Opinión

La dificultad de gobernar

  
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Gobernar es un asunto complejo. Por un lado, hay que mantener operando una estructura inmensa, que cumple algunas funciones muy sensibles, y muchas otras no tanto; por otro, hay que mantener equilibrios entre distintos grupos de la sociedad con intereses a veces totalmente contrapuestos. Con esas dos actividades tiene uno para entretenerse, de forma que pocos gobiernos intentan sumarle mucho. Lo más frecuente es alguna obra, si se puede muy grande, que sirva para perpetuar su memoria, pero que también permita aumentar apoyos (constructores, sindicatos, todo tipo de servicios).

Cuando un gobierno decide encarar una transformación profunda lo que en realidad hace es sacrificar los equilibrios mencionados. El costo de eso es muy elevado, de forma que lo normal es que un gobierno sólo modifique algún aspecto de la vida social, dejando lo demás lo más tranquilo posible. Alterar varios aspectos al mismo tiempo sólo tiene sentido cuando la situación vigente es precaria. Los desequilibrios que se producen son un costo en sí mismos, pero al sumarse pueden incluso derrumbar al Estado.

En México hemos vivido ese tipo de transformaciones profundas en pocas ocasiones. Antes de que fuéramos independientes, las Reformas Borbónicas desequilibraron el estado estable colonial. Por eso los problemas de España a partir de 1808 se tradujeron en el derrumbe del imperio, lo que nosotros llamamos Independencia. La segunda gran transformación fue promovida por los liberales, en la segunda mitad del siglo XIX, y después de una guerra civil y una invasión extranjera, esa transformación fue cosechada por Porfirio.

La tercera transformación ocurre en el gobierno Cardenista. Aunque lo que celebramos es la Revolución, los verdaderos cambios ocurren en el gobierno del divisionario de Jiquilpan. Es indudable que puede uno identificar corrientes que iban en el sentido del cambio desde antes, pero tienen sentido a partir de la transformación cardenista, no por sí mismas. El régimen de la Revolución, consolidado en 1938, funciona de mejor o peor manera hasta el inicio de los ochenta, cuando los excesos lo derrumban.

La cuarta transformación la hemos vivido desde inicios de los noventa. Reformas estructurales que, en dos momentos, desarman por completo el cardenismo, y proponen algo diferente. Pero la velocidad de esos dos momentos ha sido muy impresionante. En la primera ocasión, acabaron en un año de gran violencia política, una profunda crisis financiera y la transición democrática. En esta segunda ocasión, la reacción no ha sido tan fuerte, pero existe.

Así, me parece, hay que entender buena parte de los fenómenos políticos que tenemos enfrente. Los grupos desplazados se defienden, los nuevos no se consolidan aún. Los que se defienden lo hacen de formas diferentes: desde quienes construyen partidos políticos esperanzados en la supervivencia del cardenismo, hasta quienes apuestan por el fin del Estado, pasando por muchos que sólo tienen intereses económicos: empresarios privilegiados durante el viejo régimen; sindicatos (especialmente de gobierno); organizaciones (seudo) campesinas; medios, academia y opinadores, etcétera.

Sin embargo, cuando se ve el proceso más amplio, el impacto de la transformación es muy evidente. El desarrollo de ciudadanía que hemos logrado en sólo 30 años es impresionante. Ahora no sólo se discute la probidad del presidente y su gabinete, sino que se promueven leyes desde la sociedad civil, se derrota a gobernadores, y se enfrentan los privilegios remanentes del viejo régimen. Nada de eso era imaginable a mediados de los ochenta.

Pero transformaciones tan profundas son muy difíciles de administrar. No porque implementar reformas sea complicado (que lo es), sino por los desequilibrios políticos. Y porque los potenciales ganadores no pueden ver el proceso completo, pierden la paciencia y le quitan soporte al gobierno que les ha hecho ganar. Es complicado.

Profesor de la Escuela de Gobierno, Tec de Monterrey.

Twitter: @macariomx

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