Opinión

La agricultura familiar: En este debate, ¿en dónde está México?

En 2007, el índice global de precios de alimentos dejó de tener tendencia a la baja, es decir, los alimentos dejaron de ser baratos. La crisis alimentaria que se suscitó con esto, previa al problema financiero de 2009, evidenció para muchos países, incluido el nuestro, la necesidad de cambiar las políticas alimentarias, ya que aquéllos países en vías de desarrollo dependientes de la importación de alimentos, experimentaron un aumento del hambre o la pobreza extrema entre su población.

Estos hechos también reposicionaron el rol de la agricultura familiar como un mecanismo vinculado a la seguridad alimenticia mundial. En este sentido, es una forma útil para incrementar la producción nacional de alimentos y con ello mitigar los impactos de altos precios, al tiempo que se genera un dique contra el hambre entre la población vulnerable.

Por ello, la FAO decretó este 2014 como el Año Internacional de la Agricultura Familiar, atribuyéndole un alto valor económico a la abundante mano de obra que vive en zonas rurales, pero también otorgándole un elevado valor social, ya que la agricultura familiar rescata los alimentos tradicionales, contribuye a una dieta equilibrada, protege la biodiversidad y faculta el uso sustentable de los recursos naturales y es una gran oportunidad para dinamizar las economías rurales estancadas.

En muchos países, como el nuestro, la agricultura familiar no ha sido revalorada al nivel que lo están pidiendo organismos como la FAO. Sigue siendo menospreciada y señalada como la causa estructural de la improductividad de nuestro campo, al grado de que diversas autoridades del sector agroalimentario mexicano han señalado que sólo la agricultura de gran escala puede detonar el desarrollo del campo.

Esto es una falacia porque la productividad del campo no corresponde ni al tamaño de la tierra que tiene un productor, ni a que sean explotaciones intensivas en mano de obra. Más bien la productividad radica en el capital y la tecnología de la que puedan disponer. Así, pequeñas extensiones de tierra pueden ser altamente productivas y rentables como grandes extensiones, siendo la principal diferencia el modelo tecnológico de explotación y los mecanismos de acopio y comercialización que se diseñen a nivel local.

Además, mientras la agricultura familiar siga siendo vista como asunto de atención a la pobreza, dejando de lado que es una unidad de producción, no podrá despegar en todo su potencial. Por ello es necesario en primer lugar cambiar esta visión y, en consecuencia, las políticas públicas que se diseñen deberán apoyarán su productividad, a través del uso de tecnología, el acceso a mercados de capital, mejorando el ambiente de negocios y fortaleciendo las organizaciones locales como cooperativas o asociaciones de productores.

Cabe señalar que la Comunidad Económica Europea está reforzando políticas públicas para fortalecer la agricultura familiar como una forma para elevar la competitividad del campo, considerando esta actividad como un modelo de producción resistente a cambios climáticos o de precios, pero también como una manera para enfrentar la crisis de empleo, generar servicios ambientales de cara a la degradación ambiental, como mecanismo para salvaguardar la riqueza de las tradiciones y el patrimonio cultural, así como un vehículo para mantener la estabilidad política y el tejido social en determinadas naciones (Conferencia de Dacian Ciolos, a cargo de la Agricultura y el Desarrollo Rural de la Comisión Europea, Bruselas, 29 de noviembre de 2013).

El debate está avanzando e incluso Australia, que es un país con una agricultura extensiva capaz de desestabilizar el índice mundial de precios de alimentos, está replanteando la agricultura familiar como un modelo de explotación económicamente más sostenible y eficiente.

En consecuencia, México debe también repensar el rol de la agricultura familiar en la próxima reforma para el campo porque es el tipo de agricultor predominante en nuestro país y por sus condiciones generalizadas de pobreza, pero además porque los factores externos obligan a encontrar alternativas sostenibles para las naciones y, más aún, porque si otras potencias económicas lo están visualizando como la manera para elevar la competitividad de la agricultura hacia el futuro, nuestro país no puede quedarse a la zaga de los derroteros a nivel global.

Asociación Mexicana de Uniones de Crédito del Sector Social, A.C. E.

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