Opinión

La corrupción devasta
a nuestros jóvenes

La desafortunada caracterización de la corrupción en México como “cultural” por parte del presidente de la nación nos fuerza a reflexionar sobre el peso real de este lastre en el desarrollo económico, social y humano de nuestro país.

Visto desde fuera, siempre me ha sorprendido la capacidad de los mexicanos para ver la paja en el ojo ajeno. La corrupción está lejos de ser una práctica exclusiva de funcionarios públicos. Si definimos corrupción como la “perversión de la integridad” o la acción de “echar a perder”, los actos corruptos son el pan nuestro de cada día en México. No sólo es corrupto quien acepta una “mordida”, también lo es quien la da, buscando sacar ventaja sobre quien no la dio u ofreció una menor. Lo es quien roba un examen o copia al presentarlo, quien se mete en la cola, quien compra facturas al igual que quien las vende.

El problema de la práctica corrupta es que implica un tramposo atajo para progresar, superando a quienes intentaron jugar limpiamente, o que simplemente carecían de los contactos o la desfachatez necesaria.

El problema en México es que idealizamos ese descaro y lo vestimos de “audacia”. El niño admira al político, al líder sindical, al narco o al criminal porque son quienes están ganando, si la victoria se mide por quién tiene la casa más grande, el automóvil más rápido o la mujer más despampanante. Independientemente del cuestionable origen de muchas fortunas familiares, en una o dos generaciones, los descendientes de los “nuevos ricos” transitarán con la soberbia y arrogancia que tristemente caracteriza a la clase pudiente mexicana.

A los niños y jóvenes se les educa pensando que es más importante conocer a alguien que conocer, como verbo de “conocimiento”. It is not what you know but who you know es una frase triste que condena al joven a la mediocridad y al servilismo, en vez de encauzarlo hacia una fructífera meritocracia. Pero, esa trama está hundiendo a México en una pequeñez que se arraiga con hedor a rancio.

La Universidad de Harvard admite a mil 650 jóvenes cada año a sus licenciaturas. A principio de año publican la orgullosa lista de jóvenes de todo el mundo que lograron imponerse entre 35 mil solicitantes. En los últimos tres, no ha habido uno solo proveniente de preparatorias mexicanas. Ha habido cinco o seis mexicanos admitidos, pero todos producto del sistema educativo estadounidense. Recientemente, una prestigiosa empresa de consultoría que año con año busca pasantes de licenciatura de alto desempeño para incorporarlos a su nómina, tuvo que recurrir a jóvenes de otros países de América Latina, pues no encontró mexicanos con el nivel o el hambre que requieren.

Ese es el costo real de la corrupción. Estamos echando a perder a nuestros jóvenes. Cuando asumimos que “el que no transa no avanza”, afirmamos que otras vías legítimas de ascenso social y progreso son superfluas. Matamos el deseo de emprender, innovar, trabajar más que el de junto. Cuando el poderoso le enseña a sus hijos que es mejor hacer un trámite “con palancas”, condena a todos quienes no las tienen a gestiones engorrosas y brutalmente ineficientes, porque no son ellos quienes pueden quejarse con una voz que hará eco. Cuando el rico puede contratar guardaespaldas, seguridad privada, autos blindados, o en el extremo irse del país, condena al resto de la población a ser víctima de la inseguridad porque se carece de los incentivos para profesionalizar a los cuerpos policiacos.

Recientemente, a mi mamá de 90 años le pidió ‘mordida’ el Ministerio Público, claramente desocupado, para levantar una acta por el robo a su domicilio. ¿Cuántas veces habrán ido Peña Nieto, los miembros del gabinete, gobernadores, senadores o diputados a levantar una denuncia? Las mismas que han ido a hacer un trámite al banco, a pagar la luz o el teléfono.

Cuando dejamos lo más básico, como lo es la educación pública, en manos de analfabetas corruptos porque eso le garantiza votos al cómplice en turno (Gabino Cué), permutamos el futuro de un niño por el presente de un político cuyos hijos van a escuela privada.

Abunda la literatura académica que demuestra la alta correlación entre corrupción y falta de desarrollo económico, deficiente asignación de recursos, bajo nivel educativo y desigualdad. Pensar que es “cultural” equivale a una resignación que debe incitar repulsión. Me rehuso a ver esa reflexión en el espejo.

Cuando llegué a Estados Unidos, me provocó risa ver que en la televisión se solicitaba a quienes tomaron dinero de un camión de traslado de valores que se volteó que lo devolvieran. Dejé de reírme cuando la gente empezó a hacerlo. ¿Lo hicieron por miedo a consecuencias o simplemente porque no era suyo? No sé. Si, sé que muchos al leer esto simplemente piensan: “qué tontos los gringos”. Cuando seamos así de tontos, tendremos un México desarrollado.

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@jorgesuarezv