Opinión

La lección de Moctezuma

 
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trump presidente

El sábado pasado, hace dos días, numerosas manifestaciones –combativas, vibrantes, coloridas, plurales– se llevaron a cabo en varias ciudades de la república: cientos de miles –mujeres, hombres, jóvenes que apenas podían contener su indignación– se dieron cita en Monterrey, Guadalajara, Mérida, Puebla, Tijuana y en la Ciudad de México. Como en Londres, París y Bruselas, y en muchas ciudades a lo largo de la Unión Americana, el mensaje de todas las marchas mexicanas fue claro y contundente: Tendamos puentes, no muros. Toda la clase política, todos los grupos sociales, los líderes de todas las organizaciones marcharon juntos para mostrar al mundo y a Trump que estamos unidos, que somos fuertes, que no nos van a arrollar. En el templete principal, en el Zócalo, estuvieron juntos Peña Nieto, López Obrador, Margarita Zavala, los líderes de todos los partidos.

La verdad es que no. No hubo marchas mexicanas. (Más bien, hubo unas cuantas con apenas un puñado de personas). Ni gritos. No marchamos juntos mujeres y hombres. La gente fue al futbol, salió de compras, fue a pasear. Después de todo, México ha sido el blanco favorito de las amenazas de Trump. Nos ha llamado violadores, delincuentes y ladrones. Ha prometido elevar un “hermoso” muro para que no ensuciemos su país. Con claridad ha mostrado su abierta aversión a los mexicanos: va a expulsar a millones, va a cancelar las alianzas comerciales, impedirá que nos sigamos robando sus empresas. No hubo marchas. No salimos a la calle a mostrar nuestro enojo. En cambio, la “gallarda” respuesta del gobierno mexicano consistió en filtrar que el gobierno de Trump recibirá en Washington a Peña Nieto el 31 de enero. En una linda ceremonia, Trump ofrecerá a nuestro presidente cuentas de vidrio y palmaditas en la espalda.

Nuestro canciller lucirá radiante.

“Los pueblos tienen los gobiernos que se le parecen”, escribió Malraux. Tal vez sea eso. Tal vez sucede que estamos muy avergonzados. “La vergüenza es ira / vuelta contra uno mismo: / si una nación entera se avergüenza / es león que se agazapa / para saltar” (Octavio Paz). En su crónica de la multitudinaria marcha en Washington, Jan Martínez Ahrens de El País, reportó: “La marcha revela que millones de estadounidenses no se quedarán cruzados de brazos. Otras naciones, como México, posiblemente no hallen la fuerza para enfrentarse a la apisonadora populista del magnate. Tendrán que sufrir la humillación de sentirse bajo la bota de Trump y buscar una salida negociada”. Tiene triste razón el reportero: no hallamos la fuerza para oponernos a Trump.

Nuestra derecha es entreguista (pragmáticos, dicen ellos) y nuestra izquierda, en el fondo, está de acuerdo en el proteccionismo, el populismo y el nacionalismo vulgar de Trump. Lo cierto es que nuestra nación está paralizada. Dispuesta, al parecer, a sufrir una nueva humillación. ¿En serio, así estamos? ¿Paralizados en un momento histórico?

El Emperador Moctezuma recibió en Tenochtitlán al conquistador Hernán Cortés.

“El gran Montezuma venía muy ricamente ataviado… Muchos señores que venían delante del gran Montezuma, barriendo el suelo por donde había de pasar, le ponían mantas para que no pisase la tierra. El Montezuma le dio la bienvenida y nuestro Cortés le respondió con Doña Marina que él fuese en muy bien estado… Y entonces sacó Cortés un collar que traía muy a mano de unas piedras de vidrio y se le echó al cuello el gran Montezuma” (Bernal Díaz del Castillo, Historia verdadera de la Conquista de la Nueva España). Los españoles, atendidos con boato y ceremonia, fueron alojados en el Palacio de Axayácatl y recibieron numerosos presentes. Moctezuma, sumiso hasta la abyección ante Cortés, aceptó ser bautizado y declarado súbdito de España. El 29 de junio de 1520, según relata Díaz del Castillo, Moctezuma fue obligado a subir a la azotea de un edificio para que se dirigiera a su pueblo y calmase sus encendidos ánimos. La población enfurecida le arrojó piedras y flechas. Una pedrada descalabró a Moctezuma y murió poco después a consecuencia de la herida. Todos conocemos lo que vino más tarde. La defensa heroica y tardía de Cuauhtémoc, la derrota, la postración y la Conquista. La parálisis histórica de Moctezuma, su pasmo ante el conquistador, resultó una de las grandes derrotas que registra la historia mundial. Me niego a aceptar que esa imagen sea tan poderosa que nos mantenga maniatados. Como ningún otro pueblo, México debe mostrarse a sí mismo y al mundo que vamos a hacer frente al negociador agresivo, que no vamos a soportar la humillación de su bota, que no estamos como pueblo dispuestos a aceptar pasivamente sus condiciones.

No salimos a las calles a marchar. No sé si seamos “un león que se agazapa para saltar”. Sé que debemos exigir a nuestro gobierno que nos represente dignamente, como no lo ha hecho hasta ahora. Está frente a una oportunidad histórica. Algo debemos aprender de la lección de Moctezuma.

Twitter:@Fernandogr

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