Opinión

La mosca, la araña

 
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Gil Gamés.

Repantigado en el mullido sillón del amplísimo estudio, Gil considera que nadie debería poner un pie en la vida diaria, propia y de los otros, sin leer antes “Breve historia del neoliberalismo” escrito por Fernando Escalante y publicado por la revista Nexos correspondiente a mayo. Se trata del fragmento de un libro en prensa y el trozo de adelanto se ocupa de los años setenta. El texto es una hazaña panorámica, un concentrado conceptual y un entramado erudito en busca del origen y el desarrollo de la fibra “neoliberal”. Lectora, lector, abandonen las noticias de las campañas electorales, olviden al Bronco, desprecien los escándalos de espionaje y lean este largo ensayo que ha dejado a Gil con los ojos de plato.

Escribe Escalante: “Vuelvo a mi argumento. Los setenta fueron la década decisiva. Ahí inicia la transición cultural hacia el orden de la sociedad neoliberal. El detonador es la crisis económica, desde luego, pero contribuyen también la inercia del ánimo contestatario de los setenta, los nuevos patrones de consumo, la derrota cultural del modelo soviético y el activismo de las fundaciones neoliberales; en conjunto, todo ello produce lo que podría llamarse un ‘giro civilizatorio’ que daría origen finalmente a una nueva sociedad, intensamente individualista, privatista, insolidaria, más desigual, y satisfecha, conforme con esa desigualdad”. ¿Cómo lo leen? Gamés insiste: dejen el pan con mermelada, el control de la televisión en su lugar y lean este poderoso ensayo de una mente capaz de resumir una época en algunas palabras y convertir esas palabras en un concepto.

El ajuste
Gil no sabe qué tan cerca se encuentra la reconstrucción histórica del “neoliberalismo” que ha hecho Escalante de las más recientes noticias acerca del ajuste al crecimiento económico de la nación chichimeca, ¿o cómo era? Las “Coordenadas” de Enrique Quintana explican que la reducción de la actividad económica de Estados Unidos, la baja en la plataforma de producción de Pemex y un gasto interno que no acaba de levantar son los factores que llevaron al Banco de México y su gobernador, el ya no tan expansivo Agustín Carstens, a bajar medio punto porcentual la expectativa de crecimiento. ¿Lo ven? Vuela la mosca y todos pecho tierra; la mosca, la araña, la araña, la mosca.

Escribe Quintana: “si allá (en Estados Unidos) la actividad económica no despega, le pega a México”. La mosca, la araña, la araña, la mosca. Luego: “el segundo factor tiene que ver con el volumen de exportación del petróleo”. Si Gil ha entendido algo, cosa improbable, la exportación de nuestro postróleo ha caído 6.0 por ciento en relación al año pasado y 8.0 por ciento en relación con 2013. O sea, el precio se ha recuperado ligeramente, pero no así las exportaciones. La mosca, la araña, la araña, la mosca. Y al final de los finales el gasto interno, decaído y llorón.

Juego mi alegría
A Gilga le encanta jugar al economista. Así como en su más tierna infancia de él había un Juego de Química, en nuestros días debería existir uno que se llamara Juego del Economista Verdadero: juega con tus amiguitos a controlar la inflación, a poner a la venta dólares, a defender la paridad, a llevar a cero el déficit y a destruir el PIB. El juego trae disfraces de Friedman y Hayek acompañados de grandes frases: reduciremos a cenizas el estado de bienestar, privatizaremos incluso frutas y verduras. No te lo pierdas amiguito.

Gamés compraría ese juego e invitaría a Videgaray y Carstens a jugar con él y con Quintana (Enrique Quintana les gana, seguro. Qué tiene de malo hacerle la barba descaradamente al vicepresidente y director de EL FINANCIERO. Nada). En ese juego Gil no sería un hueso fácil de roer: hay que dinamizar el gasto interno con urgencia, Luis, manos a la obra. Agustín, el FMI nos da un préstamo puente siempre y cuando normalices la propiedad de los bancos y aceleres la privatización de las pocas empresas públicas que quedan; date prisa, Agustín. La araña, la mosca, la mosca, la araña. Resultado neto: el gobierno dará a conocer la nueva meta, una metita de 2.4 por ciento. No somos nada.

La máxima de Stendhal espetó en el ático de las frases célebres: “Nadie puede escapar en su vida a una deplorable crisis de entusiasmo”.

Gil s’en va.

Twitter: @GilGamesX

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