Opinión

Javier Valdez, primera semana de impunidad

 
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Asesinato periodista Sinaloa, Javier Valdez

Al conducir, en Tamaulipas no se usan los espejos del auto de manera convencional: para revisar si es seguro adelantar a otro vehículo o echarse para atrás.

“Aquí hay una manera diferente de manejar”, le explicó una reportera a Javier Valdez. “Es increíble que en Reynosa tengas que espejear y además fijarte quién está al frente, atrás o a los lados. No espejeas como medida de seguridad”, le detalló la periodista al hablar sobre el acoso que se vive en lugares donde los que mandan son los narcos, y los criminales no necesariamente son distinguibles del gobierno.

Javier Valdez incluyó el anterior testimonio en Narcoperiodismo. La prensa en medio del crimen y la denuncia, publicado en 2016 por Aguilar.

Hoy se cumple una semana de impunidad del asesinato de Javier Valdez y cinco días del fallido acto donde, a propósito del homicidio del periodista sinaloense, el gobierno de la República y una veintena de gobernadores se pronunciaron a favor de fortalecer el mecanismo de protección (es un decir) federal para periodistas y de multiplicarlo en los estados.

Ni el mandatario federal ni sus colegas estatales entienden que son parte del problema, y que para ser parte de la solución antes que multiplicar supuestas medidas paliativas de las consecuencias (las amenazas y los ataques), lo obligado sería corregir las causas de la cacería de reporteros y defensores de derechos humanos.

Porque, como escribe Javier Valdez en Narcoperiodismo, “no sólo los narcos desaparecen y matan a los fotógrafos, los redactores, los periodistas. También hacen su tarea de exterminio los políticos, la policía, la delincuencia organizada coludida con agentes, ministerios públicos, funcionarios de gobierno y militares. El gran pecado, el imperdonable delito, escribir sobre los dolorosos acontecimientos que sacuden a nuestro país. Denunciar los malos manejos del erario, las alianzas entre narcos y mandatarios, fotografiar el momento exacto de la represión, darle voz a las víctimas, a los inconformes, a los lastimados”.

Este libro de Javier Valdez expone los diferentes mecanismos de acoso e intimidación utilizados por gobiernos, criminales e incluso empresarios para minar la voz de los periodistas en diferentes estados del país.

De Tamaulipas, donde “cada cártel impuso su línea editorial, sus incentivos a las mejores notas y también las penas”, a Jalisco, donde políticos logran silenciar a reporteros al chantajear a sus patrones con el retiro de publicidad, pasando por el Veracruz donde a los periodistas se les intimida con espionaje, el libro de Javier nos devuelve al origen del problema.

Los criminales se benefician de un clima de impunidad creado por las autoridades, que también ganan con el silenciamiento –por autocensura, exilio o muerte– de los periodistas. Porque tan temibles son los criminales, que incluso tienen códigos para sancionar a periodistas –en Tamaulipas pueden ser castigados con "manitas (cachetadas), tablazos (golpes de madera en la espalda y nalgas), tijera (corte de extremidades), fogones (quemada en partes del cuerpo) y piso (asesinato)”–, como el poder mal usado de los políticos.

-¿A quién le debe uno temer más como periodista?, cuestiona Javier a un colega en uno de los capítulos de Narcoperiodismo.

-Creo que sería a los políticos por el poder que tienen sobre los medios, quizá representan el riesgo más importante. Y del otro lado, las desfavorables condiciones laborales de los periodistas.

Meses antes de ser asesinado, Javier Valdez denunció la plaga que silencia a comunicadores y activistas: autoridades omisas y/o corruptas que no enfrentan a los criminales, sumiendo a la ciudadanía en la indefensión.

Mientras eso siga, la matazón continuará, como ocurrió hace una semana contra Javier.

Twitter: @SalCamarena

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