Opinión

La Iglesia de Francisco

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Papa Francisco en la Plaza de San Pedro

A la Iglesia de Francisco, la ciencia sigue sin gustarle mucho: “no se puede sostener que las ciencias empíricas explican completamente la vida, el entramado de todas las criaturas y el conjunto de la realidad.
Eso sería sobrepasar indebidamente sus confines metodológicos limitados. Si se reflexiona con ese marco cerrado, desaparecen la sensibilidad estética, la poesía, y aun la capacidad de la razón para percibir el sentido y la finalidad de las cosas” (199). “Una ciencia que pretenda ofrecer soluciones a los grandes asuntos, necesariamente debería sumar todo lo que ha generado el conocimiento en las demás áreas del saber, incluyendo la filosofía y la ética social. Pero éste es un hábito difícil de desarrollar hoy” (110). ¿En verdad el pensamiento científico deja atrás la ética? ¿Nulifica la poesía?

O más bien dice cosas que el Papa no quiere oír: “Si bien no hay comprobación contundente acerca del daño que podrían causar los cereales trasgénicos a los seres humanos y en algunos lugares su utilización ha provocado un crecimiento económico que ayudó a resolver problemas, hay dificultades importantes que no deben ser relativizadas.” (134). Nuevamente una verdad a medias: no hay evidencia de daño por los trasgénicos, ni contundente ni de ninguna otra, y su uso no ayudó a resolver, resolvió problemas. Pero eso no es lo que quiere oír Francisco, que nos quiere ver sembrando orgánicos en pequeñas comunidades: “en algunos lugares se están desarrollando cooperativas para la explotación de energías renovables que permiten el autoabastecimiento e incluso la venta de excedentes” (179). “Por ejemplo, cuando comunidades de pequeños productores optan por sistemas de producción menos contaminantes, sosteniendo un modelo de vida, de gozo y de convivencia no consumista” (112). “Para que siga siendo posible dar empleo, es imperioso promover una economía que favorezca la diversidad productiva y la creatividad empresarial. Por ejemplo, hay una gran variedad de sistemas alimentarios campesinos y de pequeña escala que sigue (sic) alimentando a la mayor parte de la población mundial, utilizando una baja proporción del territorio y del agua, y produciendo menos residuos” (129). ¿De verdad no se da cuenta Francisco de que lo que propone va en contra de su objetivo básico: la opción preferencial por los pobres? ¿O cómo espera alimentar a 7 mil millones de seres humanos sembrando parcelas comunitarias?

Pero es que la ciencia sigue siendo un problema, cuya única solución es subordinarse al mayor entendimiento eclesiástico: “en todo caso, una intervención legítima es aquella que actúa en la naturaleza ‘para ayudarla a desarrollarse en su línea, la de la creación, la querida por Dios’” (132), ya que “… estamos llamados a ser los instrumentos del Padre Dios para que nuestro planeta sea lo que él soñó al crearlo y responda a su proyecto de paz, belleza y plenitud” (53). Si no, nos dice, caemos en “…la misma lógica que lleva a la explotación sexual de los niños, o al abandono de los ancianos que no sirven para los propios intereses. Es también la lógica interna de quien dice: ‘dejemos que las fuerzas invisibles del mercado regulen la economía, porque sus impactos sobre la sociedad y sobre la naturaleza son daños inevitables’” (123). “¿No es la misma lógica relativista la que justifica la compra de órganos a los pobres?… Es la misma lógica del ‘usa y tira’, que genera tantos residuos sólo por el deseo desordenado de consumir más de lo que realmente se necesita” (123). “Dado que todo está relacionado, tampoco es compatible la defensa de la naturaleza con la justificación del aborto” (120).

Cuando esto lo dice el monarca de la organización con mayor proporción de pederastas y mayor impacto en el costo social que implica impedir la terminación anticipada del embarazo, no suena muy bien. Termino mañana con Francisco.

Twitter: @macariomx

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