Opinión

La coartada de la filantropía

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Alberto Baillères recibe la Medalla Belisario Domínguez

El decreto que dio lugar a la entrega del reconocimiento dice a la letra: “Se crea la Medalla de Honor Belisario Domínguez del Senado de la República, para premiar a los hombres y mujeres mexicanos que se hayan distinguido por su ciencia o su virtud en grado eminente, como servidores de nuestra Patria o de la Humanidad”.

Debemos lamentar que en México, sin generalizar, no tengamos una élite empresarial que se distinga por su compromiso social, su comportamiento ético o su esfuerzo por generar riqueza sin la necesidad de recurrir al amparo del poder público.

Como nos ha recordado Ariel Rodríguez Kuri: “En México (con alguna salvedad, en aras de la estadística) no existe un verdadero ‘patriciado’ en el sentido de la tradición republicana occidental, esa que va de Roma a los Padres Fundadores estadounidenses y a ciertos republicanos del mundo iberoamericano: una condición de jefatura moral enraizada en servicios a la república, a la libertad o a la democracia”. (Horizontal, 27 de marzo de 2015)

El mismo autor expuso hace unos meses una realidad que viene a cuento a la luz de la decisión de la mayoría de los senadores de otorgar la presea Belisario Domínguez a uno de los hombres más adinerados del país. Dice Rodríguez Kuri, y con razón, que “en México casi no tenemos ricos que gocen de estima pública, sino nada más ricos famosos porque son ricos. Ser ricos les sirve exclusivamente a ellos, no a la sociedad —sugiero entonces que existen sociedades donde un rico puede ser, por decirlo así, un ‘bien público’. En alguna medida es su culpa: no tienen ni imaginan un código para la república; habitan solamente sus propios lenguajes privados, su ideología, su negocio”.

Más allá de los méritos empresariales de Alberto Baillères, los que sin duda tiene, importa que a través de su persona se lleva a los altares laicos un modelo de economía y de negocios fincado en buena medida en los favores de los poderosos en el gobierno y que es absolutamente insensible frente a la pobreza extrema y la tremenda desigualdad que padece México.

El “capitalismo de compadres” nada tiene que ver con el libre mercado ni con la competencia propia de nuestras sociedades actuales. Es una lastimosa herencia de los tiempos de acendrado autoritarismo y de un partido hegemónico que prohijó enormes fortunas privadas gracias al poder público.

Entre los resultados de ese modelo tenemos la vergüenza de aparecer, en todos los indicadores comparables de los organismos internacionales, como el país con más bajos salarios, más desigual: el país donde cuatro personas (entre ellos Baillères) concentran 10 por ciento del PIB mexicano; donde apenas 10 por ciento de la población concentra 64 por ciento de la riqueza total del país y donde casi 64 millones de personas viven por debajo de la línea de bienestar mínimo.

El modelo neoliberal se ha empeñado en crear y reproducir un discurso homogéneo que elimina al ciudadano –en tanto fuente de legitimidad de un sistema democrático– por una “participación ciudadana” enfocada a la primacía del “voluntariado”, de la “filantropía” o, cuando mucho, de la “responsabilidad social” de las empresas, coartadas que, como nos dicen todos los indicadores, nada han conseguido para combatir en serio la desigualdad y la miseria.

Otro gran empresario, que aparece en la misma lista del galardonado, presume por estos días la construcción del primer hospital de “atención universal” en el norte del país. Germán Larrea, de Grupo México, paga anuncios para decir que el hospital es un aporte de su empresa, aunque una simple revisión de los datos indica que la mayor parte de la inversión fue pública.

Tal es la calidad moral de algunos empresarios que han sido los principales ganadores del modelo extractivo, de las concesiones que para explotar recursos de la nación les ha sido entregadas alegremente, a cambio de bicocas, por los gobiernos del PAN y el PRI. Lo mismo ha ocurrido en sectores como las telecomunicaciones y la energía.

¿A cuántas grandes empresarios mexicanos podemos premiar por renunciar a buena parte de sus fortunas como hicieron Gates o Buffet, quien, además, es promotor en Estados Unidos de que los ricos paguen más impuestos? ¿Cuántos grandes empresarios mexicanos pueden decirnos que hacen grandes fortunas y luego destinan parte de ellas a crear bienestar para el conjunto de la comunidad que les permitió enriquecerse? No son muchos, para desgracia de México.

Twitter: @Dolores_PL

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