Opinión

Joan Sebastian

21 julio 2016 5:0
 
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Para el intérprete, Joan Sebastian era un artista polifacético y versátil. (Cuartoscuro/Archivo)

Para Susana y Roxana, primas memoriosas

Uno. En los 50’s del siglo pasado, en Taxco, entramadas fueron las relaciones de mi familia con los Figueroa de Juliantla, “nomás tras lomita”. Asiento colonial judío, Sinagoga incluida. Con los Figueroa y, de allá también, con los Fitz y con los Albavera. Alimentos terrestres. Provisión de nanas; leche transportada a caballo y promesa golosa de nata (para los nostálgicos como yo, recomiendo El Rioja y El Cardenal); festines de elotes tiernos y tamales bañados de crema, cabe los próvidos, dorados maizales.

Dos. Figueroas manejando los telares (pedales, lanzaderas, hilos cientos de fina lana) de Teresa Original, la escénica tienda de mi madre, frontera y rival de la de Tachi Castillo. Recuerdo, en vivo, en diversos planos, a don Manuel, a don Marcos, a don Ambrosio, a Plácido; y, de oídas, a Joan Sebastian, nacido Juan Manuel Figueroa. Televisa y Raúl Velasco aparte (pero faltos de una historia social a fondo), talentoso, versátil compositor popular. “Tatuaje”, “Veinticinco rosas”, por supuesto “Juliantla”, “Manuel Juárez” (puro Romancero), “Tú y yo”, “Secreto de amor” y paro de contar.

Tres. Estaba en Taxco el miércoles 13 de julio, primer aniversario de la muerte de Joan Sebastian. Gobiernos estatal y municipal, y población, en trance conmemorativo. Al mediodía, cabalgata en Jualiantla, por aquello de JS “Rey del Jaripeo”; tarde y noche, presentación de un libro y concierto en la Plaza de Armas de Taxco. Al día siguiente, cómo imaginarlo (¿o sí?), el vesánico rencor fundamentalista se desataría sobre Niza.

Cuatro. Paso por Alejandro García Maldonado a su Notaria, en una que fuera carretera federal y hoy es calle atestada. Comemos en el Bar Paco (así lo seguimos llamando, en honor al Mito), ventana a los cambiantes colores de Santa Prisca (prodigio barroco), al “Zócalo” bullente, a lontananzas minerales. Para el café, nos encaminamos a Posada San Javier, frente a un Ex –convento que pide a gritos no “manitas” sino puñados de mantenimiento.

Cinco. Aquí tendría lugar la presentación de Lazando un sueño. Retrato íntimo de Joan Sebastian, autoría del proteico y poliédrico amigo Pável Granados. Alejandro me presenta a Federico, hermano del compositor homenajeado, quien (lo consigo) aprueba mi sombrero de Tlapehuala.

Seis. Haciendo tiempo, con mi amigo, aunque desde diversas edades y memorias, bordamos sobre la caída del gobernador Caballero Aburto, que en Taxco no amotinara (yo con un pie ya en la Ciudad de México, todavía gobernada). El entonces procurador Xavier Olea en ánimo de bronca con el Poder Federal. En el cielo grandilocuente atruenan dos helicópteros. Llega el gobernador Héctor Astudillo. Nubarrones aquí y allá, amenazando lluvia. Los bíblicos aguaceros de mi pueblo de adopción.

Siete. Auditorio abierto al atardecer, pero apretujado hasta los botes. La familia Figueroa en pleno. Presentación del libro, digamos, “política”. Historia del libro, patrocinado por el gobierno estatal, cuya distribución a los concurrentes se anuncia con general beneplácito. Me apresto.

Ocho. Entre el cielo que se vierte, y alguna dificultad con el sonido, Federico recuerda a su hermano, Juan Manuel a su padre. Creo que faltó un testimonio femenino. Me asaltan imágenes de una niñez intramuros tragicómica, pero extramuros libérrima, pueblerina y campesina. La mía. Interviene Pável, breve y emocionado (pero en el muy bien armado libro, justo homenaje, el autor iguala el Cristo y Santa Prisca, y no, no hay comparación posible, ojo). Para el concierto, lleno total. Fiesta. Las nubes se repliegan. Otro café, en Punta del Cielo y su balcón inmejorable. Fuegos artificiales. El repertorio de Joan Sebastian, coreado en masa.

Nueve. En la alta noche, la espesa neblina nace dentro del pueblo, de sus hondonas y barrancas entubadas. Desaparecen San Prisca y los templos que la rodean, el caserío. Para reaparecer hacia las seis de la mañana, en el mismo sitio. Milagrosamente. Digo milagrosamente, porque de niño, sobrecogido por el espectáculo de la neblina invasora, temía que cambiaran de lugar, o desaparecieran.
 
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