Opinión

La caricatura de Rubido

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Monte Alejandro Rubido

El cénit de la vida pública de Monte Alejandro Rubido fue seguramente, para quienes lo conocen tiempo atrás, como nunca hubiera deseado: al servicio de la conductora de Televisa, Adela Micha, que el 17 de julio pasado lo tuvo varias horas a su disposición explicando in situ cómo se fugó Joaquín El Chapo Guzmán. Rubido no parecía muy cómodo en su papel de guía y explicador. Para alguien entrenado en el campo de la inteligencia, donde la discreción y el bajo perfil son herramientas básicas del oficio, debió ser un insulto. No obstante, Rubido se tragó los sapos y pagará con la humillación pública. Una carrera digna, reducida a caricatura.

Cuatro días atrás, en medio de la turbulencia de las primeras horas del escape de uno de los jefes del Cártel del Pacífico, Rubido, comisionado nacional de Seguridad, presentó su renuncia al secretario de Gobernación, Miguel Ángel Osorio Chong. No era culpable de la fuga, pero sí responsable. Toda el área de reclusorios está bajo su jurisdicción y la vigilancia interna de los penales de máxima seguridad la tiene la Policía Federal. El Chapo era su responsabilidad, y todos los días Osorio Chong le preguntaba sobre los controles que impedirían una eventual fuga del criminal, porque todos los días el presidente Enrique Peña Nieto le preguntaba lo mismo al secretario de Gobernación.

Se le escapó a Rubido y a quien había encargado la vigilancia, el jefe de Inteligencia de la Policía Federal, Ramón Pequeño, que tenía a su cargo una de las áreas de monitoreo de los reos de mayor peligrosidad dentro del penal de El Altiplano. En el área de monitoreo de El Altiplano trabajan alrededor de 30 personas, en un salón donde nadie puede entrar. Entre aquellas a quienes se les niega el acceso por razones de seguridad, es al propio director del penal. Esa es un área tan secreta que nadie utiliza nombres propios, sino en clave, y no hay registro de su identidad real. El Cisen también tiene un área de monitoreo, igualmente secreta, que opera en espejo a la de la Policía Federal, al igual que otro centro más a cargo de custodios del penal.

La renuncia de Rubido no fue aceptada por el secretario de Gobernación, pero es una de las cabezas que están sobre la mesa para ser decapitadas como consecuencia de la fuga. No se sabe con certeza por qué no le aceptaron la renuncia cuando la presentó. El rechazo de la renuncia, sin embargo, provocó una serie inexplicable de protección en varios niveles, empezando por Rubido, formado profesionalmente en las estructuras del Cisen –fue parte del equipo que investigó los orígenes del EZLN y descubrió la identidad del Subcomandante Marcos–, que en 1994 se integró al gobierno de Emilio Chuayffet en el Estado de México, quien lo nombró director de la naciente Unidad de Información y Análisis, que en realidad era una versión estatal del Cisen.

Chuayffet fue su primer y eterno protector. Cuando el entonces presidente Ernesto Zedillo lo nombró secretario de Gobernación, Chuayffet regresó a Rubido al Cisen, como secretario general adjunto, un puesto de nueva creación. El blindaje fue creciendo al trabajar estrechamente con los gobiernos mexiquenses, una realidad expuesta cuando en 2001 sus sucesores en la Dirección de la Unidad de Información y Análisis fueron descubiertos por la PGR en un centro alterno de espionaje a las oficinas centrales de la unidad ubicada en Toluca. Eran los tiempos del gobierno de Arturo Montiel, y el principio de la carrera ascendente de Peña Nieto. Los apoyos de Rubido han emanado durante largo tiempo del grupo político mexiquense, lo que inclinó la balanza a su favor en la sucesión de Manuel Mondragón como comisionado nacional de Seguridad en marzo del año pasado.

Días después de esa renuncia y el relevo, se detallaron en este espacio las peleas palaciegas en el proceso de remplazo de Mondragón, donde se enfrentaron los grupos mexiquenses con David Garay, comisionado de la Agencia de Seguridad Estatal del Estado de México cuando Peña Nieto era gobernador, y actual jefe de la Unidad de Gobierno de la Secretaría de Gobernación, que depende del subsecretario Luis Miranda, a la cabeza, y los hidalguenses, donde la carta fuerte de Osorio Chong era Eugenio Imaz, director del Cisen.

Rubido ascendió como una decisión salomónica, aunque dentro del nuevo grupo en el gabinete de seguridad era el más experimentado. Desde septiembre de 2008 estaba totalmente involucrado en esos temas, al asumir la Secretaría Ejecutiva del Consejo Nacional de Seguridad Pública y ser ratificado por el presidente Peña Nieto. Rubido garantizaba inyectarle al cargo menos protagonismo y frivolidad, más seriedad, conocimiento y experiencia, que su antecesor. Se quedó a medias.

Cambió el método de Mondragón, que hacía público con todo su equipo lo que cada uno hacía –con lo que abría las posibilidades de filtraciones–, y lo volvió compartimentado, como se opera en los órganos de inteligencia. No reparó, empero, toda la desarticulación que hizo Mondragón en el sistema. Rubido pasó de un segundo nivel a la primera línea, por la cual entró al manejo de propaganda de Los Pinos, que explica por qué sirvió de guía a la señora Micha, en lugar de atender la búsqueda del criminal fugado. Fue una humillación para un profesional de su estirpe. No lo dejaron renunciar hace unas dos semanas, pero permitió que lo pisaran. No lo merecía, pero lo toleró. Asumirá entonces las consecuencias públicas.

Twitter: @rivapa

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