Opinión

La fiesta brava ya no
vale ni cien pesos

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Plaza de Toros. (Cuartoscuro)

Tenía más de cuatro años de no asistir a una corrida. Al salir el domingo de la México me di cuenta de que no había extrañado nada esas funciones donde hoy todo pesa, menos el toro.

Como ya se sabe, el domingo estuvo colgado del cartel José Tomás. Cierta mercadotecnia funcionó y la corrida, un mano a mano con Joselito Adame, provocó que algunos boletos se ofertaran en insanas cantidades. 8 mil dólares se pedía por una barrera, por ejemplo. Todo mundo quería estar ahí, vinieron desde España y desde otras partes. El lleno fue, en efecto, impresionante.

No es algo inusual que una corrida de expectación termine en decepción. Es tan normal que esa frase se ha convertido en un gastado dicho. Y aun en esas circunstancias, buenos cronistas como Jan Martínez saben describir lo que pasó en el ruedo; porque siempre pasan cosas en el albero, incluso cuando no “pasan” sonoros triunfos. Aquí su reporte en El País, titulado “La tarde en que José Tomás se volvió humano” http://bit.ly/1nYBCiH

Sin enmendar la plana a Jan Martínez, es preciso decir que dos o tres pases (literal) que sí alcanzó a realizar José Tomás bien valieron el boleto, más si como en mi caso costó apenas 100 pesos (de tendido general, comprado a alguien que le sobró).

Pero la que ya no vale ni esa cantidad, me temo, es la fiesta de los toros. Perdón por el dejo protagónico de estas líneas. Espero que sea visto como algo más que una renuncia personal de alguien que no importa nada en ese ambiente.

Alguna vez, diputados que andaban calentándose con la idea de prohibir la fiesta brava me preguntaron mi opinión. Así de desencaminados estaban. De cualquier manera dije que la manera más sencilla de terminar con los toros sería obligar a los empresarios a cumplir puntualmente el reglamento taurino. Que los toros sean toros, y los novillos, novillos. Y que estén sanos y fuertes.

En otra ocasión dije lo mismo a unos animalistas. Quítense el asco, les comenté, y hagan que les permitan vigilar los pesos de las reses, la integridad de las astas, la salud de los toros… antes y después de la corrida.

La mejor prueba de que los que organizan la fiesta pueden ser los peores enemigos de ésta es que el domingo mismo, en un evento taurino que se promovía como histórico, se atrevieron a echar al ruedo animales que fueron protestados por su escaso trapío (devolvieron a corrales a uno de esos anovillados bichos, pero debieron devolver varios más). Es decir, no eran toros dignos de la México.

No. Corrijo. Es al revés. Es la México la que no estuvo a la altura de los toros. Las reses no pidieron estar ahí, los organizadores del festejo sí pudieron cuidar que el mínimo ingrediente del rito, es decir el riesgo, el toro en su íntegra peligrosidad, estuviera presente. No fue el caso y ello no fue sorpresa. En este mismo espacio lo adelanté el viernes cuando pregunté si habría toros-toros.

El maltrato a un animal es, afortunadamente, cada vez menos aceptado. En parte por ello, hoy cuesta trabajo articular una defensa sobre el martirio del toro en una plaza, cosa que se vuelve imposible cuando el toro ni siquiera lo parece.

La fiesta sin toros dignos de ese nombre no vale ni cien pesos, esté en el cartel José Tomás o el mismísimo (resucitado) Manolete.

Larga vida a los toros. Que de las corridas ya nos encargamos los taurinos.

Twitter: @SalCamarena

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