Opinión

La noche que los desencantados se adueñaron del mundo

11 noviembre 2016 15:54




 
 

 

seguidores de trump Reuters

Nueva York, Nueva York

-Si entiendes qué vamos a levantar el muro, ¿verdad? Estoy cansado de que los mexicanos indocumentados me roben el empleo. No es justo para gente como yo que nació aquí –me dijo el adolescente. Era un chaval henchido de soberbia, convencido de saberlo todo sobre México y –en especial— con ganas de pelea. Se le veía inflado por la euforia, con la confianza de sentirse acuerpado por un centenar de sus compañeros.

¿Y por qué no? Contra todo pronóstico, él y los suyos, la tribu de los desencantados y los conspiracionistas, acababan de adueñarse del mundo.

La madrugada del 9 de noviembre, a las afueras del Hilton Midtown de Manhattan, flotaba en el aire una sensación de carnaval siniestro. La victoria de Donald Trump daba rienda suelta a los extremistas.
- Lo sabes, ¿no? ¿No lo sabes periodista? Es tu trabajo saber. ¡Putos medios manipuladores! –escupió, antes de dejarme y sumarse a un grupo de correligionarios que agitaba banderas y gritaba ruidosamente de cara al tráfico nocturno de la sexta avenida: “¡USA! ¡USA!”. No tenían mucho en común, más allá del triunfo del magnate inmobiliario. Rechazados de todo tipo, misfits que por años han sido tratados como basura por fuerzas más allá de su comprensión, convergían por decenas para celebrar en esta esquina de Nueva York su venganza. Le habían ganado al sistema.

Entre los más coloridos estaban Doug y Donna, una autodescrita “pareja temerosa de dios” de Nueva Jersey que había hecho el viaje en camión desde Trenton para presenciar este momento histórico. Ambos iban vestidos con trajes un tanto ridículos, cubiertos por las barras y las estrellas de pies a cabeza. Donna se sentía la estatua de la libertad. Doug padecía un leve retraso mental.

“Ya verás cómo el presidente Trump le muestra la religión a tu presidente”, me dijo Donna. “Dos presidentes religiosos le harán bien a nuestros países”.

También estaba Hamel, un joven rubio con solideo que cargaba la bandera israelí como capa. “¡Los árabes se van al carajo!”, repetía al periodista que tuviera cerca. Y por ahí, aunque pareciera imposible de creer, había también latinos. Hispanos que estaban con Donald Trump. Roberto, un ecuatoriano, me decía que “los mexicanos malos se irán, esos violadores, asesinos”.

--¿Y la gente que no ha hecho nada? –le pregunté.

--Los buenos no tendrán nada de qué preocuparse. Pero sólo si son buenos.

La noche que Donald Trump ganó la presidencia de Estados Unidos, medio millar de sus simpatizantes y periodistas de todo el mundo estábamos atrapados en un corral armado por la Policía de Nueva York en la esquina de la sexta y la 55, muy cerca del Hilton en donde el republicano habría de dar esa madrugada uno de los discursos menos esperados –y puedo decir, más temidos-- de la historia.
El de su victoria.

A nuestro alrededor, hervía la fiesta callejera. “President Trump! President Trump!”, coreaba la multitud, que bailaba, brincaba e insistía a las primeras de cambio en insultarnos a nosotros, los supuestos representantes del establishment y las fuerzas oscuras. Querían debatir sobre por qué estábamos mal y ellos tenían razón. El ánimo era de ajuste de cuentas. ¿Con quién? Con quien fuera. Fuesen los mexicanos, los árabes, los europeos maricas, Hillary Clinton o los medios.

“Trump va a arreglar a los narcos. Es un hombre de dios”, me dijo otra mujer. Era un estereotipo. Rubia, de ojos azules, llevaba una gorra de la Asociación Nacional del Rifle, la organización ultra conservadora que defiende el derecho a portar armas como si se tratara de una ley dictada por dios y a la que nada le han importado las masacres de los últimos años.

Por supuesto, Hillary Clinton, la villana, fue objeto de burla.
“¡Enciérrenla! ¡Enciérrenla!”, reclamaba la masa. Un chico blandía un par de esposas, a manera de amenaza. ¿La mandará a la cárcel Trump por el escándalo de los correos? Al menos eso es lo que esperan sus simpatizantes, la mayoría de ellos blancos sin educación universitaria que le impulsaron a la victoria.

