Opinión

La insensible y fastuosa fiesta del desperdicio

 
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Hemos inventado los anuncios que dicen nada o cuando mucho lo obvio. El desfile es interminable: la Secretaría de Marina despliega la foto de un soldado que auxilia a una mujer y un niño empapados; la Secretaría de Educación emplea gráficas para decirnos que cumple con la reconstrucción de escuelas; la Secretaría de Comunicaciones nos regala fotos de carreteras para decirnos que por ahí transita el progreso; la Secretaría de Desarrollo Agrario, Territorial y Urbano habla de la participación de las mujeres; la Secretaría de Turismo pide que visites el país; Gobernación indica que el servicio geológico es muy bueno; y el Gobierno de la Ciudad de México ¡anuncia que es la capital!

¿De qué se trata? Son páginas completas en cada caso, cientos de miles de pesos por cada anuncio que dice nada; ninguno aporta un solo dato, no hay información alguna. En ocasiones, como el martes pasado, la Marina incluye dos anuncios, uno en la primera sección y otro en la de espectáculos de El Universal con exactamente la misma y única intención de llenar el espacio. Lo mismo hace el Gobierno citadino, que incluye en seis diarios dos y hasta tres anuncios gigantes para garabatear que “la ciudad te abraza”. ¿De dónde salen esos recursos? Y como estamos en lo obvio, de nuestros impuestos.

¿No hay otra forma de emplearlos? Utilizarlos en diarios y revistas tiene una clara intención, favorecer la economía de los medios y con ello hacerse grato en tiempos electorales a quien los paga. Con ello deforma la libertad de informar al pretender inhibir la consustancial tarea de investigar, analizar y criticar. Estas cadenas de espacios desperdiciados restan oportunidad de brindar noticias y comentarios que bien podrían aportar componentes para que el lector pueda crear elementos enriquecedores al elaborar sus juicios.

El New York Times asegura que, en los últimos cinco años, el costo de este tipo de publicidad asciende a dos mil millones de dólares; es decir, casi 400 mil millones de pesos. Estamos hablando de una fortuna que no se destina al provecho de los contribuyentes, sino al fondo personal y grupal de unos cuantos. ¿Qué justificación puede tener ese desperdicio?

A lo anterior habrá que añadir el costo y el tiempo aire de los ya calculados 59.7 millones de promocionales en las antenas de radio y televisión para mostrar las agudas ideas y programas enriquecedores de los precandidatos en las precampañas, para formar una lluvia de 304 mil spots diarios que ya se difunden desde las seis de la mañana hasta la medianoche. De acuerdo con la diáfana inteligencia de los integrantes del INE, esto permitirá un bombardeo que acosará a los votantes para saturarlos y lograr que semidrogados puedan llegar a las urnas para votar por quien puedan y con ello robustecer nuestra democracia.

Los debates, que en otros países son la forma en que los aspirantes pueden dar a conocer sus programas, han encontrado con la participación de periodistas, académicos, expertos y público en general la manera de interrogarlos y así tener un panorama más cercano a lo que piensan y proponen. Aquí sólo habrá tres, y hasta donde se sabe el formato continuará acartonado, rígido y tan respetuoso que no se permita molestar ni con el roce de una interrogante a los candidatos. Esto tiene un costo aún mayor a los 400 mil millones de pesos erogados en la propaganda, porque impide el conocimiento real de lo que quieran decir quienes pretenden gobernarnos.

¿Ha visto usted esos promocionales? Se nota que los publicistas, los guionistas y los realizadores estaban en subasta cuando los contrataron. Son patéticos y abusivos. Parten de la premisa que los votantes son menores de edad o han sido alcanzados por una enfermedad mental.

No es con frases ramplonas ni con cargas multicolores como queremos y necesitamos ver a los cientos, miles de candidatos que en sus localidades, estados y en todo el territorio quieren ocupar puestos para los que dicen querer servirnos.

La banalidad y hasta fastuosidad con que se desarrollan las campañas, nos hablan de una insensibilidad manifiesta y de un derroche que cuando es empleado para la vacuidad, resulta irresponsable y hasta criminal.

Twitter: @RaulCremoux

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