Opinión

La misoginia como política de Estado

 
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Feminicidios Ecatepec

Ser mujer en el Estado de México es vivir en el terror. Todos recuerdan el impacto mundial de los asesinatos de las mujeres de Ciudad Juárez: libros, películas, miles de artículos en México y el extranjero. Pues bien, “durante los mismos años que hicieron de Ciudad Juárez el epicentro del dolor y el punto de referencia mundial del feminicidio, en el Estado de México diez veces más mujeres fueron asesinadas”, afirman Jana Vasil’eva, Helena Centmayer, Óscar del Valle Dávila y Lucía Gabriel en un estudio reciente (Violencia de género y feminicidio en el Estado de México, CIDE, 2016). A diferencia de lo sucedido en Ciudad Juárez, esta violencia no ha merecido la suficiente atención. Tal vez se deba a que los mayores niveles de violencia se registraron durante el gobierno de Enrique Peña Nieto, hoy presidente de México, y de Eruviel Ávila, gobernador que gasta formidables sumas de dinero en medios para promocionarse como un inverosímil candidato a la presidencia. La política por encima de las vidas humanas.

México se ha convertido en un país extremadamente violento. La violencia la padecen sobre todo los eslabones más débiles de la sociedad: los pobres, las mujeres. El notable incremento de la violencia en el Estado de México (incremento que el gobierno de esa entidad ha “combatido” de la peor manera: modificando la metodología con la que se cuentan las víctimas para hacer que las cifras luzcan menos dramáticas) se ha cebado sobre todo en las mujeres pobres. Se han ensayado diversas explicaciones sobre este fenómeno: el crecimiento de las zonas industriales atrajo a mujeres de todo el país en busca de empleo y la transformación del Estado de México en un corredor de migrantes.

Ya el periodista Humberto Padgett había documentado esta alarmante situación (Las muertas del Estado, Grijalbo, 2014), ahora el estudio del CIDE concluye que son muchas las causas de la violencia pero sobre todo dos: el machismo y la impunidad. El machismo en su manifestación más extrema: el feminicidio, “considerado como la forma más extrema de terrorismo sexista, motivado por odio, desprecio, placer o la sensación de posesión sobre la mujer”. El machismo no sólo como un fenómeno cultural (estimulado en el interior de las familias, promovido por la publicidad y los estereotipos difundidos por los medios de comunicación, y tolerado por la Iglesia católica) sino como una perversión institucional. La violencia de género no es un asunto personal y privado, es un problema sobre todo social y político. El feminicidio en el Estado de México es un “crimen de Estado”.

Los estudios de caso que el libro aporta repiten un patrón muy claro: mujeres pobres son agredidas, violadas, torturadas. Si sobreviven e intentan presentar una denuncia, en el Ministerio Público las victimizan de nuevo, las reciben con maltratos y burlas. Los casos no son investigados, mucho menos castigados. La impunidad es la norma. Con ello el gobierno del estado manda un mensaje muy claro: la violencia contra las mujeres no tiene consecuencia alguna en el Estado de México. Por su magnitud, este problema debería generar una alerta de género por parte de la Secretaría de Gobernación. No ha ocurrido por causas políticas. En las horas bajas que vivió Peña Nieto luego de Ayotzinapa, el tren chino y la ‘casa blanca’, Eruviel Ávila preparaba inmensas coreografías en las que el presidente era ovacionado por miles de mujeres. En eso basa el gobernador sus hipotéticos anhelos. Las autoridades del estado son responsables de los crímenes por no haber prevenido, ni castigado, por haber soslayado esta situación atroz. 57 por ciento de las mexiquenses han sufrido violencia familiar; 44 por ciento ha reportado algún tipo de violencia en las calles; 25 por ciento de las mujeres en el estado han padecido violencia en su trabajo. El Estado de México ocupa el número uno en feminicidios en el país.

Este número alarmante de feminicidios tiene una explicación sistémica y cultural. Es fruto de un sistema de dominación patriarcal al que llamamos machismo para justificarlo como algo ancestral e inevitable.

Hay un conjunto de ONG trabajando en el estado, pero sus esfuerzos se diluyen por la escasa relación de las organizaciones, que impiden la creación de una red efectiva. Pero sobre todo, hay una autoridad negligente y omisa, que con sus actos muestra que golpear, violar, torturar y asesinar a una mujer no será castigado. Esa violencia se da en la familia, en el trabajo, en las calles. La misoginia como política de Estado. El horror.

Twitter: @Fernandogr

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