Opinión

La humilde chamba de operar las reformas

Pocos presidentes pueden pasar a la historia al poco tiempo de llegar a su cargo.

Tras muchas décadas, en México hemos tenido sólo dos.

Vicente Fox, dentro de 100 años seguirá apareciendo en la historia del país como el primer mandatario que inauguró la era de la alternancia.

El otro es Enrique Peña. No sé qué vaya a pasar en el futuro, pero el paquete de reformas constitucionales que han sido aprobadas es también historia. Igualmente, al final del siglo seguirá existiendo la referencia de que en el gobierno de Peña se realizaron modificaciones en normas constitucionales que tenían más de 70 años de no cambiar.

El saberse parte de la historia puede ser una loza.

Fox tiró al lavadero la oportunidad de cambiar el país.

Así como su campaña fue un ejemplo de aciertos y talento, su gestión lo fue de errores y torpezas.

Hoy, Enrique Peña Nieto tiene un reto.

Así hiciera el peor de los gobiernos, su nombre ya tiene un lugar en las crónicas de la historia del país.

Pero, hoy el tema es otro. La historia la van a ver nuestros nietos, ya no en libros sino en quién sabe qué medios y dispositivos. Lo que define la vida no es cómo se van a ver los hechos en el futuro distante, sino cuál va a ser la significación de estos hechos para la actual generación.

Y, en ese terreno, Peña y su gobierno tienen casi todo por hacer.

Ni la luz ha bajado, ni hay gas donde se necesita, ni la competencia está en las telecomunicaciones. Ni estamos creciendo, como hoy queda de manifiesto.

El reto es hacer que, además de los logros que van a quedar en la historia del país, haya resultados vivos, que no tengan que esperar décadas para cristalizar y valorarse.

En la nueva estrategia del gobierno tras la conclusión de las grandes reformas estructurales, hay dos posibilidades.

Una de ellas es que se asuma una actitud de meta alcanzada, y por lo tanto, se aflojen y dispersen los objetivos de la actual administración. Es decir, que al menos de manera inconsciente exista la percepción de que ya no hay más que hacer, y que sólo queda la tarea de explicar los hechos y su trascendencia.

Puede percibirse la tarea de ejecución como algo menor. Se puede pensar que la reforma constitucional es de estadistas pero los reglamentos, licitaciones, permisos, fórmulas y demás, son de burócratas.

Los estadistas pueden dedicarse a otros menesteres, entre otras cosas a asegurar su futuro político, posicionándose para las próximas elecciones, para irse de diputados, gobernadores, alcaldes, o cambiar su posición en el gabinete.

La otra posibilidad es que se asuma el hecho de que lo que ha cambiado son sólo papeles, y nada más.

Y lo que debe cambiar es la realidad.

Para asegurarse que esa realidad cambie, lo complicado en este momento es aplicarse a la humilde labor de hacer esa chamba que no es historia, porque implica arrastrar el lápiz (bueno, la tecla); hablar y explicar; revisar y rectificar. Es decir, todo ese trabajo anónimo, que es el que hace la diferencia entre las cosas bien hechas y las que no.

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