Opinión

Kechiche y Frears: asfixiando


LA INDEFINICIÓN CARNAL. En La vida de Adèle (La vie d'Adèle, chapitres 1 & 2, Francia-Bélgica-España, 2013), volátil eternometraje imperceptible 5 del tunecino-francés de 53 años Abdellatif Kechiche (La esquiva 03, Venus negra 10), con guión suyo y de Ghalya Lacroix, basado en la historieta para chavas descubriendo la orientación lésbica El azul es un color cálido, de Julie Maroh, la linda liceana de Lille, sin más ambiciones que devenir educadora de preescolar, Adèle (Adèle Exarchopoulos) se deja ligar y poseer por su guapo condiscípulo Thomas (Jérémie Laheurte) que la deja insatisfecha en el orden sensual, pero al tirarse a la peliazul estudiante andrógina de bellas artes Emma (Léa Seydoux), descubre una inclinación lésbica que le ilusiona y, sin problemas con sus respectivos padres permisivos, la hace irse a vivir con ella durante meses, hasta que se le antoja un profesorcito del kínder donde ahora trabaja, es corrida brutalmente del nido por la engañada y sólo volverán a verse tres años después, desgarradoramente, Emma comprometida con la dulce madre lésbica Lise (Mona Walravens) y Adèle aún perseguida sin éxito por el aventurero actor árabe Samir (Salim Kechiouche), venido a menos.

La indefinición carnal atrapa por sistema la agitación de sus criaturas en planos cerrados, en vaivenes y ráfagas de un interlocutor impulsivo a otro, o en prolongados movimientos retrocedentes sin soltar ni variar el close-up deambulatorio, y de ahí no se me salen, pero esos seguimientos con body-camera que en los Dardenne serían acerbo acoso de espaldas, en Kechiche son contemplación enamorada, hurgamiento de frente y escrutinio de "la misteriosa debilidad de los rostros humanos" (Sartre citado varias veces), sobre todo ante los gestos de inquietud desazonante de Adèle y ante su inerme desnudez, tanto espiritual como física, incluso vuelta copuladora alternativamente heterosexual y lésbica, explícita en forma inhabitual, fundida como un animal de dos espaldas.

La indefinición carnal realiza por ende siempre al escalpelo sus análisis íntimos, cual captura por etapas de sus presas de cacería: la violenta riña por homofobia ancestral y bullying de las compañeras autoerigidas a coro en policía sexual ("¿Eres chupavaginas?"), los encabronantes celos patológicos que si Adelita se fuera con otra o peor aún, con otro ("¿Te metió esa cosa?"), el ascenso/descenso de Emma a una carrera de innovadora artista plástica en galerías mercenarias mientras Adèle se hunde en el entusiasmo/exasperación ostracista de un puesto de maestrita de párvulos, la dinámica observadora viviseccionalmente sociológica del proceso de ruptura descarnada, o el insensible paso del tiempo que hace asomarse la decadencia sensible.

La indefinición carnal avanza en el tiempo de manera indeterminada porque está haciendo una explícita relectura intemporal de la novela galante dieciochesca La vida de Mariana (1731-41) de Marivaux, más analítica que moralizante o fantasiosa, en las antípodas de las exquisiteces de Companeez-Deville (Adorable mentirosa 61), al anteponer dos espíritus irreconciliables y sus actitudes ante el placer, el engaño y las relaciones de poder: la militante Adèle que se manifiesta en las calles y la artista Emma a quien sólo le preocupa la oposición Schiele/Klimt, la musa y la creadora, la sentimental y la intelectualizada, la libertaria apasionada y la aburguesada sedentaria (matrimonial aunque lo sea paradójicamente con una madre soltera lésbica).

Y la indefinición carnal abre y cierra como un vehemente y cerebral ensayo neoclásico, pues aquí el trasunto de los fingimientos, zozobras y amoríos es poner en evidencia las mutaciones del vacío del corazón, la propiciatoria predestinación-flirteo, el ligue rutinario en antros, el nervio frenético de los encuentros, las decepciones eróticas y la convivencia deteriorante, hasta desembocar, por esa senda inevitable, en la nostalgia amorosa y los lloriqueos de un larguísimo reencuentro cruel, ya sin paroxismos ni esperanza.

II. LA URGENCIA MATERNAL. En Philomena (RU, 2013), vigoroso opus 22 del elegante heterodoxo inglés de 72 años Stephen Frears (Relaciones peligrosas 88, La reina 06), con guión del también protagonista Steve Coogan y Jeff Pope basado en el reportaje novelado El niño perdido de Philomena Lee, de Martin Sixmith, el decadente experiodista autotestimonial ya en el abismo del desempleo (Steve Coogan) acepta la supuesta degradación de escribir un reportaje "de interés humano" al ser contratado por la sexagenaria irlandesa titular (Judi Dench autoexcitándose hasta la sobriedad impávida) para que la ayude a localizar a su hijo bastardo Anthony, medio siglo después de parirlo en un carcelario orfanato-convento cuando joven pecaminosa (Sophie Kennedy Clark) y de haberle sido arrebatado a la fuerza aunque con su venia firmada por las severas monjas del lugar para darlo en adopción tras la crueldad de permitirle que lo viera una hora diaria durante unas breves semanas, por lo que ambos oficiantes de la urgencia maternal toman el camino por tierra y aire hasta Estados Unidos, siguiendo pistas, entrevistando criaturas aberrantes de autorrepresión y averiguando que el niño se convirtió en consejero gay de Reagan y murió de sida, pero que antes de fallecer intentó localizar a su madre biológica en Irlanda, topándose con una mentira atroz, por lo que Sixmith acabará confrontando a la culpable monstruosa Hermana Hildegarde (Barbara Jefford) y espetándole su indignación sagrada.

La urgencia maternal bordea peligrosamente la road picture maniquea de los buenos sentimientos contrariados y la posnota roja trituracorazones, pero en la línea panfletaria contra la vesania de las hermanas magdalenas de En el nombre de Dios (Mullan 02), para acabar concertando un duelo de conciencias y valores éticos entre el amargoso y la estoica, el atrabancado y la prudente, aquél que no creía en el cielo y aquélla que pese a todo aún creía en él, rumbo a una mutua santificación contrarreligiosa, o algo así.

La urgencia maternal confina la violencia de su verborrágica parábola política a una suma de flashbacks pastorales que no sólo evocan como presencia viva los recuerdos de lo vivido, sino también de lo no vivido, un imaginario cuya rabia se torna labia anticlerical.

Y la urgencia maternal se descubre no menos fuerte que la filial y, tras el simulacro revelador del reportero buscando a su falsa madre Philomena desaparecida en un hotel, ambas urgencias se satisfacen al estilo de la obra cumbre de Cervantes según Unamuno, cuando al final Sancho Panza se quijotiza y el Quijote se sanchopanchiza, o sea que en la conclusión, Philomena se sixmithiza y Sixmith se philomeniza, ella admirando una bella frase sobre la circular aventura vital de T.S. Elliot ("¡Aunque sea!") y un rehumanizado Sixmith perdiéndose con su perdonadora madre postiza por la carretera invernal, para completar su educación sensiblera con el sabroso relato verbal de un truculento culebrón infame.