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12/06/2018

Los anteriores debates no modificaron las tendencias electorales. Anaya ganó el 22 de abril, pero no bajaron las intenciones de voto por AMLO. Y después del 20 de mayo, pese a que Andrés Manuel tuvo un pésimo desempeño, su popularidad siguió aumentando.

No hay, por lo tanto, ninguna razón para suponer que el efecto del tercer debate será diferente. En otras palabras, no basta que Anaya se imponga hoy por la noche, es indispensable que logre movilizar a los electores que le pueden dar la victoria.

Esta es su última oportunidad. Las campañas continuarán, pero el Mundial empieza pasado mañana. Y, catorce días después, vendrá el silencio previo a la jornada electoral.

Meade, por su parte, se enfrenta a un dilema: lanzarse contra AMLO para reducir sus posibilidades de victoria, o enfocarse contra Anaya. La segunda estrategia tiene un doble propósito: a) blindar a EPN con obediencia ciega; b) abrirle la puerta al PRI para posicionarse como la primera fuerza opositora en el Congreso.

La estrategia enfrenta, sin embargo, dos enormes objeciones: 1) el golpeteo contra Anaya hará más evidente y confirmará que hay un pacto (implícito o explícito) AMLO-Peña; 2) la victoria de Andrés Manuel se traducirá indefectiblemente en el desfondamiento y desaparición del PRI.

De ahí que Meade deberá resolver el dilema asumiendo su responsabilidad personal: o pasa a la historia como el coadyuvante de López Obrador, quien echará atrás las reformas y minará las instituciones, incluido el fin del PRI, o se convierte en un valladar al ascenso del candidato de Morena.

Lo que es un hecho es que Anaya sigue en la pelea. Aunque en un contexto complejo, nada está decidido. El número de indecisos y los que no responden es relevante, pudiendo inclinar la balanza al final.

Al respecto, vale citar a Luis Costa Bonino, exasesor de Mitterrand, Macron, Mujica y… AMLO: “Cuando dejen de lado el truco engañoso del ‘voto efectivo’, y muestren a casi la mitad de los mexicanos que aún no ha decidido, que rechaza la encuesta o no responde, va a quedar muy claro que la elección presidencial está muy lejos de haberse definido”.

La proximidad de la elección es un problema, pero también una oportunidad. Posicionado en el segundo sitio, Anaya puede capitalizar el voto útil y de los indecisos. Este es el momento exacto y el lugar adecuado.

Para que eso ocurra debe ser capaz de movilizar a los indecisos y a los que no responden: primero, para que vayan a votar; segundo, a que voten por él. Pero imaginar que esa movilización puede ser consecuencia de una campaña propositiva, por simple efecto de demostración, es una ingenuidad que hasta ahora no ha funcionado.

No hay que hacerse bolas. Esta elección fue definida por AMLO como un plebiscito contra el PRIAN. Pero, pese a la ofensiva del gobierno en su contra, Anaya no ha sido capaz de romper ese clivaje. La ideas: “cambio” y “no podemos estar peor”, van juntas con pegado.

Por lo demás, la oferta de alcanzar la paz, como tema central en el último tramo de la contienda, emerge como un chipote con poca o nula capacidad de atracción.

Dicho lo anterior, el tema del contubernio AMLO-Peña sí puede ser efectivo. Los electores que están furiosos con el gobierno muy probablemente se sentirán traicionados por el acuerdo.

Ahora bien, entre los indecisos y los que no responden hay también los que tienen verdadero pavor que AMLO llegue a la Presidencia y asumen que su victoria es inexorable.

A ésos, los que sienten miedo, Anaya no debe convencerlos, porque están conscientes del peligro, sino movilizarlos. Su oferta: soy el único que puede vencer a López Obrador, debe traducirse: soy la única posibilidad de conjurar la catástrofe que se avecina.

Me explayo: el trabajo que Anaya y su equipo no hicieron, alertando sobre el peligro que representa el populismo, sí se ha hecho en las redes sociales. Sería una tontería –una más– que el candidato del Frente desperdiciara ese capital o activo.

En suma, Anaya debe convocar a votar: a) porque nada está decidido; b) porque la victoria de López Obrador será veneno para la democracia y la libertad; c) porque, en su loca ambición por alcanzar la Presidencia, AMLO amnistiará a los corruptos.

Este es el ABC para el debate y lo que queda de campaña. Cabe esperar que Anaya y su entorno lo entiendan. Hoy, por la noche, lo sabremos.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.