Opinión

La crisis permanente de un modelo económico agotado

En las últimas semanas se ha visto la caída de los precios del petróleo y la devaluación del tipo de cambio en niveles que han superado 5 pesos por dólar. En el primer caso, el precio del petróleo cae frente al incremento de la producción de gas natural y gas shale por parte de Estados Unidos. En la devaluación del peso frente al dólar, se visibiliza la desconfianza de los inversionistas ante una economía con bajo crecimiento y pocas garantías para la inversión después de diversos acontecimientos político-sociales. En primer lugar la desaparición de los estudiantes normalistas de Ayotzinapa, en Iguala, Guerrero, así como una serie de cuestionamientos en el ejercicio de los recursos públicos que apuntaron hacia una mansión en propiedad de la esposa del presidente de México y múltiples conflictos de interés señalados en la recién cancelada licitación del tren México–Querétaro. Todos estos hechos, frente a la comunidad internacional, han dado muestras de debilidad, falta de credibilidad y poca fiabilidad del gobierno mexicano, lo que ha provocado la salida de capitales con su efecto sobre el tipo de cambio.

Estos hechos no pasan desapercibidos en sus efectos hacia la economía real con impactos en el sector rural y campesino. Por un lado, la caída de precios del crudo no se traduce en menores costos de producción, ya que los fertilizantes, los agroquímicos y buena parte de los combustibles se importan del exterior, lo cual encarece los precios nacionales y tendrá efectos en precios de alimentos producidos a nivel nacional. Aunado a lo anterior, México sigue siendo un país dependiente de la importación de alimentos, principalmente granos. Estos alimentos costarán más en nuestro país por el alto precio del dólar. Todos estos choques económicos tendrán efectos negativos en la seguridad alimentaria, podrían incrementar la vulnerabilidad de las familias rurales e incluso profundizar su pobreza, ya que son familias cuyo gasto se dirige principalmente a la adquisición de alimentos y, ante una contracción macroeconómica, son los principales afectados por el desempleo y la pérdida de ingresos.

En tanto una parte de los problemas internos recaen en una crisis de seguridad jurídica, de justicia y de corrupción del sistema, por otra nuestro país sigue apostando por un modelo de agricultura empresarial mínima y concentrada en pocas manos, mientras que la masa campesina se encuentra desprotegida y dependiente de apoyos asistenciales, en lugar de elevarse su capacidad de producción con métodos intensivos en mano de obra y esquemas de agricultura familiar. Asimismo, el escenario difícil que se avizora para 2015, nuevamente evidenciará el abandono productivo en el que se encuentra el campo mexicano y habrá incrementos en precios que pueden constituir una nueva crisis alimentaria campesina.

En cambio, a nivel internacional se observa justamente lo contrario y los países más avanzados están tendiendo a robustecer su mercado interno y elevar la producción nacional de alimentos a partir de agricultura familiar y ocupación de mano de obra rural como un modelo más resiliente frente la volatilidad que impone el mundo globalizado y como una válvula de escape social ante crisis de empleo profundas en países industrializados.

Por lo tanto, la urgencia de cambiar el modelo de producción nacional de alimentos no es un mero discurso contestatario de cara a la cerrazón neoliberal. Es una exigencia para sentar la viabilidad de una nación en estructuras productivas nacionales y en capacidad de consumo interno que sean un dique ante choques externos y sean también, cauces para la reducción de brechas de desigualdad social.

Asociación Mexicana de Uniones de Crédito del Sector Social, AC.