Opinión

La gran crisis

El gobierno de Enrique Peña Nieto enfrenta una gran crisis. La primera de su sexenio. El calendario del presidente es papel mojado. Si él y sus colaboradores pretendían que para estas fechas, liberado ya de las ataduras del Pacto por México, el primer mandatario fuera un vendaval en giras y promesas sobre un luminoso futuro, el clima de violencia les ha obligado a guarecerse y repensar el qué sigue.

Lo que está en juego no tiene nada qué ver con la permanencia de un señor bravucón en la gubernatura de Guerrero, cuyos desplantes serían cómicos si no tuviéramos seis estudiantes muertos y la vida de 43 más en vilo, normalistas de cuyo paradero se teme lo peor. A los únicos que debería importar ese asunto del (es un decir) gobernador Aguirre es a los perredistas, cuya dirigencia es incapaz de aceptar que cada día que pasa sin que se vaya don Ángel su partido se hundirá más.

Peña Nieto, en cambio, enfrenta una dura prueba. Una de esas que marcan un sexenio. Una de esas que pueden descarrilar a un gobierno. De la Madrid no supo lidiar con la destrucción del sismo de 85; a Salinas lo socavaron los asesinatos de un cardenal, de una luchadora social en Sinaloa y de dos priistas, su candidato y su excuñado, (además claro de la irrupción zapatista); Zedillo tuvo en el error de diciembre y en matanzas de campesinos (Aguas Blancas) e indígenas (Acteal), momentos de quiebre. Con Fox los secuestros sacaron a la clase media a la calle, situación que se repetiría con Calderón con la muerte de Fernando Martí y que se convertiría en movimiento nacional luego de Salvárcar (2010) y del asesinato del hijo de Javier Sicilia (2011). Queda claro que en nuestro sistema político los gobiernos no caen con las grandes crisis, pero también queda claro que no por ello se salvan del fracaso.

A pesar de situaciones como las causadas por los huracanes Manuel e Ingrid el año pasado, y Odile en este, la actual administración no había enfrentado una adversidad como la tormenta perfecta que se ha conformado a partir de los casos de Tlatlaya e Iguala.

¿Cómo van a reaccionar Peña Nieto y su equipo? ¿Tendrán el empuje para aprovechar la circunstancia e imaginar soluciones que trasciendan la coyuntura o se conformarán con echar mano del recurso de administrar los efectos del problema? Cosa esta última que ya han hecho en el pasado.

Aunque conocemos a un Peña Nieto que ha sido capaz de sacar adelante grandes reformas legislativas, no conocemos quién es Peña Nieto a la hora de navegar aguas bravas, aguas que se agitaron en parte porque nunca fue buena idea minimizar el tema de la violencia.

Hay algunas señales que no permiten el optimismo con respecto a lo que hará Peña Nieto. Cuando estaba acorralado por el movimiento Yo Soy 132, el entonces candidato lanzó el Manifiesto por una Presidencia Democrática. En él se comprometió a crear una Comisión Nacional Anticorrupción y a impulsar una “reforma constitucional para crear una instancia ciudadana y autónoma que supervise” la contratación de publicidad de todos los niveles de gobierno en medios de comunicación. Nunca cumplió.

Otra señal. En 22 meses el presidente no ha tenido ni la capacidad, ni la sensibilidad, para atender las demandas de los padres de la Guardería ABC.

Finalmente. El gobierno federal alimentó esta crisis al intentar, durante meses, ocultar la realidad de lo ocurrido en Tlatlaya y con declaraciones insustanciales de Peña en su rueda de prensa sobre Iguala hace una semana. Son responsables del timón y de la tormenta. Veremos qué hacen.

Twitter: @SalCamarena