Opinión

"Jackie", la película perfecta para la era de
los 'alt-facts'


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Jackie. (SensaCine.com)

Hacia el final del complejo retrato que el cineasta chileno Pablo Larraín hace de aquella primera dama, Jacqueline Kennedy (Natalie Portman) dice no poder distinguir un montaje de la realidad, obsesionada con la imagen que quiere proyectar tras el asesinato de su marido. Como registra el guión de Noah Oppenheim, su obsesión viene desde antes, cuando Jackie fabrica una narrativa al invitar a la televisión dentro de la Casa Blanca que ella renovó. Kennedy fue el primer presidente en barrer en las elecciones gracias a su presencia mediática, y su esposa, aunque dice odiar la tele, fue también una figura televisiva hecha y derecha. La película no es un biopic, sino una mirada a una mujer que utiliza las cámaras para transmitir la versión que más le conviene. Entiendo que los Oscar no la hayan reconocido: para los estadounidenses debe ser incómodo ver esta sarta de mitos calculadamente filtrados.

Jackie observa a la primera dama mientras ensaya frente a Nancy (Greta Gerwig) antes de que las cámaras la graben en la Casa Blanca.

Después la vemos ensayar frente a un espejo antes de aterrizar en Dallas, en plena curaduría de su personaje. El hilo conductor de estos saltos temporales son varias –supuestas– confesiones. En El club, obra maestra sobre los pecados de la iglesia chilena, Larraín ya había demostrado su habilidad para armar grandes duelos actorales, también de carácter confesional. Aquí afina ese recurso. Jackie se 'sincera' con un periodista (Billy Crudup) y un cura (John Hurt): de esas conversaciones se desprenden recuerdos del asesinato, el funeral y la vida con John. Es un deleite ver a Hurt y al enigmático Crudup intentar desarmar a Jackie, sortear sus mentiras, exageraciones y amenazas. La maravilla de los diálogos es que nos permitan entrever una verdad a través del disfraz. La primera dama insiste en que su matrimonio y la presidencia de JFK fueron Camelot; lo que vemos entre líneas dista mucho de ser así.

Quizás el mayor duelo sea entre Portman y Peter Sarsgaard, quien interpreta a Bobby Kennedy como un fantasma en ciernes. Sarsgaard saltó a la fama gracias a Shattered Glass, en el papel de un editor honesto pero taciturno y poco carismático. Desde entonces ha hecho una carrera cuyos puntos más notables tienden hacia la ambigüedad y la furia soterrada; sus ojos adormilados son los de un cocodrilo antes de soltar una mordida. Bobby es el cúmulo de estas interpretaciones minuciosas. Al igual que Crudup y Hurt, la manera en la que el hermano menor del presidente ve a Jackie oscila entre la ternura y la exasperación, y Portman da en el clavo como criatura indefensa y monstruo narcisista. Parte del éxito de Jackie está en no saber, como dice ella, cuándo estamos viendo a la mujer o a su creación. Ayuda, también, que Larraín se mantenga muy cerca de Portman y prácticamente nos impida saber qué dice la gente de ella a sus espaldas.

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La fotografía de Stéphane Fontaine acentúa la dualidad al centro de Jackie, yendo de la opulencia de las marchas y los funerales a la austeridad de museo, al interior de la Casa Blanca o a los grises de un Washington encapotado, donde siempre parece estar a punto de caer una tormenta.

La televisión aparece como una adecuada rima visual: incluso los cristales de los automóviles que transportan a la primera dama reflejan la realidad exterior como si fueran una pantalla. Esas pinceladas sólo las da un director de altos vuelos, y Pablo Larraín es uno de ellos. A diferencia del carácter de Jacqueline Kennedy, eso no está a discusión.

Twitter: @dkrauze156

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