Opinión

La Iglesia no se deja presionar

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El Papa Francisco llega a la Basílica de San Pedro, en El Vaticano, para oficiar la misa que marca el cierre del Sínodo sobre la Familia

El Sínodo sobre la Familia, convocado por el Papa Francisco, concluyó sin los cambios que desde principalmente desde fuera de la Iglesia y minoritariamente desde dentro se pedían. No fue un resultado sorprendente, pues el mismo Papa advirtió previamente que en ella no se recurre al cabildeo y que no se modificaría la doctrina, y que el propósito de la asamblea era apostólico.

Muchos se sentirá decepcionados de que la Iglesia no se ajuste “a los tiempos” o la moda imperante, o que no se “modernice”, cuando ella ha venido afirmando de manera reiterada que una de las características de este tiempo es el relativismo y el subjetivismo, que es contrario a la comprensión de la realidad y la verdad. El Papa ha insistido en que la realidad es superior a la idea.

El Sínodo, cuyas conclusiones deberán ser aprobadas finalmente por el Papa, ha reafirmado la indisolubilidad del matrimonio y ha reiterado la objetiva irregularidad de los divorciados vueltos a casar. Pero lejos de condenar esa situación, pide el acercamiento apostólico para que quienes viven esas situaciones adquieran conciencia de la situación en que se encuentran y ayudarlos a reconciliarse con Dios para vivir conforme al mandato divino.

El acercamiento, ha insistido reiteradamente el Papa Francisco, debe ser desde una actitud misericordiosa, de perdón, que requiere el arrepentimiento. Los cristianos nos sabemos perdonados por anticipado, gracias al acto redentor de Jesucristo en la cruz. Sin embargo, aprovechar ese perdón requiere el arrepentimiento.

Pero en donde los padres sinodales usaron toda la fuerza de la expresión fue en el rechazo contundente al llamado matrimonio paritario, es decir, a la unión de homosexuales. El punto 76 de las conclusiones señala que “en cuanto a los proyectos de equiparación al matrimonio de las uniones entre personas homosexuales, no ‘existe fundamento alguno para asimilarlo o establecer analogías, ni siquiera remotas, entre las uniones homosexuales y el diseño de Dios sobre el matrimonio y la familia’”. Esta es la posición judeo-cristiana expresada tanto en al Antiguo como en el Nuevo Testamento.

Pero los prelados no sólo fijan su posición doctrinal, sino que al mismo tiempo rechazan las presiones para cambiar su posición y declaran que la Iglesia “cree del todo inaceptable que las Iglesias locales sufran presiones en esta materia y que los organismos internacionales condicionen las ayudas económicas a países pobres a la introducción de leyes que instituyan el ‘matrimonio’ entre personas del mismo sexo”.

Lo mismo se declara respecto de los anticonceptivos y el aborto, rechazando las intervenciones de coacción del Estado a favor de la anticoncepción, la esterilización o incluso el aborto, situaciones que al menos en los dos primeros casos suelen darse en las instituciones de seguridad social de nuestro país, en una clara violación de los derechos humanos. Con ello se rechaza una vez más, recordando la encíclica Humanae vitae, del Papa Paulo VI, la mentalidad antinatalista de nuestro tiempo.

Habrá que esperar lo que el Papa Francisco decida acerca del documento final del Sínodo de la Familia pero, por lo pronto, quedó evidenciado el consenso de los padres sinodales respecto de los temas trascendentales de la familia, los retos de nuestros tiempos y las directrices pastorales para atender todos estos problemas. Y si la Iglesia no se deja presionar por los gobiernos, menos lo hace por los medios de comunicación o la opinión pública.