Opinión

La corrupción (gobernadores), mata

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Módulo especial Guillermo Padrés y Rodrigo Medina. (Especial)

La batalla por las gubernaturas de Nuevo León y Sonora se fue al papel. Desplegados de prensa, utilizados como brazo de la guerra política, donde unos se acusan y otros se defienden. Dos gobernadores están en la picota acusados de corrupción, y cuyo lastre social está arrastrando a una candidata y a un candidato a las gubernaturas en esas entidades, hacia una derrota. Las imputaciones no fueron tiros de precisión, sino se vinieron acumulando a lo largo de años, meses y semanas, con la indiferencia de los gobernadores Rodrigo Medina y Guillermo Padrés, que deben haber pensado que el fuego nunca los alcanzaría.

Detrás del candidato del PAN a la gubernatura sonorense, Javier Gándara, Padrés se juega su futuro político –la presidencia del partido– y su libertad –por las acusaciones de corrupción en su contra–. Medina tuvo que defenderse en los medios, no los de su estado, sino en la ciudad de México, mientras la candidata priista, Ivonne Álvarez, se deslindaba de él. Los desplegados se publicaron en diarios de la capital federal, lo que enseña que la arena pública del conflicto político y la lucha postelectoral se encuentra en el centro y no donde están sus gobernados.

Para los votantes en Sonora y Nuevo León, las campañas contra la corrupción ya cobraron los réditos posibles, pérdidas en las preferencias de votos y ajustes en las estrategias de las campañas para alejarse de los gobernadores, convertidos en incómodos padrinos. En el corazón político del país lo que está en juego no es la elección, sino las consecuencias de un mal manejo de los gobernadores para solucionar en tiempo y forma la idea de que ellos y sus familias están en la corrupción, y la amplificación de las denuncias.

Medina publicó un desplegado de página completa en varios medios de la capital –al menos un millón de pesos de los contribuyentes neoleoneses al servicio de su defensa–, en donde se victimiza. El gobernador se colocó en el centro de las campañas negativas que buscan, alega, desacreditarlo y confrontarlo. No enfrentó las acusaciones de corrupción dirigidas directamente en contra de su padre, Humberto Medina Ainslie, a quien abiertamente mencionan que usó a su hijo para beneficiarse y lucrar del poder estatal, pero anunció que una vez que concluya su mandato, las aclarará.

Palabrería pura. El gobernador tuvo cinco años para resolver el problema y controlar a su padre, pero no lo hizo. La campaña negativa que alega en su contra es la síntesis de años de su soberbia. Si hoy se ha intensificado es porque se encuentra al final de su sexenio y se la están cobrando los enemigos que sembró. Durante todo su gobierno contribuyó al desencuentro neoleonés, donde soslayó críticas y rechazos de los sectores influyentes y poderosos en el estado. Medina olvidó que el peor año de un gobernante es el séptimo, cuando ya no gobierna pero empieza a rendir cuentas por todo su sexenio.

Padrés no publicó ningún desplegado. Pero su beligerante enemigo, responsable de la campaña de Claudia Pavlovich, el diputado Manlio Fabio Beltrones, sí. No es una publicación sin consecuencias de largo plazo, por cierto. Beltrones acusó a Padrés y su esposa de ser propietarios de una “casa suntuosa, calles interiores pavimentadas y lujosas caballerizas con aire acondicionado” de 65 mil metros cuadrados con un valor superior a los 35 millones de pesos. El problema no es que la tenga –su esposa es millonaria–, sino que no la incluyera en su declaración patrimonial, lo que es un delito. Peor aún, el diputado afirma que Padrés tiene más de 120 caballos pura sangre con un valor superior a los 150 millones de pesos, cuyo origen, afirma, es “de extraña procedencia” que tiene que ser investigada.

A los dos gobernadores les han pegado por debajo de la línea de flotación. La corrupción política, en cuyas acusaciones están enlodados, reduce los niveles de confianza política, al verse anulados los mecanismos de rendición de cuentas. Erosiona también la confianza en el sistema político y las instituciones. En este sentido, los casos de Medina y Padrés son diferentes. La pérdida de confianza de Medina frente a los diversos agentes políticos y económicos en Nuevo León es muy superior a la de Padrés en Sonora. Aunque son más claras las evidencias en el caso de Padrés, la molestia que busca alternativas fuera de las instituciones, sólo se experimenta en Nuevo León con El Bronco.

Sin embargo, esto no significa que Álvarez y Gándara estén perdidos por culpa de ellos. La corrupción política aumenta el abstencionismo, por lo que el clientelismo juega un papel crucial. Es decir, son las estructuras políticas las que pueden determinar el voto –Padrés las tiene en Sonora y el PRI en Nuevo León–, si no hay el suficiente entusiasmo popular para castigar al gobierno en turno que neutralice la movilización. Por eso los desplegados adquieren un valor adicional, al tratar de darle el tiro de gracia a un gobernador, mientras el otro grita que aún no muere. La realidad de estas elecciones tan cerradas, es que no hay pronóstico alguno que no enfrente equivocarse, pese a toda la basura que sobre ellos está cayendo. Al final, todo dependerá de cómo salgan los ciudadanos de a pie a votar el primer domingo de junio.

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