Opinión

Julio Scherer: 'Vivir'

Había muerto Julio Scherer García (1926-2015). La unanimidad, esa flor rara, rodeó sus funerales con la corona de la admiración. Gamés se acercó a sus libreros y echó mano de uno de los libros más apreciables de Scherer, páginas de un memorialista importante que sabe retratar una época: Vivir, publicado por Planeta en el año 2012. La historia de un viejo periodista irrepetible. Gil arroja un manojo de citas en recuerdo de quien fundó el periodismo moderno mexicano.

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Fui reportero de Excélsior y me casé con Susana. Como periodista me sentí trastornado cuando vi publicada mi primera nota en el diario. Me soñé cazador de especies inauditas, las exclusivas desplegadas a ocho columnas. El día que contraje nupcias con Susana, torpe como lo he sido desde mi nacimiento, extravié el anillo de casado. Susana lloró y tiró su argolla. Ella me preguntó si la pérdida no sería un mal augurio. Le dije que no, que anunciaba nuestra libertad.

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Los años como reportero de Excélsior los viví en armonía con la máquina de escribir. Muy joven conocí la revuelta de Guatemala, la Casa Blanca en el despliegue de su poder (…). En las andanzas iniciales como periodista, ávido de mirar y sentir antes que pensar, me propuse conocer el frío y en compañía de un compadre millonario, Agustín Torres Águila, viaje a Rusia en el invierno de 1959, la temperatura a diez grados bajo cero. Pretendí entrevistar al primer ministro Kruschev y no llegué más allá del último ujier. Era la época en que Stalin permanecía esculpido hasta las fronteras del imperio tártaro.

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La mano ruda de don Rodrigo de Llano también me impulsaba en México. A través del subdirector del diario, don Manuel Becerra Acosta, ordenaba que cubriera la información de los ciclones que, en los meses de septiembre, asolaban nuestros litorales.

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Manuel Becerra Acosta Ramírez, hijo de don Manuel, Alberto Ramírez de Aguilar y yo teníamos una relación contradictoria. Discrepábamos frecuentemente y a la vez emprendíamos cosas conjuntas. Las circunstancias nos habían colocado en situación peculiar. Manuel cumplía con las crónicas del Senado y yo con las de la Cámara de Diputados. La rivalidad cotidiana nos hacia querernos.

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Manuel fundó Unomásuno en 1977 y renunció al diario en 1989. Optó por el exilio a cambio de un millón de dólares y se marchó España. El dinero se lo entregó Fernando Gutiérrez Barrios, en esa época secretario de Gobernación. La entrevista que cuenta estos pormenores la escribió Carlos Marín. Proceso la publicó el 2 de octubre de 1989.

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En mi primer encuentro con Díaz Ordaz recibí el golpe de una acusación extrema: era yo, a su juicio, un traidor a México. A partir de entonces no volvería la tranquilidad a Reforma 18. Una campaña sistemática buscaba el desprestigio del diario. Nos acostumbramos a la descalificación. “Miente Excélsior”, un ritual en medios adictos al poder.

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El último trabajo antes de ascender a la dirección de Excélsior fue en Praga, su “primavera”, la vuelta a la democracia sin un disparo, la revolución de terciopelo (…). Cuatro meses después sería elegido director de Excélsior. Estábamos a 15 días del 2 de octubre, el mundo mexicano se descomponía. El escritorio de don Rodrigo del Llano y don Manuel lo veía inmenso. Abrí desde el primer día las ventanas del balcón del tercer piso que daban al Paseo de la Reforma. Me descomponían los gritos de “prensa vendida”, consigna con la que las marchas estudiantiles increpaban el edificio de Reforma 18. Sentía su cólera. Pero miraba y escuchaba. Fresco el aire, en el balcón solía platicar con los reporteros.

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Arreciaba la campaña contra Excélsior, avivada por los artículos de Gastón García Cantú. Había reuniones en Los Pinos para analizar sus textos y contrarrestar su efecto. Se publicaron desplegados en contra, envuelto el diario en la animosidad oficial. El origen de los desplegados nos pareció claro: el gobierno, agazapado en su propia sombra, se manifestaba visible como la luz.

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Luis Echeverría llegó al poder y al final del sexenio dio el manotazo que acabó con Excélsior. A la distancia recuerdo la asamblea que a muchos nos echó a la calle. Me veo a mí mismo y apenas me conozco. Soy yo y no soy yo. De entonces a la fecha la vida ha cobrado una velocidad que se dispara y que no podría imaginar que tan lejos llegaría.

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Veo a Vicente Leñero al lado de Gastón García Cantú y los imaginé unidos para siempre; veo a Elena Guerra, los ojos secos y el alma inundada; veo a Bambi con su pequeña bolsa de mano que ocultaba en su interior una pistola calibre 22. Vi a Ángel Trinidad Ferreira, compadre desde la primera semana que nos conocimos, bailarín, pitcher, jugador de dominó, invencible en el pleito callejero.

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Proceso nació el 6 de noviembre de 1976, aún bajo el gobierno de Luis Echeverría. En la portada apareció mi nombre con el título de director general, una dolorosa remembranza de Excélsior.

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Cierto, los viernes Gil toma la copa con amigos verdaderos. Mientras los camareros se acercan con las bandejas de Glenfiddich 15, Gamés pondrá a circular esta frase de Chesterton por el mantel tan blanco: “El periodismo consiste esencialmente en decir que Lord Jones ha muerto, a personas que no sabían que Lord Jones estaba vivo”.

Gil s’en va.

Twitter: @GilGamesX