Opinión

La desigualdad enoja

 
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ISIS ha perdido territorio y eventualmente caerá: Obama

Barack Obama inició su presidencia con un discurso progresista y la termina habiendo decepcionado a muchos de quienes votaron por él en 2008. De la lista de decepciones destaco su promesa de revertir el empobrecimiento de las clases medias estadounidenses, porque de su incumplimiento deriva, entre otras consecuencias, el mal humor social que tiene a Donald Trump a un paso de la Casa Blanca.

El hecho es que durante el gobierno de Obama, los ingresos de las clases medias en Estados Unidos siguieron a la baja y la desigualdad al alza. Los salarios cayeron a su menor nivel de los últimos 65 años y las utilidades corporativas alcanzaron su monto más alto en 85 años.

Son razones para que muy pocos estén contentos y millones estén malhumorados; algo semejante ocurre en casi todo el mundo.

Hay al menos tres perspectivas divergentes –hasta opuestas- para interpretar las causas de la ampliación de las diferencias de riqueza e ingresos que se repite lo mismo entre países ricos que en naciones como la nuestra.

La interpretación que está de moda en México –siempre nos llegan retrasadas- sostiene que se trata de la legítima recompensa y castigo que reciben unos y otros del mercado. Es la ideología del mérito que justifica las desigualdades y advierte que cualquier acción para interferir en su lógica, sería atentar contra el sistema capitalista.

Una segunda interpretación destaca que en la distribución de la riqueza estadounidense durante el gobierno de Obama, ha influido la política, principalmente el favoritismo fiscal a las grandes corporaciones: sostiene el New York Times (4 de abril 2014), por ejemplo, que las utilidades corporativas antes de impuestos fueron 28 por ciento más elevadas en 2013 que en 2006 y que subieron a 36 por ciento después de cumplir fiscalmente, porque en 2006 las corporaciones multinacionales pagaban más impuestos que ahora.

En esos mismos años, según el Departamento de Comercio del gobierno de Washington, la masa salarial estadounidense habría aumentado 5 por ciento, abajo del 7 por ciento de crecimiento de la población en edad laboral.

Un tercer enfoque del problema económico y social que representa el aumento de las utilidades empresariales y la baja simultánea de los salarios, pone énfasis en las limitaciones que tiene el poder político de los Estados y de los gobiernos de muchos países en estos tiempos.

La parte más poderosa de esas limitaciones serían las implacables reglas de la competencia empresarial para vender en mercados cuya capacidad de compra va rezagada con respecto al valor de las mercancías en oferta; el arma más poderosa en esa competencia, que es global, es la eficiencia y la ganan los más competitivos, los que tienen menores costos por unidad producida y con ellos tienen que jugar los gobiernos. Son cada vez menos y más grandes.

Otra batería de limitaciones al poder político es la multiplicidad de centros de poder –formales y de facto- con los que tienen que negociar y conciliar los gobiernos; mientras sea más intensa la vida democrática, los sesgos que favorecen a personas, burocracias, empresas y grupos serán menores, o serán escandalosos como sucede en México.

Sobra insistir que también en nuestro país se viene reduciendo la masa salarial y aumentando las desigualdades. En lo que no está de más insistir, es en que la desigualdad y no sólo la pobreza, es el mayor problema social de México: a quien no le alcanza el sueldo para terminar la quincena, que es la mayoría de los mexicanos, se pone de mal humor, y le da coraje saber que mucho de lo que padece se debe a inequidades y desigualdades.

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