Opinión

La cuestión rusa

    
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Bandera de Rusia

@MarinoEscalante se identifica como “Soy Patriota Pleno”. La fotografía de perfil es una imagen a blanco y negro de Hugo Chávez con la frase: “Aquí no se rinde nadie”. La cuenta está geolocalizada en Venezuela. Fue uno de los perfiles más activos durante la crisis de la secesión catalana, según un estudio elaborado por la Universidad George Washington, que analizó poco más de cinco millones de mensajes emitidos en redes sociales, entre el 29 de septiembre y el 5 de octubre pasados (El País, 12 de noviembre, 2017). El informe concluye que una compleja red de contenidos y mensajes provenientes de “medios y territorios rusos”, así como de Venezuela, provocaron una “disrupción en la conversación digital global”, a través de la difusión de noticias falsas (fake news) y del uso de miles de “cuentas zombies” para viralizarlas. La estrategia, dice, tuvo como objetivo alterar los algoritmos digitales: saturar la red para desplazar la información que proviene de medios de comunicación, cuentas reales o medios oficiales. Es, según advierte el citado estudio, una forma de manipulación de la opinión pública, en un contexto de baja credibilidad de “los líderes políticos y de las instituciones tradicionales”.

Marzo de 2015: la Comisión Europea abordó la cuestión de la anexión de Crimea a Rusia. En las conclusiones de la sesión, además de no reconocer y condenar la anexión, se acordó enfrentar el reto de las campañas rusas de desinformación en la región. Tres meses más tarde, se adoptó el Plan de Acción para la Comunicación Estratégica de la Unión Europea (Action Plan on Strategic Communication) y se creó un pequeño grupo de trabajo táctico para implementarlo (East StratCom Task Force). El plan tiene básicamente tres propósitos: desarrollar campañas de información sobre las políticas y posiciones de la Unión Europea en los países del Este; fortalecer el entorno de medios libres e independientes en la región y, en particular, mejorar la capacidad europea para pronosticar y responder a campañas de desinformación por parte de agentes externos. En el último año, el grupo táctico ha detectado mil 368 casos de desinformación prorusa (euvsdesinfo.eu). Después del pulso catalán, se ha reabierto en la Unión Europea la discusión sobre el presupuesto y capacidades de esa fuerza táctica (cuenta con 14 analistas).

Al menos 17 agencias de seguridad e inteligencia norteamericanas han confirmado la interferencia rusa en la elección presidencial de 2016. El protocolo de operación parece ser el mismo que en el caso de Cataluña: intervención de sistemas informáticos para extraer información, difusión de noticias falsas y su masificación vía miles de cuentas automatizadas. Todo parece indicar que la democracia de una de las mayores potencias militares del mundo, con uno de los más grandes presupuestos en seguridad nacional y con fuertes capacidades para enfrentar ciberataques, ha quedado expuesta a la influencia externa.

En Estados Unidos se ha empezado a especular que las elecciones de 2018 en México pueden ser un nuevo blanco estratégico para alterar los equilibrios geopolíticos. Atizar en la campaña presidencial los sentimientos de irritación social con respecto al estado actual de nuestra relación, en razón de las ofensas y posiciones de Donald Trump hacia los mexicanos, y de las incertidumbres por la renegociación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte, podría inducir a acercamientos hacia otras potencias extranjeras, especialmente con Rusia. El calendario electoral más grande de la historia de la democracia mexicana parece terreno fértil para virajes internos hacia posiciones de desconfianza frente a Estados Unidos, hacia políticas proteccionistas y hostiles a la inversión extranjera y a una mayor integración regional. Una oportunidad para reanimar el antiamericanismo mexicano.

México debe aprender de la experiencia de la Unión Europea, Estados Unidos, Cataluña. Eso no implica caer en la tentación de teorías conspirativas o especulaciones de guerra fría, sino revisar las capacidades institucionales para enfrentar los riesgos que la era de la información digital impone a las democracias y a sus instituciones políticas.

El mundo cambia a velocidades vertiginosas. Las tecnologías han abierto nuevos desafíos. La formación de la opinión pública sigue al pulso de lo instantáneo, de lo efímero, de la posverdad. No perdemos nada si además de proteger a nuestra democracia de las tensiones de la competencia interna, nos ocupamos de que nadie más decida por nosotros.

* El autor es senador de la República.

Twitter: @rgilzuarth

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