Opinión

La fórmula del ring


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Southpaw

Billy Hope (Jake Gyllenhaal) es un boxeador con los números de Floyd Mayweather Jr. y la destreza del Maromero Páez: lo suyo es recibir una tunda y soltar golpes esperando el milagroso nocaut, como si, más que una disciplina, el box fuera una gresca en el recreo. No hay bronca si Southpaw asume que nunca hemos visto una pelea en la tele: su género no es el documental, y muchas películas sobre boxeadores, como Rocky, han mostrado la acción dentro del cuadrilátero sin apego a la realidad. Por desgracia, Southpaw también supone que la audiencia nunca ha visto una película de box y que, por lo tanto, no reconocerá la serie de clichés que componen su trama y sus personajes.

Tras retener el título de peso ligero, Billy y su esposa Maureen (Rachel McAdams), ambos huérfanos, van a una gala de beneficencia para su vieja casa hogar. Por motivos incomprensibles, en esa gala también está Miguel Escobar (Miguel Gomez), un boxeador colombiano que busca una pelea con el actual campeón. Miguel insulta a Billy, hay dimes y diretes, alguien saca una pistola y Maureen muere baleada. Acto seguido, Billy se da a las drogas, malgasta su dinero, pierde la custodia de su hija y termina como afanador de un gimnasio de barrio, donde conoce a Tick Wills (Forest Whitaker), el Miyagi/Yoda/Burgess Meredith en turno, quien le enseña cómo defenderse, arriba y abajo del ring.

No se necesita ser Nostradamus para saber cómo acaba Southpaw, una película donde el villano tiene apellido de narcotraficante y el héroe se apellida “Esperanza”. Ceñirse a la fórmula no es un defecto, siempre y cuando el clímax emocione y el guión encuentre matices nuevos o poco explorados en sus personajes. Me temo que no es el caso.

Sería iluso esperar la consistencia estilística de Raging Bull en una historia que le roba giros de tuerca a The Karate Kid, pero Antoine Fuqua, un director mejor conocido por Training Day, filma las peleas con una variedad tan esquizofrénica de recursos y movimientos de cámaras que, en comparación, Amarte duele parece obra de Michael Haneke. Southpaw está hilada sin ritmo ni confianza, confundiendo aspereza con intimidad y violencia con drama.

Fuqua tiene el mal tino de siempre hallar la versión más obvia de cada escena. ¿Cómo se manifiesta la frustración de Billy tras la trágica muerte de su esposa? Destruyendo todos sus trofeos. ¿Hay una secuencia donde su hija rompe en llanto y lo culpa del accidente de su mamá? Claro. ¿Su mánager lo traiciona? Por supuesto. Hay paréntesis lúcidos, sobre todo gracias a Gyllenhaal, un actor poco sutil, pero siempre comprometido con el material. Billy a veces parece un niño desamparado, apenas capaz de hablar, que sólo sabe agredir y tolerar agresiones. Estos instantes afinan la brocha gorda de Fuqua y pintan al boxeo como una suerte de herramienta, más bien patética, de energúmenos infantiles que no conocen otra forma de sanar sus complejos. Es una lástima que Southpaw no se atreva a explorar esta idea a fondo: la muerte de Maureen como una segunda orfandad, que obliga a Billy a volverse padre.

Si Fuqua no se atreve es porque no busca entender lo que el boxeo dice de su personaje. No cualquiera decide ganarse la vida con los puños: Martin Scorsese e incluso John G. Avildsen, el director de Rocky, lo sabían. En contraste, Southpaw cree que el ring, los golpes y el espectáculo son interesantes por sí solos. Sugiero echarle un ojo a la última de Mayweather Jr. contra Pacquiao para comprobar lo contrario.

Twitter: @dkrauze156

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