Opinión

'La La Land', la nostalgia vende

 
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La La Land. (YouTube)

Dada la coyuntura por la que atraviesa nuestro norteado vecino, el éxito de La La Land es comprensible. Frente a un presente y futuro tenebrosos, sumirse en la nostalgia es comodísimo. Poco importa si la visión de ese pasado idílico viene de un director que sólo conoció aquello que ensalza gracias al DVD. La La Land vende un sentimiento y lo vende bien. Todo tiempo pasado fue mejor.

Desde Whiplash, Damien Chazelle se perfilaba como un escritor y director cautivado con una cultura (el jazz) y una actitud (la perseverancia) destinados a la obsolescencia. Su desprecio por su propia generación era y es palpable. En aquella cinta, Andrew (Miles Teller) usaba un celular anticuado, odiaba a sus primos futbolistas y frívolos, admiraba a músicos que fallecieron antes de su nacimiento y vivía obsesionado con alcanzar la excelencia más que la fama exprés, esa meta de metas entre los millennials. Los protagonistas de La La Land, Mia (Emma Stone) y Sebastian (Ryan Gosling) son aún más arcaicos. Ella busca el éxito a través de una obra de teatro que escribe a lápiz y él, un pianista, se lamenta de que haya cerrado un bar de jazz y sueña con abrir algún día el suyo.

Mia y Sebastian se enamoran bailando como Ginger Rogers y Fred Astaire, mientras su romance y sus aspiraciones personales se ven amenazados por la deleznable realidad: directores de casting más interesados en sus celulares que en prestarle atención a Mia, y músicos farsantes que pretenden modernizar el jazz.

El mensaje no va oculto entre notas. Mia y Sebastian forman parte de un universo nostálgico pero multirracial, incluyente, romántico y luchón. Quienes atentan contra ellos hablan sobre eco lodges, opinan sobre la falta de desarrollo en Nicaragua y se quejan del gluten. No es casualidad que los trabajos de la pareja –a los que sólo acuden para ganar dinero– les impidan verse; tampoco que el primer novio de ella tenga pinta de Gordon Gekko, mientras que Sebastian se viste como Humphrey Bogart. Si esta descripción hace que la película parezca esquemática es porque lo es.

Para prosperar, Mia va a audiciones para series de televisión y películas estereotipadas, mientras que Sebastian no tiene más remedio que formar parte de un horroroso grupo de jazz y pop. Sólo “siguiendo sus sueños”, como Chazelle insiste en recalcar, hallarán la verdadera satisfacción artística. Es una lástima que La La Land no evite caer en los vicios que ella misma señala: dice huir de lo trillado para incurrir en lo trillado. En sus mejores momentos, la película coquetea con los fantasmas de la frustración profesional, sólo para volver a estacionarse en la más ramplona cursilería. Whiplash –compacta, áspera, notable– tenía algo duro y veraz que decir sobre la naturaleza de quien persigue el éxito a toda costa. En contraste, los sacrificios que La La Land plantea son risibles y sus disyuntivas falsamente trágicas. No se me ocurren dos películas en la carrera de un director que tengan una opinión más contradictoria sobre un mismo tema.

Tanto la realidad como la fantasía musical que sirven de escape para Mia y Sebastian son color de rosa. Eso sí: qué bonitos los números musicales, qué pegajosas las canciones y qué mona su estética, coctelito de Hockney, Almodóvar y Miró. La película es un engrudo de musicales tanto como Stranger Things era del horror y los suburbios del cine y la literatura ochentera. Si bien es mucho más lograda, el éxito de la serie de Netflix confirma una tendencia: el anzuelo del pasado como estrategia de venta, la nostalgia como solaz redituable.

Twitter: @dkrauze156

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