Opinión

La corrupción y la anticorrupción en México

 
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Abanico de billetes mexicanos. (Arturo Monroy)

Más que recurrente, la corrupción se ha vuelto en los últimos meses –quizás años- un tema permanente de la discusión pública, de la agenda política y de iracunda irritación popular. Parecer ser la corrupción, a pesar de tratarse de un antivalor, como el eje central en torno al cual gira toda la vida nacional, la pública y aun la privada.

Afirmar lo anterior pudiera parecer a algunos una exageración, pero no la es. Cualquier recapitulación al respecto, es decir, al hacer un balance de los principales episodios nacionales de los últimos años, o son de corrupción simple y llana o derivan de ésta o hacia ella concurren.

Las cosas como son. Por eso el tema de la corrupción ha acaparado la atención de casi todos; en mayor medida –de ahí la creciente molestia popular- porque a pesar de las promesas se observa que absolutamente nada eficaz se ha hecho para combatirla. A grado tal que ese supuesto combate se ve ya como una especie de gigantesca y odiosa burla al ciudadano común. Y las burlas de esa magnitud duelen. Tal vez tarde o temprano ese dolor tendrá una forma de explosiva expresión, de la que razonablemente nada positivo podrá esperarse para la nación.

El hecho mismo de que su concepto contrario haya adoptado el prefijo anti, es ya significativo. Leer u oír la voz “anticorrupción” como si nada, es porque se nos ha impuesto y hoy, luego tal vez del desconcierto inicial de algunos, nos parece de lo más normal. Anticorrupción es pues un concepto que ha adquirido carta de naturalización. Pero es pésimo, a la manera de como lo fueron hace décadas el “anticomunismo”, el “antigobiernismo” y hoy hablar de “antifutbol” o de “antitelevisa”, por ejemplo, para afirmar una posición doctrinal, política o de otro tipo que se proclama como defendible y válida.

Pero véase bien: para combatir la corrupción, que es obviamente un antivalor, salvo que alguien salga en su defensa, lo cual no creo, no se convoca a seguir el camino de la legalidad, de la Ética, de la honradez o de la justicia. Quizá porque en esta colosal batalla se entiende que ya nada significan o poco dicen esos valores, que han quedado desplazados por todo un “sistema anticorrupción”.

Es cierto que algunos han dicho o escrito que la corrupción en nuestro país es la misma de siempre, que no hay razón para escandalizarse.

Citan al canto algunos casos que documenta la historia colonial y la del siglo XIX. Hasta el presidente Peña Nieto, por increíble que parezca, afirmó que es un mero aspecto cultural de la sociedad mexicana. Es probable que sólo se trate de un problema de percepción. Que hoy vemos una corrupción agigantada como resultado de los indudables avances que México registra en materia de transparencia y de la tarea independiente realizada por ciertos medios y en particular por algunos periodistas. Es decir, que hoy sale a la luz pública lo que antes permanecía oculto. Sin perjuicio de reconocer la valiosa labor de esos medios y periodistas, en lo personal no comulgo con esta tesis. Más bien me parece no sólo mendaz sino ofensiva.

¿A qué viene lo anterior? A que Acción Nacional es, hasta donde se sabe, el único partido que ha anunciado un sistema de combate a la corrupción interna, que ya se reconoce. Así lo ha informado su actual presidente, Ricardo Anaya. A pesar de que se advierten algunas deficiencias de inicio, como la inexistencia de una adecuada normatividad jurídica interna en la materia, se espera sean subsanadas y quede establecido un sistema eficaz. Nada resultará peor para la imagen, aun histórica del partido, que un fracaso –o que se aprecie como un fracaso- en esta materia.

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