Opinión

La elección chilanga

 
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Andrés Manuel López Obrador.

A Pepe Merino, que odia las autorreferencias.

El sábado cumplí 22 años de vivir fuera de Guadalajara. Salvo un periodo de doce meses, todo ese tiempo he vivido en la capital de la república, ciudad que elegí mucho antes de llegar en 1994: supongo que esa decisión ocurrió en algún momento de los ochenta, cuando era emocionante leer cómo al mismo tiempo la urbe se levantaba del terremoto y se rebelaba frente al viejo esquema que la habían convertido en una delegación política.

Ser chilango por voluntad es un orgullo particular. Significa haber optado por una metrópoli con la prensa más plural del país, sede de la expresión de los más variados movimientos sociales, permanente escenario de efervescencia estudiantil y epicentro del debate político en el que inciden académicos e intelectuales.

Ilusiones que genera el centralismo (y supongo que algo de provincianismo de mi parte), pensar que la capital estaba en medio de todo lo importante. No era ni es así.

Casos como el del potosino Salvador Nava y el chihuahuense Luis H. Alvarez, o el del tabasqueño Andrés Manuel López Obrador y el regiomontano Fernando Canales, por mencionar sólo algunos, nos recuerdan que la lucha por la democracia por supuesto que también ocurría allende Cuautitlán.

Aunque es cierto que dado que ese crujir democrático remecía al poder central, de nueva cuenta era en el Distrito Federal donde se operaban desde un “fraude patriótico” en Chihuahua y unos nada “patrióticos” en Tabasco, hasta las concertacesiones en Guanajuato y San Luis Potosí.

Y cuando le llegó su turno, la capital misma enfiló a un cambio, optando por premiar a los herederos de la izquierda y del cardenismo en la primera ocasión en que pudo volver a votar por sus autoridades.

De ahí que la semana pasada de repente no reconocí la ciudad a la que quise venir a trabajar y vivir. Los diarios publicaron la relación de legisladores del Congreso que irán a la Constituyente y de nueva cuenta me pareció que este proceso supuestamente fundacional es un espejo de esos que reflejan una imagen deforme.

Qué lejos quedaba 1997 frente a la noticia de que el PRI tendrá 10 legisladores constituyentes, el PAN siete y el PRD cuatro. El tricolor y los azules lucirán en esa asamblea una fuerza inexistente en la geografía política de la capital.

No por anunciada me resultó más digerible la constatación del reparto del poder a la antigüita que suponen los 40 designados (monárquicos deberíamos llamarles) a la Constituyente. Bien lo advierte el tango, cuidado con creer que veinte años no es nada. En el caso de la capital, ha sido una silenciosa vuelta atrás.

En sentido inverso, en el país han ido surgiendo polos de desarrollo y cultura que nada le piden a la capital. Desde la ola de emprendedurismo tapatía llamada innovación hasta el país del vino en Ensenada, desde el Festival de Cine de Morelia hasta los parques industriales del Bajío. Regiones que tienen su propia dinámica y, para bien, encontrarán un tanto ranchero el sentimiento de superioridad del exDF.

Vine a la capital, como muchos otros, porque sabía que aquí todo podía cambiar. De alguna manera era cierto: de ser una opción modesta pero respetable, el PAN capitalino se volvió sucio y enano. De las políticas de Cárdenas, AMLO y Marcelo surgieron Mancera, Romo, Toledo et al. Y del PRI de Camacho Solís llegamos al Basuritas y sus hooligans.

O quizá no, quizá dos décadas después el espejo de la Constituyente es fiel y lo que está deforme es la realidad. Y uno incluido en ella.

Twitter: @SalCamarena

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