Opinión

La izquierda

 
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Morena presentará denuncia penal contra Josefina Vazquéz Mota. (Especial)

La historia de la izquierda mexicana es la de éxitos, avances y logros en la obtención del poder, pero también la de las fracturas, traiciones y ajustes de cuentas que le han llevado a destruir en un lapso relativamente corto, lo construido en largos años de lucha y organización política. Desde la marginalidad de la guerrilla y la presencia casi testimonial del Partido Comunista, a tocar en un par de veces la presidencia de la República, primero con Cárdenas en 1988 y después con López Obrador en 2006, la izquierda mexicana ha tenido como denominador común la búsqueda del caudillo triunfador y la imposibilidad de construir instituciones partidarias democráticas capaces de procesar las aspiraciones y demandas internas de sus militantes y dirigentes.

La fascinación por el triunfo prometido por sus caudillos llevó al Partido de la Revolución Democrática a someterse a los dictados de sus liderazgos incuestionables. La falta de fuerza política de Cárdenas en 1994 y en 2000, abrieron el camino para el liderazgo carismático de Andrés Manuel, quien en 2006 pensó que él solo podía ganar la elección y la perdió por unos cuantos votos, desatando un movimiento de protesta que dañó de muerte al PRD en sus aspiraciones por levantarse con el triunfo en 2012. Un AMLO envalentonado volvió a ser derrotado en ese año, y a sabiendas que eso implicaba su marginación del partido, decidió abandonarlo.

Al construir Morena, López Obrador sabía que su objetivo central era no sólo mantener viva su figura durante este sexenio, sino ir disminuyendo paulatinamente la fuerza de su partido de izquierda original, el PRD, para irlo incorporando a la nueva estructura ahora bajo su control absoluto. Y de hecho así sucedió. Un PRD sin caudillo, pero sin vida institucional democrática, legítima y sólida, se convirtió en el mejor escenario para la guerra interna entre corrientes dispuestas a mantener sus respectivos espacios de poder, con la consiguiente fragmentación de su base social y sus cuadros dirigentes.

Esto los llevó a optar por amplias alianzas con otras formaciones de izquierda, pero más que nada con el PAN bajo el argumento de que el pacto con este partido impulsaba la alternancia en distintas entidades, a pesar de que en la mayoría de los casos los candidatos eran panistas y no representaban un proyecto político de línea izquierdista. El desmembramiento del PRD se mostró plenamente en la bancada de sus senadores, donde su coordinador parlamentario, Miguel Barbosa, primero se alineó con Los Chuchos descalificando a López Obrador, para luego apoyar a Miguel Mancera en su candidatura presidencial, y finalmente permitir e incluso impulsar la salida de al menos siete senadores de las filas partidarias.

El llamado de Barbosa para que el PRD vuelva a apoyar a AMLO en la presidencial es la culminación de la estrategia del tabasqueño elaborada desde el momento en que abandonó el partido en 2013.

Conservar dentro del partido a sus leales capaces de mantener vivo al PRD, y simultáneamente irlo incorporando a su nueva candidatura en Morena. Sus caballos de Troya han funcionado de manera excepcional, y la negativa de Nueva Izquierda y sus aliados a deshacerse de ellos desde un principio, les puede costar más caro que el precio que hubiesen pagado al obligarlos a definirse desde el inicio del proceso de separación.

El PRD o lo que quede de él después de la próxima fractura difícilmente podrá ganar la presidencia de la República en 2018, pero su reducido porcentaje de votantes será determinante para impedir el triunfo de Morena y López Obrador, y parece que ésta será la lógica que imperará en aquellos que vieron cómo Andrés Manuel cumplió su amenaza de hacerlos desaparecer. 'Nos destruiste, pero gracias a nosotros no llegaste a la presidencia'.

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