Opinión

Jubilados

Toda actividad laboral tiene un ciclo de vida útil y límites a la etapa productiva. Siempre llega el momento en el que quienes la han realizado durante largo tiempo deben de hacerse a un lado y dar paso a las nuevas generaciones, que vendrán a aportar vigor, energía y continuidad a la empresa en la cual se trabaja, y no sólo a causa de la edad del trabajador, sino debido a las circunstancias temporales y del entorno que demandan el cambio, la reorientación de los procesos, la visión de negocios o nuevas alianzas.

Esto no tiene por qué ser exclusivo de actividades lícitas, menos aún en los tiempos modernos en que la actividad criminal ha adoptado modelos empresariales de elevada sofisticación y complejidad tanto al interior de sus estructuras como en sus relaciones con el entorno que las obliga a una constante adaptación, gran flexibilidad y libertad de acción para mantener estándares competitivos.

Algunos “sospechosistas” partidarios de la teoría de la conspiración, sostienen la hipótesis de que al igual que en las empresas lícitas, en los grupos criminales, el remplazo de sus cuadros directivos, no siempre sucede, necesariamente, por la muerte o el encarcelamiento de sus jefes, sino por separación calculada, congelamiento o ficción. En este sentido, la manera más eficaz de desaparecer, de adoptar una nueva identidad y dejar el espacio para nuevos operadores es la muerte oficial, o lo que entre ellos se denomina “jubilación”, que no requiere de mayores instrumentos que la propalación de rumores y su difusión en medios, seguida o no, de la ratificación formal de parte de alguna autoridad, con cadáver o sin él.

Habituados a la imprecisión comunicacional, a la inducción mediática y a la sobreexposición intencionada, los rumores pueden adquirir niveles de realidad fáctica, el resto del trabajo lo harán el silencio y el olvido.

El escepticismo generado en la opinión pública mexicana tiene sus raíces en la tradicional, endémica e inocultable corrupción presente en la cotidianidad social y política de nuestro país. La desconfianza y la sospecha social sobre acuerdos secretos o negociaciones oscuras son el producto de esa tradición que parece soportar la tesis de que ninguna actividad criminal puede perdurar y adquirir carácter sistémico sin que cuente, de alguna manera, con la protección de la autoridad en cualquiera de sus niveles, de ello dan cuenta acontecimientos antiguos y recientes en diversas partes de nuestra geografía.

La suspicacia pública sobre la muerte de algunos personajes famosos del crimen organizado, sobre la forma en que han sido detenidos otros, o incluso la real identidad de algunos de ellos en épocas recientes permanece y alimenta suposiciones de todo tipo, sobre todo en localidades donde pobladores aseguran haberles visto en un restaurante, en una fiesta o conocer rumores que dan versiones distintas de la oficial.

Situados, sólo como ejercicio para la reflexión, en el tenebroso mundo de la conjura, no es descabellado pensar en que este procedimiento de jubilación, de ser cierto, resulta favorable para refrescar las estructuras criminales, para su continuidad y adaptación a los tiempos cambiantes, para el mantenimiento de la disciplina interna y para lograr la clandestinidad indispensable para su funcionamiento efectivo con cierta tersura.

Claro es que para que ello sea posible, siempre se requiere de una ayudita.