Opinión

Jia y Côté: diezmando

I. EL PECADO SACRIFICIAL. En Un toque de pecado (Thian zu ding, China, 2013), poético e hipercrítico filme 7 del disidente autor completo chino de 43 años Jia Zhang-ke (Plataforma 00, Naturaleza muerta 06), el estoico acusador compulsivo de la corrupción rural Dahai (Jiang Wu) es mandado golpear brutalmente pero de pronto se convierte en ciega máquina de matar a quienes se han enriquecido con la venta de unas minas colectivas; el sicario mafioso con rapidez de karateca mortífero San Zhou (Wang Baoqiang) regresa a su aldea natal sin éxito como padre pródigo si bien con gran fortuna como asaltabancos antes de largarse de nuevo, la recepcionista de un sauna nocturno con lejano amante casado Yu Xiao (Zhao Tao) es pateada por los guaruras de la esposa legítima sin lograr defenderse aunque luego se rebelará a cuchilladas contra los humillantes requerimientos de sexoservicio con bofetadas sin fin por clientes abusivos, y el obrero castigado sin salario por ocasionar un accidente fabril Hui Xiao (Luo Lanshan) intenta hacerla en otra ciudad como mesero autómata en un lujoso prostíbulo para magnates honkongueses/taiwaneses aunque deberá continuar su itinerario sin rumbo tras experimentar un imposible amor loco por la hermosa putilla 698 antes de defenderse fierro en mano en una vendetta y mejor lanzarse al vacío.

El pecado sacrificial opta por un conjunto armónico y febril de cuatro episodios temáticamente unidos en una estructura siderada, para enfrentar, abarcar y resistir la sideración ética y muy corpórea de la China contemporánea, causante de otro imperdonable pecado original, ahora instalado en Oriente, una culpa inextirpable por haber nacido durante la corrupción del posTerror maoísta, del neocapitalismo salvaje y la anexión a/de Hong Kong y Taiwán, en un violento país tradicionalmente cruel y hoy sobrepoblado e invivible, donde la existencia cotidiana se ha vuelto poco menos que un infierno degradado.

El pecado sacrificial compensa la pesada carga de su épica criminal con ultrasobrias escenas de acción tajante, estilizadísimas referencias coreográfico-elípticas al excedido cine superviolento de King Hu y Tsui Hark, autónomas imágenes invernales como profanando visionarios productos sagrados, una fantasiosa fotografía hechizante del genial Yu Likwai al borde de un ataque de nervios erizados, un inútil homenaje por 50 años de trabajo femenino a nivel de sonriente baile de los bomberos satíricos de Forman, un deificado reificado burdel archielegante al que duplican concentracionarios saunas para la mayor Gloria de las Prostitutas (11) en las ínfimolaborales Megaciudades (98) del ya tristemente desaparecido cineasta austriaco Michael Glawogger, o así.

El pecado sacrificial consuma un cuádruple sacrificio y redefine a éste, porque aquí y ahora “más allá de la teología, encuentra una explicación de su función social dentro de una comunidad”, el sacrificio como “la forma más adecuada de lidiar con la violencia intestina”, cuando “las nociones mismas de sociedad, poder, sistema y humanidad son cuestionadas desde la descomposición de las instituciones sociales en momentos decisivos” (Adriana Bellamy glosando a los teóricos destacados del tema René Girard y Roberto Calasso en Punto de partida num. 183), un sacrificio impurgable que debe ser cumplido, entonces, por todos los protagonistas y en diversas modalidades funestas y nefastas: el justiciero pueblerino como Ángel Exterminador en el vacío, el sicario como pistolero westernista de Boetticher en el vértigo de la náusea existencial, la recepcionista cual hechicera medieval en la hoguera de las alevosas vejaciones calcinantes, y el obrerito como abismado nómada abismal sin sitio en ninguna parte.
Y el pecado sacrificial se tornará abierto y explícito en un remate episódico, donde la aspirante a trabajadora que ha sufrido el implacable rechazo a ser contratada por carecer de los papeles exigidos Li Meng (Vivien Li) cobra consciencia de su condición al descubrir en un teatrillo callejero el enigmático carácter ancestral de su dolorosa expiación.

