Opinión

Kore-eda y Carruth: reintegrando


 
I. EL INTERCAMBIO INFANTIL. En De tal padre tal hijo (Soshite chichi ni naru, Japón, 2013), cálido opus 9 del familiarista nipón de 51 años Hirokazu Kore-eda (Después de la vida 98, Nadie sabe 04, Un día en familia 08), el prominente arquitecto ensimismado Ryoata (Masaharu Fukuyama) lleva una equilibrada vida nuclear en apariencia perfecta con su sensible esposa y su pequeño vástago de 6 años Keita (Keita Ninomiya) que gusta de estudiar piano como disciplina obligatoria, hasta que se les revela que ese hijo no es el suyo, que el concebido por ellos les fue cambiado en la cuna del hospital, por lo que aceptan acercarse a la rústica familia de su verdadero chavito, llamado Ryusei (Shogen Hwang), que ha sido educado, también como propio y con dos simpáticos hermanitos, por un desmadroso tendero barrial y su esposa empleada de restaurante. Se reúnen con buenos augurios en un centro de juegos, pasan divertidos fines de semana en inarmónico grupo a la orilla del río y sólo tienen una fricción entre ellos cuando el profesionista prepotente insinúa algún propósito, inadmisible indemnización económica mediante, de expropiarse al chamaco, pero van efectuando el intercambio de modo paulatino, para infelicidad de ellos mismos y de los niños involucrados que extrañan a los que creen sus padres, se rebelan, huyen de sus nuevos hogares y pondrán en crisis a los adultos, sin poder optar por ningunos.
 
 
El intercambio infantil se apoya en la delicadeza de toque y en el despliegue de una infinita gama de matices y medios tonos para que cada hecho se presente como algo doloroso, gozoso y glorioso, a un tiempo, pues cada episodio, necesariamente transitorio y pronto sepultado por los cien siguientes, va a significar la etapa inestable de un arrollador y convulsionado proceso íntimo, cual serie de obstáculos para lograr una decisiva reeducación a la vida relacional, tanto por parte de los desgarramientos internos del arquitecto enajenado como de los descubrimientos sentimentales de todos los demás personajes siempre entrañables.
 
 
El intercambio infantil se sitúa en el extremo opuesto del chantaje sentimental, para concentrarse en lo esencial: el autosatisfecho fin emocional de nuestra estancia sobre la Tierra (Después de la vida), los niños sensacionalmente observados a la Ozu como sujetos deseantes en estado de gracia pero capaces de tomar sabias decisiones autónomas (Nadie sabe) y el progresivo restañamiento de las heridas familiares (Un día en familia), para mejor comprender y quebrar desde adentro el adocenado núcleo social primigenio, pero aprovechando cínicamente las ventajas de las pronunciadas diferencias de clase niponas (las facilidades de la tiesa clase opulenta, la libertad comunicativa de la móvil clase humilde).
 
 
Y el intercambio infantil acaba generando un organismo combinatorio, rizomático diría Deleuze, con esas dos familias antes cultural y humanamente opuestas hoy entrando a la repudiada tienda, en un final abierto en abiertísimo plano fijo, sin poder mezclarse demasiado ni poder tampoco separarse o escindirse, pero asumiendo otros roles dentro de una nueva, inédita entidad ya de ningún modo tradicional, ahora expandida, multiparental, con el pálpito fascinante de un inasible ritmo, coagulado en los acezantes pianazos de las Variaciones Goldberg de Bach revolucionariamente reinterpretadas por Glenn Gould, para habilitar un gozo sensible más alegre y fervoroso.
 
 
II. LA INDUCCIÓN ANÓMALA. En Los colores del destino (Upstream Color, EU, 2012), heteróclito opus 2 del matemático de 41 años Shane Carruth (Primer 04), la infeliz oficinista sin atributos mayores Kris (Amy Seimetz cual sensitiva Juliette Binoche rejuvenecida) es secuestrada por un vulgar ladrón callejero (Thiago Martins) y conducida a una guarida boscosa donde se le inoculará con gusanos metamorfoseados que apenas se calman bebiendo agua de manera compulsiva, pues navegan subcutáneamente por todo el cuerpo y serán inextirpables, ni siquiera a tajos de cuchillo cebollero, aún cuando la chava sea liberada (tras ser despojada de sus cuentas bancarias) y su comportamiento haya sido radicalmente alterado por esa inducción anómala, que sólo le permitirá acometer una atormentada relación amorosa con el perturbado treintón de buena voluntad protectora Jeff (Carruth mismo) también intervenido y trastornado de igual forma que ella, seguramente por un extraño muestreador/compositor/criador de puercos (Andrew Sensenig) que parece estar generando una especie humana mutante, todavía en estado latente, gracias a esos gusanos que emigran de las criaturas posthumanas a los cerdos y al final a las orquídeas.
 
 
La inducción anómala propone un novedoso e irritante tipo de relato ciencia-ficcional y metanarrativo que de hecho sólo plantea las ensimismadas piezas fascinantes por autofascinadas de un misterioso rompecabezas que cada quien puede armar como le dicten su capacidad intelectual, su disposición sensorial o su sensibilidad en despoblado, sobre las huellas dejadas tanto por el futurista horror biológico-quirúrgico mindfucking del primer Cronenberg (Los engendros del diablo 79) como por La invasión de los usurpadores de cuerpos (Siegel 56/Kauffman 78/Ferrara 94) y por el diseminado radicalismo subjetivista de El imperio, del profético Lynch (06), pues todo se ha llevado a un nivel donde el cine ya nada tiene que estructurar como relato, sino reducirse a alucinar briznas o ecos de una ficción por integrarse de veinte maneras distintas en la devastada retina del espectador antirrutinario.
 
 
La inducción anómala extrae toda la expresividad y la significación posibles de una autoexcitada estética visualista del esbrouffe, basada en la nerviosa hiperfragmentación por montaje, el sistemático desenfoque escamoteador de los backgrounds y una cerrada urdimbre elíptica de secuencias sólo en apariencia dislocadas, trátese de los sonidos arbóreo-vegetales registrados con potentes micrófonos por el muestreador para elaborarse musicalmente, las piedrecillas pescadas en el fondo de la piscina por la heroína solitaria cual trabajo de Sísifo reencarnado, la bolsa con restos de los encantadores marranos infectados que se lanza a la deriva hasta un recodo fluvial, las claves inscritas en las frases del idílico Walden de Thoreau con sólo desconstruirlas bajo diversos procedimientos, o el odioso criminal ubicuamente baleado por Kris tanto en un inhumano edificio vacío como en el apenas reconocible aunque revisitado bosque-prisión, la mayoría de esos episodios y momentos funcionando muy bien como si fuesen enigmáticos cabos sueltos o autónomos.
 
 
Y la inducción anómala dicta una poética colorista que inicia con la extracción de un pigmento azul raspando una inofensiva planta silvestre y concluye con la subrepticia reinvención de restallantes plantas monocromáticas, amarillas, celestes, blancuzcas, desde una posa del río, cual metafísica de los colores a contracorriente de la pesadilla vivida y a modo de renacimiento premonitorio y ese.