Opinión

Korine y Cronenberg: colapsando


 
I. EL SUPERREVENTÓN ENVENENADO. En Spring Breakers: viviendo al límite (EU, 2013), trepidante quinto opus como autor total del inclasificable provocador de culto mundial a sus sólo 40 años Harmony Korine (del delicioso subnormal Gummo 97 al esnob teratológico archirrepetitivo con enmascarados onanistas Trash Humpers 10), las desmadrosas rubias preparatorianas hipererotizadas Candy (Vanessa Hudgens), Brit (Ashley Benson) y Cotty (Rachel Korine), con su tímida amiga morena Faith (Selena Gomez), asaltan un supermercado -esgrimiendo pistolas de juguete a intimidante grito pelado- para irse de vacaciones de playero sexo rápido a Florida...
 
... pero sus perpetuas fiestas locas medio drogas en bikini las conducen a prisión, de donde serán rescatadas previo pago de fianza por el feroz gángster con dientes de plata y corazón de oro autoasumido desde su nombre mismo como un Alien (James Franco), que las invita a un superreventón perpetuo de drogas y pistolones, les presenta con su lumpen afrosocio territorial Big Archie (Gucci Mane) y, aunque Faith se raja y Cotty huye tras ser herida de bala, inicia a las sobrevivientes en el atraco a mano armada, tan bien, pero tan bien, que ellas terminarán acribillando a él y a su socio.
 
El superreventón envenenado arrebata, gracias a su edición frenética, como un bombardeo de imágenes, estallado, envolvente, copioso variado, intenso, algo disperso y a veces reiterativo, pero muy claramente dividido en secuencias narrativas, multidimensionales en cada incidente, virtuosísticas, con estructura diseminada y un ultrainventivo ritmo de conversiones y reconversiones constantes, desenfadadamente inasibles, a modo de un itinerario sensual e hipnótico, pero antierótico tenaz, en el que todo episodio contrasta irónicamente con las cartas ñoñas que envía a casa y lee en off una de las niñas bien del grupo, dentro de una dislocada trama-pretexto de vitalidad contagiosa y euforizante, cual si el mundo fuera a acabarse a cada instante, consumado y consumido.
 
El superreventón envenenado se impone mediante un uso radical de la música pop, con una audiovusualidad muy a lo vértigo videoclipero autorreferencial, que no retrocede ante la utilización de un piano solitario a lo Brian Eno, tonadas explosivas de Skrillex, o una recreación cósmico-marítima de la 'Everytime' de Britney Spears cual referente angélico, o esa canción programático-sinóptica delicadamente murmurada por el hamponazo, con humor, pues se trata de enmarcar a ex Chicas Disney en los roles principales.
 
Y el superreventón envenenado se torna venenoso y mortífero, e incluso idiosincrásico, al desembocar en la violencia y conseguir desencadenar al Scarface seudolibertario que todo gringo lleva dentro, en una fantasía que trasciende cualquier intento de reducción sociológica posBonnie y Clyde (Penn 67) o metaAsesinos por naturaleza (Stone 94), para poner de manifiesto la vacuidad estúpida de la utopía estadounidense actual, en vez de servirla, quedándose con la fortuna y el Porsche acumulados para el regio femirretorno a casa ("Spring Breakers para siempre, perras").
 
II. EL CRUCE DECISIVO. En Cosmópolis (Canadá-Francia-Italia-Portugal, 2012), exorbitante cinta 21 del canadiense angloparlante aún truenacocos a los 69 años David Cronenberg (tras sus polémicamente peligrosas hasta en sus títulos Promesas peligrosas 07 y Un método peligroso 11), con guión suyo basado en la novela bestseller cultural homónima del cultista neoyorquino de culto Don DeLillo, el multimillonario pobre niño prodigio de las finanzas a sus ya fatigados 28 años Eric Packer (el ex vampirito barbilindo Robert Pattinson de la serie Crepúsculo) decide cruzar Nueva York para hacerse cortar el pelo en su Bronx natal, así sea contra viento y marea y barreras policiales que colapsan el tránsito para proteger al presidente de Estados Unidos en plena boga de magnicidios republicanos, o el tumultuoso entierro de su roquero favorito, topándose durante su caótico viaje con los más excéntricos tipos extremos a quienes trepará a su insultante limusina hipertecnificada, mientras su fortuna va mermándose en la bolsa por intentar especulaciones contra el yuan chino-popular y su vida misma se extingue en amenazas globales e indolentes adecuaciones preventivas del todo ineficaces.
 
El cruce decisivo ensarta y ensortija en sordina estridentes personajes portaideas disparadas, ultraliterarios diálogos sentenciosos y pomposos o jaladísimos ('Patrones, índices, mapas de información y toda esa maravilla dulce e iluminada' / 'Salvo que soy un ciudadano del mundo con bolas neoyorquinas') que se espetan hasta por boca de cualquier ajada prostituta sodomizable (Juliette Binoche) sin distinción alguna ('No quiero darte lecciones de autonegación y responsabilidad social, porque ni por un segundo creo que seas tan cruel como suenas' / 'El talento es más erótico cuando se desperdicia"), una blanca limusina-oficina-féretro-digest del mundo actual (en las antípodas de su gemela alegórica: la fantasiosa limusina de los Holy Motors de Carax 12), un arbitrario y explosivo azar itinerante de encuentros-negociaciones trascendentales, una urbana travesía legendaria-propulsión profética al futuro distópico desde un presente inencontrable, y un subyacente holocausto caníbal que estalla en imágenes vistas (o no) a través de luminosas pantallas virtuales como otra codiciada capilla-pinacoteca: la sanguinolenta sacada de ojo de un diplomático norcoreano en plena TVemisión, el tacto de próstata asimétrica, o las ratas muertas lanzadas por activistas en un restaurante.
 
El cruce decisivo expande un clima de hedor sexual posPsicótico Americano gracias a esa rubia esposa reciente que no copula para ahorrar energía creadora (Sarah Gadon) y a las volteretas de esa teoricista secretaria-amante (Samantha Morton) mas allá de todo provocador economiscismo rancio ('El tiempo es ahora un activo corporativo'), para convalidar la percepción apocalíptica de cuando las economías colapsan, haciendo realidad acaso ese pesadillesco mundo milenarista (exacto en el fatídico año 2000) en el cual, sobre una interacción deshecha entre la tecnología y el capitalismo, 'una rata se convirtió en unidad de moneda' (Zwigniew Herbert), como ya rezaba el epígrafe del filme. Y el cruce decisivo era ante todo una disertación de poeta fílmico sobre cierto exclusivo actor-emblema, sarcásticamente manejado como posvampiríco sexyobjeto fetiche light, en el límite del egocentrismo autoaniquilado, de la inseguridad interior, del cinismo-boomerang absoluto y del heideggeriano ser-para-muerte que autopunitivamente se perfora la mano, sin dejar de incitar, con su desesperada actitud pasiva, a su ex empleado superresentido con seudotalibana toalla en la cabeza Richard (Paul Giamatti), vuelto el exasperado asesino suplicante Benno Levin ('Quería que me salvaras'), a liquidarlo de un tiro a la cabeza, en el más fatalista de los finales en puntos suspensivos concebible.