Con una inercia terrible, el blanco del insulto de la masa se movía. Pasaba de Hillary a Obama a los dueños del dinero y las élites. “¡George Soros, vete al carajo!”, decía un chico furibundo. “Wolf Blitzer, fuck you!”, terciaba otro. A los ojos de la masa trumpiana, todas las conspiraciones del mundo habían sido vencidas. Los políticos. Los financieros. Los migrantes codiciosos que se roban empleos y los medios de comunicación que ocultan la información.

Johannes, un periodista de Berlín –en esto de suicidios nacionales vía las urnas los alemanes saben mucho--, lamentaba a unos metros el triunfo del magnate inmobiliario. “No saben lo que le han hecho al mundo. No puedo entender cómo eligieron a una persona así”, me dijo. Una colega china, reportera de Taiwán, tampoco podía superar su asombro. Una chilena me preguntaba qué se decía en México sobre lo ocurrido.

--Ya están abriendo el tequila en las redacciones, le dije a manera de broma.

Justo ahí fue cuando comenzó a quedarme claro que el planeta estaba en riesgo de irse al carajo y que como mexicanos teníamos un boleto de primera fila para el espectáculo.

* * *


Nunca había visto ni sentido un cambio de ánimo tan dramático en un espacio de tiempo tan corto. Los que quieren a Donald Trump pasaron de la incredulidad al júbilo en menos de dos horas. Los que le detestamos, hicimos lo mismo, pero en sentido inverso. Nos fuimos de la seguridad, de la confianza de que su candidatura era una broma de mal gusto, al horror de saber que ese hombre dirigirá los destinos de la nación más poderosa del planeta por los próximos cuatro años.

La noche que Trump le ganó a todo y a todos fue tan poco probable, algo tan imprevisto, un cisne tan negro que hasta los suyos se sorprendieron. Sus simpatizantes, una turba que se congregó afuera del Hotel Hilton en la Quinta Avenida con la idea de celebrar una derrota digna, comenzaron a realmente creérsela hacia las 9 de la noche. La más grande sorpresa política de nuestros tiempos les tomó desprevenidos, como el proverbial boleto de lotería.

Conforme los resultados caían y estado tras estado se teñía de rojo y no azul, la multitud se envalentonaba más. Era contagioso. Uno le decía a la otra que los votos iban creciendo y que hasta el tan odiado New York Times reportaba que las probabilidades de una victoria habían pasado de “casi nulas” a “prácticamente certeras” en espacio de una hora y media, entre las 7 y las 9 y media de la noche. Para las 11, ya lo tenían claro. La Casa Blanca, el país, el mundo, estaban en sus manos.
Fue entonces, cuando llegó el cántico que millones de mexicanos hemos temido.

“Build the Wall! Build the Wall!”, gritaban. Bailaban, poseídos por la euforia de los que saben que tienen la mesa puesta.

--Mexicano, ¿qué opinas de esto?, me preguntó Johannes. Al igual que yo, no daba crédito a lo que estaba ocurriendo. Arribamos al Hilton con la expectativa de presenciar la derrota de Trump. No su entronización. Pero todos nos equivocamos. Todos pensamos que al final la lógica triunfaría. Que las encuestas aún servían y que ningún país sano se daría un tiro en la sien así. Me atrevo a decir que entre los más de 100 enviados internacionales y nacionales que había en las afueras del hotel, nadie esperaba algo como esto.

Pero ahí estaba. A las 2:00 de la mañana ya la cosa estaba cantada. Me imaginé si los enviados a Alemania en 1932, los que cubrieron la designación de un joven cabo austriaco como canciller sintieron lo mismo.

“We won, we won!”, gritaba la multitud. Atónito, me acordé de lo que dijo Bernie Sanders durante la precampaña demócrata. “Un tipo llamado Adolf Hitler ganó una elección en 1932…”.

No diré que Trump es Hitler. Pero ahora queda ver si la fiesta de los desencantados, de los locos de la NRA, de las parejas temerosas de dios, de los adolescentes que quieren pelea y que culpan de sus males a todos, no termina por convertirse en el nuevo norte de Washington.


Twitter: @vhmichel

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