Opinión

Jason Bourne está viejo

 
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Jason Bourne.

Jason Bourne, el superagente secreto interpretado por Matt Damon, fue el héroe de acción icónico de los años inmediatamente posteriores al 9/11. En un mundo donde el horror más improbable se volvió realidad, cortesía de un grupo terrorista armado con navajas, quizás ya no hubo cabida para los coches invisibles de James Bond o el humor de John McClane. La ineptitud y opacidad del gobierno de George W. Bush también volvieron a tirar por la borda el concepto del FBI o la CIA como promotores de la paz. Ahí entró Bourne: un asesino que a duras penas tenía pistola, batallando contra su país, alérgico a la ligereza o la comedia, al que Doug Liman y Paul Greengrass filmaron con una cámara agitada que nos remitía a las grabaciones convulsas que salieron de Nueva York aquella mañana de septiembre. No es coincidencia que, entre una y otra Bourne, Greengrass haya filmado United 93: una versión de lo que ocurrió en el único vuelo del 9/11 que no dio en el blanco.

Han pasado 14 años desde el estreno de The Bourne Identity y el mundo es otro.

Dirigiendo de nuevo, Greengrass intenta incorporar ansiedades actuales dentro del universo de Bourne. Su nueva entrega toca las protestas en Grecia, el espionaje de Edward Snowden, las amenazas cibernéticas y hasta una compañía de Silicon Valley que vende la información de sus usuarios al gobierno. A pesar de estos intentos, Jason Bourne resulta anacrónica. En una época en la que un informante de apariencia inofensiva representa una amenaza mayúscula para Estados Unidos, ¿quién creería que un tipo como Bourne es un auténtico riesgo?

Jason Bourne
Año: 2016
Director: Paul Greengrass
País: Estados Unidos
Productores: Matt Damon, Paul Greengrass, Frank
Marshall, Gregory Goodman, Jeffrey M. Weiner
y Ben Smith
Duración: 183 mins.
Cines: Cinépolis

Greengrass parece estar al tanto y, sin embargo, se niega a creer que hoy en día un hacker sea más peligroso que un agente capaz de matar a 10 terroristas con una pluma Bic.

Las menciones a Snowden y una persecución en Atenas son algunos de los esfuerzos que Jason Bourne lleva a cabo por depurar la oferta. El resto –la trama, la estética– es un refrito de las anteriores, sobre todo de The Bourne Supremacy, una de las películas de acción seminales de la década pasada, que arranca y culmina de forma prácticamente idéntica a esta. ¿Vale la pena resumir la historia?

Basta decir que (una vez más) Bourne se encuentra en el anonimato, hasta que Nicky Parsons (Julia Stiles) lo obliga a emerger (una vez más) en busca de claves para entender su identidad y su pasado. La misión resultante revela una conspiración dentro del gobierno estadounidense, que termina en una elaborada persecución de coches en Las Vegas.

Gran parte del encanto de Bourne estaba en la presencia de Damon, la antítesis de James Bond: su cara un rictus de tensión soterrada y sus facciones anodinas ocultando un arma letal, al acecho de su objetivo sin desviarse para beber un martini o vestirse de esmoquin. No obstante, a pesar de invertirle al gimnasio, Damon aparece cansado, como si más que nada quisiera permanecer oculto. La falta de humor y la constante inquietud de la cámara contrastan con el ánimo lúdico de Mission: Impossible, una saga que sí ha sabido leer su época y adecuarse a ella. Tom Cruise sabe que el agente secreto, implacable y mortal, es una fantasía de otra era, y así lo aborda: como un pretexto para el cine cirquero. En contraste, Greengrass todavía cree que esta serie puede ofrecer un comentario sobre el 2016. Tiene amnesia. Se le ha olvidado por qué importó y después dejó de importar la figura de Jason Bourne.

Twitter:@dkrauze156

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