Opinión

La amenaza rusa a
la elección en México

09 noviembre 2017 6:33
 
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rusia

La interferencia rusa en la elección presidencial estadounidense ha sido confirmada por no menos de 17 agencias de inteligencia y seguridad en Estados Unidos. Existe amplia evidencia de que los servicios de espionaje de Moscú también trataron de influir en comicios en Holanda, Francia y Alemania. Muchos se quejan en voz alta sobre posibles maquinaciones rusas en la elección general italiana del próximo mayo. Pero si Rusia realmente quiere dañar a Estados Unidos y debilitar el orden mundial en occidente, en muchos sentidos las elecciones de México ofrecen un blanco más fructífero y vulnerable.

Ningún país influye más en Estados Unidos que su vecino del sur. México sigue siendo uno de los socios comerciales más grandes de Estados Unidos, intercambiando casi 600 mil millones de dólares de bienes que mantienen a millones de trabajadores estadounidenses y a sus comunidades. Es el hogar ancestral de alrededor de 37 millones de méxico-estadounidenses e inmigrantes, y el lugar de residencia de la mayor diáspora estadounidense en el mundo. Refinerías, gasoductos y redes de energía entrelazan a ambos países, al igual que sus redes pluviales y ambientales. Cada país depende crecientemente uno del otro para fortalecer su seguridad nacional e incluso para proveer seguridad básica, compartiendo información e inteligencia mientras la policía vigila las calles, yendo tras de terroristas y redes del crimen organizado.

En julio de 2018, México elegirá no sólo a un nuevo presidente sino a todos los senadores y diputados, a nueve gobernadores y un gran número de posiciones locales, más de tres mil en total. El voto para cambiar el mayor número de oficiales electos en la historia moderna de México determinará el camino de esa nación para los próximos años, quizá décadas. Determinará si México permanece pragmático, abierto a comercio e inversión, apoyando la integración regional y amigable a Estados Unidos, o si voltea su mirada hacia adentro, compitiendo con Estados Unidos en materia de proteccionismo y hostilidad, y sacrificando la integración en aras de una política exterior más independiente y de una relación política y económica más cercana con otros países. Al haber mucho en juego tanto para México como para Estados Unidos, la posibilidad de una intromisión rusa tiene mayores implicaciones.

En esta coyuntura, por supuesto, predecir esa interferencia no es más que mera especulación. Pero recordemos que la inteligencia rusa tiene una larga historia en la nación azteca. La de la Ciudad de México fue una de las embajadas soviéticas más grandes fuera de la Cortina de Hierro durante la Guerra Fría, con más de 300 funcionarios. Sus edificios en la céntrica Colonia Condesa contenían centros de entrenamiento para la KGB y GRU (inteligencia militar). Docenas de agentes, muchos con mejor manejo del inglés que del español, colaboraban con Cuba, reclutaban y administraban a espías locales, y obsesivamente fotografiaban y escuchaban a sus contrapartes en la embajada estadounidense, a una corta caminata de distancia.

Dentro de México, la URSS ocasionalmente apoyaba en forma subrepticia protestas sindicales y políticas fomentadas por el Partido Comunista Mexicano y otras organizaciones disidentes. También difundía propaganda anti-estadounidense en periódicos locales, culpando a militares estadounidenses de crear la epidemia de VIH/SIDA, por ejemplo. Pero con mayor frecuencia cultivaba su cooperación con el gobierno mexicano, dada su decisión solitaria de mantener relaciones diplomáticas con la Cuba de Castro y de tener posteriormente un papel primordial en el proceso de pacificación en Centroamérica en detrimento de los Contras nicaragüenses apoyados por Reagan.

Aun cuando la naturaleza de la misión cambió con la caída del Muro de Berlín, la presencia rusa no disminuyó. Los agentes de inteligencia rusos siguieron recorriendo las calles de la capital mexicana bajo el amparo de los recién bautizados Servicios Federales de Seguridad. En años recientes, la red de espionaje ha sido apoyada por una amplia maquinaria de propaganda en la forma de servicios oficiales de noticias que incluyen a Sputnik y Russia Today (o RT). El canal de noticias de cable de 24 horas en español de esta última ha ganado relevancia, logrando más tracción que cualquier medio extranjero. Su colaborador más prominente es John Ackerman, asesor en temas internacionales del candidato presidencial populista Andrés Manuel López Obrador, quien va adelante en las encuestas electorales.

México permanece extremadamente vulnerable a la misma interferencia rusa que ocurrió en la elección estadounidense de 2016. Facebook, Twitter y Google son importantes fuentes de información para muchos mexicanos. Los periódicos y televisoras locales han estado dispuestos a difundir reportajes que alaban o condenan, a cambio de publicidad o dinero.

El gobierno mexicano carece de una agencia especializada y su Instituto Electoral no tiene la experiencia para exponer a quienes publican noticias falsas o revelaciones embarazosas provenientes de hacking. Peor aún, el reciente mal comportamiento del gobierno le dificulta enfrentar esas debilidades. En junio, el New York Times expuso que el gobierno usó un software de seguridad israelí conocido como Pegasus para intervenir teléfonos celulares de adversarios políticos y activistas de la sociedad civil. Ese abuso ha provocado una profunda y justificable desconfianza en cualquier esfuerzo público oficial para salvaguardar medios de comunicación o la elección en sí, dejando expuestos tanto a partidos como a campañas.

Las campañas de desinformación son más efectivas cuando alimentan creencias arraigadas y conflictos latentes. Éstos abundan tanto en México como Estados Unidos. México mantiene sospechas añejas de su vecino, y jamás olvidará sus intrusiones militares y los ataques a su soberanía.

Los exabruptos de Trump hacen eco de las peores intenciones estadounidenses que uno pudiera encontrar en los libros de historia de México. Su demanda insistente por un muro fronterizo, sus amenazas de deshacer el TLCAN, y su denigrante visión de los mexicanos como criminales y violadores han creado una apertura natural para que los operadores rusos empujen su cuña. Observemos cómo funcionarios y medios rusos responden a la creciente pugna entre Estados Unidos y Venezuela, diciendo que América Latina y el Caribe han dejado de ser el patio trasero estadounidense, y “no pueden ser tratados como si el hermano mayor estuviera hablando con los miembros menos importantes de la familia”.

Una campaña de desinformación rusa fácilmente podría exagerar y amplificar esos incómodos sentimientos en beneficio de candidatos anti-Estados Unidos como López Obrador. A su vez, esto podría cambiar fundamentalmente la dirección de México, descarrillando la transformación económica y despedazando la confianza y cooperación bilateral que llevan tres décadas forjándose.

México necesita aprender de la experiencia estadounidense y salvaguardar su proceso electoral de la interferencia extranjera. Es justificable que los votantes mexicanos estén en búsqueda de candidatos dispuestos a enfrentar el crimen y la corrupción, que incrementen transparencia y rendición de cuentas, que aumenten el acceso a oportunidades económicas, y sí, que defiendan su dignidad contra los ataques del gobierno estadounidense. Pero en julio deben elegir solos, sin la influencia de agitadores extranjeros que tienen otros objetivos en mente.

*Senior Fellow for Latin America Studies at the Council on Foreign Relations in New York.

Twitter: @shannonkoneil