II. EL BESTIARIO CRUEL. En Vic y Flo vieron un oso (Vic et Flo ont vu un ours, Canadá, 2013), devastado devastador quinto largometraje ficcional como autor completo del crítico y realizador quebequense también documentalista radical de 40 años Denis Côté (Los estados nórdicos 05 y Curling 10 por un lado, Bestiario 13 y Que tu alegría perdure 14 por el otro), la envejeciente sentenciada a cadena perpetua de 61 años pero gozando de libertad condicional tras su último encierro Vic (Pierrette Robitaille jodidísima) se refugia en una cabaña familiar, de inmediato cedida por un hermano Yvon ansioso de darse a la fuga con su cónyuge (Guy Thauvette), en medio de la enormidad boscosa al norte de Canadá, para ocuparse vagamente de su paralizado tío Émile con una luenga barba blanca que sustituye a su capacidad de habla (Gerges Molnar), mientras intentar rehacer su vida de cara al permisivo criminólogo vigilante gay Guillaume que periódicamente la visita (Marc-André Grondin) y arrostrando la hostilidad regional representada por el retrógrada gordazo Nicolas (Olivier Aubin) antes encargado del pariente inválido, pero en amorosa compañía de su atractiva compañera lésbica de prisión Flo (Romane Bohringer sensualosa terminal), bastante más joven y aún de vez en cuando cediendo a pulsiones heterosexuales, aunque hasta allá vendrá a buscar a ésta una sonriente exterminadora también expresidiaria Marina/Jackie (Marie Brassard) que se finge horticultora inofensiva para mejor llevar a cabo una salvaje venganza de bestiario cruel por etapas, primero atando a Flo a un árbol para destrozarle una pierna a tubazos y por último pillándoles un tobillo a cada una de las dos mujeres con inmovilizadoras trampas para osos y dejarlas a la mitad de un intransitado sendero pudriéndose en dolorosa agonía aullante.

El bestiario cruel relega las habituales búsquedas vanguardistas de su realizador ficcional o documental (jamás docuficcional) para concentrarse en los contundentes hechos desglamourizados, escuetos y a veces brutales de un poderoso drama criminal, sin devaneos ni esquematismos ni consuelos melodramáticos, basado en la sarcástica equiparación de la vida salvaje al interior del pacífico bosque interminable como otra forma de encierro carcelario, y por ende dominado de modo apabullante y aplastante por la rutina letárgica (esas exhibicionistas carnes femeninas que algún día fueron trémulas pero hoy sólo nocturnamente encimosas), el tedio engañoso (confundir a la maldita tipa merodeadora con una risueña cultivadora de hortalizas o con una dueña de taberna), las urgencias primarias (ir a levantar en el bar algún afroamante de ocasión) y los miedos elementales (a la pérdida del otro o de la propia vida), pero ante todo apoyada en la diseminación de la violencia moral entre esos personajes bestiales que lo son también zoomórficos y a quienes domina una sola idea fija, trátese de la mendaz protagonista-rata más seca que un palo, la amiga-suricato aún guapamente bisexual ostentando una gran verruga facial a modo de doble nariz, el genuinamente gentil aunque impenetrable agente policial paranoicamente celoso de su intimidad gay tanto como de su senda misericordia, el celoso y delator rechazo del cerdesco padre del abnegado púber-ardilla Charlot (Pier-Luc Funk) volador de helicopteritos ultrasimbólicos, las rondas de la hiena visitante carroñera, o la insensible y mofadora complicidad antimasculina de las dos abestiadas hembras rampantes hasta en la victimación o en la homologación con el viento.

El bestiario cruel eleva a virtuosístico ejercicio cinefílico posHermanos Coen su conjunción de un férreo argumento al escalpelo sin concesiones sentimentales, una fotografía plomiza en cínicos colores verdosos y fotogénicas espaldas expresivas de Ian Lagarde, una edición elíptico de Nicholas Roy sin espacios posibles para el regodeo ni para el guiño, una música quasi tribal de Mélissa Lavergne reducida a percusiones truculentas cada vez que aparece la villana y a unas burlonas fanfarrias folclóricas finales y la ironía de un título más un bestiario humano donde sólo se mostrará en vivo y fehacientemente a un monstruo marino en cierto acuario supuestamente sensibilizador que fracasa por todo lo alto.

Y el bestiario cruel termina como empieza con el simbólico encuentro didáctico de la infeliz Vic con un inepto niño trompetista limosnero, que por fin ha aprendido a tocar cierta pieza en forma coherente: una sardónica marcha fúnebre, pero la cosa gruesa y densa no ha de concluir allí, en esa desesperada situación de las féminas atrapadas como osos odiosos (“Libérame”), histórico-míticamente a medio camino entre la pérfida conclusión encadenada en el hirviente desierto con el sol a plomo de la clásica naturalista Avaricia (Von Stroheim 24) y el toma de mano imposible de los amantes mutuamente baleados arrastrándose en la semifantasía romántica hollywoodense no menos clásica Duelo al sol (Vidor 46), pues todavía faltan la dislocación de los tiempos del imposible rescate, el agrio reparto de culpas y mezquindades asesinas, el abandono de la diabólica delegada del Mal sobre la Tierra (“La gente horrible como yo no existe”), el asalto de las visiones oníricas y la visión de las mujeres fantasmales contemplando la ambulancia que transporta sus despojos vitales, dejando microdantescamente fuera toda esperanza, sin la más ni la menos mísera conmiseración.