Opinión

'John Wick 2', cine de acción puro

 
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John Wick 2. (Abandomoviez)

Saliendo de ver la segunda parte de John Wick, donde Keanu Reeves vuelve a interpretar al matón indestructible que va en busca de diversos miembros de la mafia para vengarse, un amigo mío se queja amargamente. Ni siquiera hemos pisado el estacionamiento y ya ha soltado reparos a granel. Le molesta que consista en una tras otra balacera y que el personaje a duras penas suelte una oración completa. ¿Dónde está la historia, la trama envolvente? En sus palabras, John Wick 2 apenas si califica como una película. Desde mi punto de vista, ninguno de sus bemoles le resta mérito a esta secuela, también dirigida por Chad Stahelski, cuyo largo trabajo como director de stunts se nota en la elegante coreografía de la acción.

En John Wick 2, en efecto, ocurre poco, si por ocurrir entendemos los embrollos y rollos maquiavélicos que entorpecen a muchas de las películas de acción contemporáneas, tan lejos de la verticalidad de Die Hard, donde el objetivo es clarísimo, el villano evidente y el problema obvio. John Wick nunca pretende ser más (pero tampoco menos) que una historia de venganza hecha para alborotar la adrenalina y deleitar los sentidos en vez de filtrar un mensaje sobre el espionaje en la geopolítica actual (cof, cof, Jason Bourne). Admiro su pureza, como dijo Ian Holm en Alien con respecto a otra bestia creada para matar.

La anécdota es escueta –Wick recibe una amenaza de un mafioso italiano y, tras cumplir con una chamba a regañadientes, debe acabar con cientos de asesinos que buscan su cabeza– y yo, francamente, celebro que así sea. Como espectadores estamos malacostumbrados a que la historia nos enganche, más que el cuidado en el estilo o la creación minuciosa de un universo peculiar. Y en esos dos incisos, John Wick se saca un 10 cerrado.

Desde la primera entrega, Stahelski y su guionista Derek Kolstad nos regalaron un mundo aparentemente igual al nuestro, pero repleto de submundos –hoteles exclusivos para asesinos a sueldo, bacanales en antros de neones con albercas subterráneas, ruinas transformadas en raves, vagabundos vinculados a cofradías secretas– que transformaron la película en una especie de delirio donde la verosimilitud no tiene cabida. Dotadas de música diegética, una escenografía espectacular y coreografías largas, rara vez machacadas por un corte de cámara, aquí las secuencias de acción son un prodigio, mezcla de ballet, color y sonido. En sus mejores momentos John Wick es cine puro, si por cine se entiende audacia en el encuadre y fluidez en el movimiento, más que tediosas charlas entre agentes del FBI explicando la trama hasta el bostezo (cof, cof, Jason Bourne, Avengers, etcétera).

Al centro está Keanu Reeves, un actor al que se le tilda de inexpresivo o tieso, como si ser un cúmulo de sufrimiento y versatilidad fuera requisito para llevar una película (de nuevo, Hollywood y sus method actors nos han malacostumbrado).

Reeves es quizás el único actor minimalista en el cine comercial actual, y el contraste entre su silencio y la exuberancia de la acción dice todo sobre la incomodidad de Wick, un hombre condenado a seguir siendo un asesino reticente.

Es una sombra, casi un cascarón, porque un personaje como este –que con cada entrega pelecha su vida pasada– no podría ser de otra manera, y su compromiso con el tono es tan firme como el de su director. Ambos han creado la mejor saga de acción hollywoodense de los últimos años: absurda, simpática, visualmente sorpresiva y, por instantes, hermosa y rítmica como los mejores musicales. Espero con ansias la tercera parte.

Twitter: @dkrauze156

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