Opinión

La línea del crecimiento

 
1
 

 

ME SAT (Especial)

Sería abusivo proponer una línea del tiempo para poner en perspectiva la trayectoria del desempeño económico nacional en los últimos treinta años. Nos iría muy mal. Pero es menester tenerla en mente, ahora que la Secretaría de Hacienda se aviene a las proyecciones que sobre el desempeño presente y futuro hacen los consultores privados, el Banco de México y periódicamente el INEGI.

Para la Secretaría de Hacienda reducir sus expectativas de crecimiento implica muchas cosas; entre otras, revisar a la baja sus cálculos sobre la recaudación, salvo que se decida insistir en la mayor eficiencia recaudatoria del SAT, ¡qué vaya que ha dado muestras de poderlo hacer! Pero todo tiene su límite y todos sabemos, o casi todos, que sin crecimiento económico no hay ni puede haber ingresos fiscales crecientes, mucho menos excedentes para repartir con propósitos como la mejora educativa o la universalización de la salud, el apoyo a la educación pública superior o el refuerzo, necesariamente más que proporcional, a la ciencia y la tecnología.

Todo esto o casi todo habrá de quedar en suspenso, mientras los diputados reciben la ponencia presupuestal del presidente Peña Nieto y la Secretaría de Hacienda trate de convencerlos de que no hay otro camino. La tijera y la voz, destemplada o no, tendrán que cruzarse y encontrarse más de una vez en San Lázaro a partir del primero de septiembre.

Standard & Poor’s ha rebajado la calificación de México aduciendo el tamaño de su deuda, cuando sus analistas y los nuestros saben que esa deuda se puede servir y que, en términos comparativos, no es tan obesa como dicen los agoreros.

Las calificadoras, incluida la “benemérita” S&P, deberían tener más cuidado al evaluar a los países que, después de todo, son y serán sus principales y más apetitosos clientes. Eso, claro está, si las naciones y sus Estados pueden recuperar esa línea de crecimiento indispensable para por lo menos imaginar un horizonte de desarrollo.

Pero más allá de las veleidades de la danza internacional de valores, para nosotros queda lo sustancial: el crecimiento anunciado, igual o apenas por encima del de la población, queda muy por debajo del de la fuerza de trabajo y es del todo insuficiente para ofrecer empleo formal a los jóvenes que cada año se incorporan al mercado laboral. Socialmente hablando es del todo inadecuado, a más de políticamente peligroso.

Este crecimiento, ¿es el que México requiere para sortear y, si se puede, encarar sus añejas carencias y las nuevas demandas y reclamos que emanan de una demografía transformada y creciente, cuya dinámica no puede sino producir más y renovadas exigencias a la sociedad que la trajo al mundo y al Estado que debería representarla?

Estamos al final de la línea de crecimiento que se trazó para todos con el llamado cambio estructural de fines del siglo XX. Han pasado más de treinta años desde que esta aventura inició, lo que significa que más de una generación de mexicanos ha vivido, sufrido y, tal vez, usufructuado, los frutos de dicho cambio.

Pero las cifras y los datos recientes y los que podamos recordar y acumular, son una evidencia que debe obligar a preguntarnos si no es ya el momento de pensar en un cambio en sentido diferente a los que hemos vivido.

Una ruta que implique poner por delante a los vulnerables y vulnerados por esta treintena dolorosa de nuestra “Gran Transformación” y que, sobre todo, coloque en primera fila objetivos de equidad, bienestar e igualdad que México y los mexicanos pueden plantearse y organizarse para conseguirlos. Cómo llegar a estas terminales históricas es la interminable tarea del pensamiento, la práctica y la idea del desarrollo.