Opinión

La caída del muro de las certezas

Quienes nacimos durante la guerra fría vivimos un mundo “organizado” en dos bloques –el capitalista y el socialista–, con un tercero menos cohesionado –los no alineados, que buscaba ser el fiel de la balanza. Sin embargo, para los jóvenes que nacieron a partir de 1989, la caída del muro de Berlín representa tan sólo un capítulo de los libros de historia Dos años después de esa fecha, los mapas cambiaron súbitamente. Donde hubo dos repúblicas alemanas hoy hay una y donde estaba la Unión de Repúblicas Socialistas Soviética (URSS) se formaron quince estados independientes. El derrumbe de la URSS, su incapacidad para evitar los movimientos soberanistas en sus fronteras, cambió radical y permanentemente la dinámica de la historia mundial. Alemania y Europa volvían a unirse después de que las separara la cortina de hierro.

Entre el 9 de noviembre de 1989 –fecha de la caída del muro de Berlín– y el 26 de diciembre de 1991 –fecha de la disolución de la URSS–, parecía inaugurarse una época donde predominaría un consenso: la adopción de la democracia liberal como forma de gobierno y el capitalismo como forma de organizar el mercado. Por esos años, el académico estadunidense Francis Fukuyama expuso de manera elocuente que con el fin de la guerra fría se abría la posibilidad de que los estados nacionales dejaran de lado sus visiones nacionalistas y se integraran bajo fuerzas económicas y sociales globales. Su visión optimista sobre el liderazgo de Estados Unidos duró poco y encontró muchos detractores, sobre todo a partir de los primeros años del siglo XXI, cuando la hegemonía de Estados Unidos y sus valores liberales y democráticos fueron rechazados, entre otros, por grupos terroristas de corte islamista que han adquirido poder y popularidad.

De esta manera, contrario a lo que suponía Fukuyama, la hegemonía indiscutible de Estados Unidos no propició un consenso indiscutible sobre la forma de organización política interna que pudiera conducir hacia un sistema internacional menos anárquico. Quedó claro que la confirmación de Estados Unidos como la superpotencia no anuló el poder de otros actores en la política de poder del sistema internacional, ni tampoco que su propuesta de economía de mercado se convirtiera por sí misma en el mejor arreglo para lograr la distribución de bienes entre estados y poblaciones. Por el contrario, la globalización y la interdependencia económica han impuesto costos muy altos a varias sociedades del mundo. China adoptó el capitalismo con pragmatismo, pero no así la democracia liberal. Rusia trató de adoptar ambos en los años 1990, pero resultó contraproducente, por lo que retrocedió en su sistema político –volvió a depender de una figura nacionalista y autoritaria como Vladimir Putin y en su economía –de sus recursos energéticos abundantes-.

Por lo tanto, se puede decir que la caída del muro de Berlín en 1989 y la de Wall Street en 2008 son dos caras de la misma moneda. La violencia que prevalece en el mundo de hoy es resultado de la brusca desaparición de la bipolaridad y del poder dominante de dos Estados, que fue esencial para el mantenimiento (aunque imperfecto) de la paz y la seguridad en la segunda mitad del siglo XX. Han surgido nuevos actores no estatales, que operan tanto dentro como fuera del estado de derecho, que detentan más poder que muchos Estados y no necesariamente creando un contrapeso positivo para la sociedad.

En estos momentos, parece que la incertidumbre es y será uno de los principios rectores del mundo. Las crisis son y serán un elemento permanente del orden mundial. La caída del muro de Berlín supuso el final de un arreglo que, a pesar de las amenazas y tensiones constantes, suponía estabilidad. No debemos de añorar ese pasado “ordenado y predecible” en que crecimos, ni resignarnos a vivir en la aceptación del caos y la violencia como estado natural de las cosas. Busquemos renovar las instituciones para enfrentar este reto o desechar las que ya dieron de sí. El aniversario de la caída del muro es un buen momento para que los jóvenes que nacieron en el mundo de la postguerra fría conozcan ese pasado y participen activamente, desde la trinchera que elijan, en la renovación y la construcción de un orden internacional más justo, tolerante y pacífico.