Opinión

Julio Scherer García

Yo tenía trece años cuando mi hermano Jorge me hizo leer un texto que se publicó en agosto de 1971 en Excélsior. Era un discurso que el director de ese diario, Julio Scherer García, había pronunciado en un simposio de comunicación celebrado en Texas.

El texto ejerció tal fascinación en mí que lo leí hasta aprenderlo de memoria y confirmé una vocación acunada desde mis primeros años: quería ser periodista.

El inicio combinaba el orgullo del autor de ser periodista con una bien calculada modestia. Comenzaba diciendo:

“Como periodista, único título que me permite estar entre ustedes, pertenezco a ese universo de hombres que vive prendido del cambio de los días, sin más empeño que narrar, explicar y enjuiciar, a fin de incorporar cada suceso, en verdad, al diario patrimonio de la colectividad.” Y continuaba: “Sé por mi oficio que el minuto devora al minuto, el segundo al segundo…”

Esta entrada me encantó porque me pareció que con la expresión “único título que me permite estar entre ustedes” Julio Scherer les decía a los expertos en comunicación congregados en el simposio: yo no soy más que un periodista. Nada menos que un periodista.

Cuatro años más tarde, Alejandro Reza, un compañero de la Escuela de Periodismo Carlos Septién García, hijo de un periodista de Excélsior, me dijo que podíamos ir a saludar a Julio Scherer el día que quisiéramos. Tal vez era un alarde juvenil, pero yo lo tomé en serio y estuve fastidiando a Alejandro hasta que accedió a acompañarme a las oficinas del periódico en Reforma.

El recuerdo siempre me ha parecido un tanto mágico: llegamos hasta el escritorio de la secretaria del director, y dijimos que queríamos conocerlo. Unos minutos después salió Julio Scherer. Allí estaba. Atónitos, le dijimos que éramos estudiantes de periodismo y que sólo queríamos saludarlo. La palabra cordial, el rostro serio, casi inquisitivo, nos dijo que eso estaba muy bien y nos extendió la mano. Yo quise decirle que me sabía de memoria su discurso en Texas, pero me pareció que era un mérito escaso, así es que me limité a repetir uno de los fragmentos: ser periodista y ser latinoamericano significa vivir enredado en una doble realidad. Don Julio sonrió, nos deseó suerte y nos dijo que cuando estuviéramos listos regresáramos.

Lo vi varias veces después, como cuando en 1991 fui a pedirle su autorización para reproducir aquel texto añejo en la revista Expresiones de San Luis, que por entonces yo dirigía, o como cuando en 2009, con Mauricio Farah a la cabeza del equipo, publicamos el primer Informe Especial sobre Secuestros de Migrantes, de la CNDH. Don Julio se interesó y nos invitó a platicar sobre el informe, algunos de cuyos fragmentos incorporó en su libro Secuestro. Sentí que nuestro relato le dolía, los ojos húmedos, atentos, capaces de construir imágenes con nuestras palabras.

En 2003, el Jurado del Premio Nacional de Periodismo decidió entregarle el reconocimiento por Trayectoria. Todos sabíamos que don Julio había rechazado el galardón en dos ocasiones, pero teníamos claro que eso había sido antes, cuando el premio lo otorgaba el gobierno, y confiábamos en que siendo ahora un Consejo ciudadano el que lo otorgaba, era posible que lo aceptara.

Recuerdo a Raymundo Riva Palacio, presidente del jurado, marcando el teléfono para hablar con don Julio. A ver si no nos batea, dijo Raymundo.

No, nos bateó. Unos días después recibía el premio. Scherer García me saludó después de la ceremonia. ¿Qué dice, don Alejandro, todavía se acuerda del discurso aquel? Todavía, don Julio.

“Temprano se les hizo tarde”, cabeceó el diario Reforma el día en que, veinte años después de la fundación de la revista, Julio Scherer y Vicente Leñero decidieron retirarse de Proceso. “Llegó nuestro tiempo, Julio”, le dijo Leñero a Scherer cuando le comunicó que él, Leñero, padecía cáncer.

Con un mes de diferencia, ambos maestros se han retirado de la vida.
Terminaba aquel discurso de hace más de cuarenta años, vigente aún: “La comunicación es entre iguales, sin cargas tapadas, a la altura del espíritu. Lo que significa que el periodismo es para el hombre solitario, pero inconmovible en su última soledad, sin precio, fuera de mercado, más allá, mucho más allá de cualquier manipulación”.

Gracias, don Julio.