Opinión

La cultura de la corrupción

21 noviembre 2017 15:5
 
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corrupción

La naturaleza de la relación entre corrupción y cultura ha sido un tema de amplio e intenso debate.

Por un lado, hay quien sostiene que la corrupción es parte de la cultura de los mexicanos, lo cual ha sido interpretado como una manera de justificar su existencia; por otro lado, están quienes se oponen a esta visión fatalista y proponen que la corrupción es una manifestación irregular de la convivencia social, una aberración que no es parte de la identidad cultural y la idiosincrasia de los mexicanos.

Para abordar adecuadamente este debate, primero habría que revisar qué entendemos por 'cultura'. Gabriel Zaid (Letras Libres, enero 2017) hace un breve recuento de las distintas acepciones de la palabra cultura: primero, el concepto clásico de cultura, como el aprendizaje y estudio de los textos clásicos. Cultura, en el concepto ilustrado, es la acumulación y el progreso histórico del conocimiento alcanzado por la civilización. Para los románticos, la cultura es el patrimonio histórico que distingue a cada nación, y en la visión antropológica, cultura comprende el repertorio de símbolos de cada sociedad, de cada 'tribu'. En mi interpretación de la clasificación que hace Zaid, parece que el debate mexicano sobre el papel de la cultura en la corrupción es una confusión entre quienes proponen que la corrupción es parte de la cultura mexicana desde el punto de vista antropológico, lo cual agravia a quienes tienen una visión de la cultura acorde con el punto de vista romántico. En realidad, no están hablando de lo mismo. Por un lado, está la corrupción que se presenta en formas de convivencia social, que conforman tal vez una manifestación de una cultura antropológica de la corrupción; por el otro, es importante remarcar que la corrupción no forma parte de nuestra identidad cultural, del edificio histórico que nos da identidad como mexicanos y que hemos levantado durante siglos con nuestra literatura, arquitectura, cine, gastronomía, música y folclor.

La semana pasada el Instituto de la Mexicanidad organizó las Jornadas 'Hacer México', en las que participé a invitación de Luis Carlos Ugalde como panelista en la sesión correspondiente a Estado de derecho y democracia. Ahí se habló sobre fenómenos sociales que señalan la existencia de una 'cultura social' de la corrupción: normalistas que secuestran camiones, conductores que evaden impuestos simulando domicilios en Morelos, comunidades organizadas en torno a la ordeña de ductos de Pemex. También se habló sobre el efecto que han tenido los escándalos de corrupción en política, en el grado de tolerancia de los ciudadanos a la corrupción.

En apariencia, hay motivos para considerar que la sociedad mexicana se enfrenta a incentivos y condiciones que han abierto el paso a un ambiente general de licencia y permisibilidad que favorece la ilegalidad y la corrupción, un ambiente de 'normalización' de la corrupción. Hay razones que explican esta socialización de la corrupción. Por un lado, en la cultura política mexicana, la corrupción ha gozado de algún nivel de tolerancia, bajo ciertos parámetros –roban pero reparten/roban pero dan resultados–, aunque siempre ha sido considerada como algo irregular, ilícito, ilegítimo. Ahí no existe 'confusión cultural', la corrupción ha sido universalmente condenada por los mexicanos como algo malo, deshonesto. Por otro lado, existe en ciertos ámbitos del debate cultural sobre la corrupción una visión 'antropológica', en la que estas manifestaciones se interpretan como parte de una cultura de corrupción que es intrínsecamente mexicana.

¿Cómo abordar y discutir la dimensión cultural de la corrupción? La economía o ciencia del comportamiento, disciplina que ha adquirido notoriedad reciente por el Premio Nobel de Richard Thaler, nos dice que la corrupción es 'contagiosa'. Un acto de corrupción que parece 'normalizado' o que no es sancionado genera un efecto de imitación o repetición por parte de otros miembros de la sociedad. Los casos de corrupción visibles y no sancionados generan una cadena de comportamientos repetitivos. Para romper ese círculo vicioso, los actos de corrupción y las personas que cometen esos actos deben ser siempre considerados en opiniones y en el discurso como anomalías, como algo que va en contra de lo que los mexicanos somos y queremos.

Crear una cultura anticorrupción requiere que en el discurso público y en la manera como abordamos la corrupción, se vuelva importante que no se le mencione como algo esperado, habitual, parte de la vida normal y visto como una característica de la convivencia social de los mexicanos.

No debemos 'normalizar' la corrupción. Para generar una mitología cultural, una visión propia de la corrupción en México que sea acorde con nuestra aspiración para controlar ese fenómeno y prevenir los graves costos sociales que genera, es importante que, a pesar de que en la realidad diaria vemos fenómenos sociales de corrupción, siempre hablemos y escribamos de ella como algo ajeno, irregular, ilegal, contrario a nuestra tradición y cultura, y representar a los corruptos como los 'otros', de tal forma que quede impreso en nuestra identidad y cultura política que los mexicanos verdaderos no somos corruptos.

Twitter: @benxhill

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