Opinión

La diáspora, gigante dormido

 
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Latinos. (www.voanoticias.com)

Hay dos maneras de ver la diáspora mexicana en Estados Unidos. Los diplomáticos y analistas conservadores consideran que no hay mucho que hacer con ella, pues es altamente heterogénea, y en especial los migrantes mexicanos de primera generación (11 millones y la mitad sin documentos) continúan en las posiciones más relegadas de la estructura socioeconómica y política del vecino país. Los diplomáticos y analistas optimistas y constructivistas ven en la diáspora un puente o bisagra potencial entre México y Estados Unidos. Incluso dentro de estos últimos, hay quien se plantea que la diáspora eventualmente llegue a hacer lobby o cabildeo por temas de la relación bilateral como la migración o temas fronterizos, o incluso por intereses de México como el desarrollo de regiones expulsoras de migrantes.

La diáspora ciertamente es enorme y heterogénea. Según el Pew Hispanic Center hay 34.6 millones de personas de origen mexicano en Estados Unidos: 23.1 millones son estadounidenses de origen mexicano y 11.5 millones son nacidos en México. Es decir, dos terceras partes de la primera minoría étnica en Estados Unidos (54 millones de latinos) son de origen mexicano o mexicanos. Este México dentro de Estados Unidos es muy heterogéneo. Por ejemplo, las preocupaciones y aspiraciones de un mexicoamericano de tercera o cuarta generación profesionista en Los Ángeles o Nueva York, quien quizá ya no hable español, tiene muy poco que ver con un mexicano recién llegado de Oaxaca o Guerrero, cuya intención primordial consiste en mandar remesas económicas a su hogar.

La diplomacia mexicana se ha distinguido desde hace décadas por tener una innovadora presencia en Estados Unidos a través de una red consular que se ha consolidado como la más grande de cualquier país en el mundo, actualmente con 49 consulados, 20 de ellos generales.

El cultivo de la relación con la diáspora estuvo presente prácticamente en todo el siglo pasado. Sin embargo, es el presidente Carlos Salinas y su canciller Fernando Solana, recientemente fallecido, quienes deciden formalizar la relación con la diáspora en 1989 a través de la creación del Programa para las Comunidades de México en el Extranjero, justo precediendo la negociación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN).

Sería Vicente Fox, un presidente con gran admiración por los emigrantes, quien después de un fallido intento de una oficina de migrantes en Los Pinos, establece el Instituto de los Mexicanos en el Exterior (IME) en 2002.

El IME pretendió inicialmente desarrollar una política transversal hacia la diáspora mexicana en Estados Unidos. De allí que contara con un Consejo en el que participaban ocho secretarías de Estado. A la hora de la instrumentación, acabó siendo un programa de la Cancillería pero con una buena dosis de atención presidencial. El objetivo del IME era cultivar a la diáspora fomentando la creación de organizaciones, como las asociaciones de oriundos, programas de educación (inglés o cultura mexicana) a través de las llamadas plazas comunitarias, y también programas de salud mediante las ventanillas de asistencia médica que hoy están presentes en todos los consulados. Es decir, el IME actuaba de la mano de la red consular, con al menos un representante en cada una de los consulados, para empoderar a las y los mexicanos.

El Consejo Consultivo fue el instrumento más novedoso al constituirse el IME. Consistía en cien líderes comunitarios abarcando toda la Unión Americana y electos a través de la red consular, creando una organización nacional con la pretensión de que se convirtiera en el interlocutor de México. El Consejo Consultivo, sin embargo, acabó siendo secuestrado por activistas mexicanos en Estados Unidos con una agenda dedicada a cabildear y cambiar las políticas del gobierno federal hacia la diáspora, en especial de otorgar el voto en el extranjero.

En conclusión, el Consejo no logró captar la atención de toda la diáspora, y las élites mexicoamericanas ni se enteraron de su existencia. Esto explica que en 2014 se decidiera su suspensión.

Considero que en la actualidad hay una ventana de oportunidad para despertar al gigante dormido que es la diáspora mexicana. Por un lado, Donald Trump con sus groserías y calumnias hacia México y los mexicanos ha acicateado a todos los sectores de la diáspora unificándola con un objetivo: desmentirlo. Por otro lado, la Canciller Claudia Ruiz Massieu está empeñada en contrarrestar el ambiente tóxico hacia México que ha creado Trump.

Ahora que el IME está estrenando a nueva presidenta, que hay un nuevo subsecretario de América del Norte y un nuevo embajador, es el momento propicio para renovar la institución y desarrollar un plan estratégico sobre qué queremos lograr de nuestra relación con la diáspora y cómo vamos a lograrlo.

Considero que es importante rescatar la ambición original del IME y re-constituirlo como un programa transversal del gobierno federal. La relación con este gigante que es nuestra diáspora en Estados Unidos nos atañe, por su potencial, a todos los mexicanos.

Twitter: @RafaelFdeC

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