Opinión

La comunicación presidencial sobre Iguala

Cito de memoria una anécdota sobre Lázaro Cárdenas. El presidente convocó a varios de sus colaboradores para hacer una gira en comunidades indígenas. Para su sorpresa, los funcionarios llegaron vestidos de mezclilla. Los mandó a su casa a ponerse trajes y corbatas.
A los indios había que tratarlos con formalidad, exigió el general.

El miércoles pasado el presidente de la República se reunió finalmente con las víctimas de Ayotzinapa. Tras la cita, Enrique Peña Nieto salió sin corbata a dar un discurso más bien desarticulado. Luego, a la Presidencia le tomó casi 24 horas dar más información sobre el encuentro. Es decir, toda una eternidad en la era del tiempo real. Y cuando finalmente lo hicieron, no dijeron gran cosa.

¿Por qué obraron así? ¿Porque el presidente y sus colaboradores están aturdidos y no saben cómo reaccionar ante los hechos de Iguala? Esa hipótesis no vuela, no un mes después de surgida la crisis. Como que algo no cuadra, habrá que especular otras explicaciones. Propongo esta.

Antes incluso de la campaña de 2012, Peña Nieto y su equipo (léase Luis Videgaray, Aurelio Nuño, David López, entre otros) se distinguieron por su capacidad para desplegar una maquinaria propagandística que hiciera inevitable la candidatura del mexiquense y por saber reaccionar ante distintos patinones del aspirante (la FIL, la Ibero, etcétera). Es decir, tienen experiencia en manejo de medios, con guión o improvisando.

Precisamente del episodio de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (diciembre de 2011), el equipo de Peña Nieto aprendió una cosa que hoy pudiera ser clave para explicar algo de su actuación en el caso Iguala: la FIL –me contó uno de ellos entonces– se volvió un problema cuando la televisión abierta mostró las imágenes del candidato que no recordaba tres títulos que marcaron su vida.

En los otros tiempos del PRI, la cerrazón del sistema hizo que diversos académicos y activistas idearan fórmulas para monitorear, con fines de exhibición y denuncia, el sesgo que los noticieros electrónicos tenían con respecto a difundir sólo, o casi exclusivamente, la verdad oficial.

Gracias a la tecnología ahora es más fácil monitorear contenidos, pero ante la multiplicidad de canales y portales, ¿es más sencillo detectar manipulaciones o desequilibrios en un ambiente donde lo que sobran son “medios”? ¿No será que la existencia de redes sociales “libres” constituye la pantalla perfecta que nos impide advertir que en realidad en canales que sí cuentan con audiencias millonarias no está ocurriendo la “vibrante” indignación que sobre Ayotzinapa se palpa en la red social de nuestra predilección?

Si lo anterior tuviera algo de cierto, entonces tendría lógica el hecho de que cinco semanas después de la noche de Iguala (Ciro Gómez dixit) el presidente Peña Nieto no haya dado un solo discurso memorable, no haya protagonizado ningún acto relevante en torno a Ayotzinapa.

La función sería más o menos como sigue: sale el presidente, da un mensaje apenas formal, las redes arden en cuestionamientos por la medianía del discurso, pero la comunicación en otros influyentes foros de ese mensaje presidencial es puntual en su apego y ausente de crítica.

El problema entonces sería en verdad grave. Tendríamos a un gobierno convencido de que con Iguala lo que hay que hacer es sólo administrar la crisis, que no hacen falta innovar (nada de diálogo público con las víctimas, nada de reinventar nuestro esquema de derechos humanos), que a lo que más llegará el presidente es a quitarse la corbata para que la televisión y los portales muestren cómo ante los pobres, para empatizar, él se quitó la corbata.