos al avance y la consolidación democrática.

El fortalecimiento institucional, la madurez para construir un aparato estatal sólido, equilibrado, por encima de gobiernos cambiantes ha sido, tal vez, el mayor reto.

Ahora que Cuba se acerca a un proceso muy lento de reconstrucción con el anunciado retiro del embargo estadounidense y el restablecimiento de relaciones, se enfrentará al reto histórico de rediseñar su país.

Ciertamente Cuba no sufrió el proceso de “sovietización” total de las 14 repúblicas que compartieron con la madre Rusia los 70 años de la URSS, sin embargo, Cuba experimentó un significativo proceso de estatización totalitaria al estilo soviético. Me parece que especialmente de la segunda parte de los sesentas, todos los setentas y hasta la Perestroika de Gorbachov después de 1986, en que se degrada paulatinamente la presencia y el control soviético en la isla.

Sin embargo Cuba imprimió su sello y su estilo a los procesos estatales, a la vigilancia ciudadana, al control absoluto de las libertades, de la vivienda, del trabajo. Caribeños geniales al fin, con esa alma tropical y bullanguera, los cubanos adaptaron la Perestroika y la hicieron la Troyka Pérez, con ironía, pero también como un disfrazado esfuerzo de apertura. Encontraron formas y mecanismos para “burlar” los límites de la propiedad privada, para ofrecer servicios que en sentido estricto el partido no aprobaba, o mejor dicho, no condenaba y tácitamente permitía. La “pelmuta” –con acento cubano– se convirtió en práctica común para aquellos que por décadas buscaron cambiar de domicilio, aunque no fueran dueños de ninguna propiedad. O los célebres Paladares, que no eran y son otra cosa que restaurantes privados, disfrazados de casas particulares donde uno llegaba como invitado de la familia.

La realidad y la práctica creativa y cotidiana, obligó el rígido sistema estatal y partidista a abrir cauces de descompresión social, al tiempo que inventaba nuevas formas de “comercio” tolerado, positivo para el régimen.

Estudiar y repasar las muchas etapas, los períodos especiales, la consecuencias del derrumbe soviético, la carestía hasta la inexistencia de combustibles y gasolinas, hasta la llegada de Chávez y su alianza salvadora –los años que duró o languidece con Maduro– serán fundamentales para entender al país por 60 años.

Por ahora, y de forma muy lenta porque los Castro siguen en el poder, vendrá un proceso de “desrevolucionarizar” la Revolución. Se acabó. La construcción de la nueva Cuba tendrá que pasar por entender qué es útil y rescatable de ese período y cómo se construye una Cuba del siglo XXI, donde el discurso del “imperio explotador y asfixiante” ya no cabe más.

Twitter: @LKourchenko

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