Opinión

iTome un Uber

 
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Uber.

Gil monta en cólera. Los precios que los taxis Uber impusieron a sus clientes el día del doble No Circula lo escandalizaron: nueve veces más caros que de costumbre. El día de la contingencia ambiental, un servicio de Uber de 100 pesos pudo costar 900. La verdad sea dicha (muletilla pagada por Morena y Liópez en persona), la empresa Uber no tenía ninguna razón para subir hasta el cielo sus tarifas. ¿Qué hicieron para que su servicio se encareciera de esa forma?

¿Compraron cientos de coches para llevar y traer pasajeros por la ciudad? Nada de eso, antes al contrario: esto se convirtió en una oportunidad para ganar más dinero a costa de gente desesperada que necesitaba llegar a sus trabajos temprano, a tiempo a una cita, a la hora de una consulta al hospital.

Dirán la misa los defensores de la empresa privada, pero Uber cobró nueve veces más el día en que la ciudad necesitaba un gesto de solidaridad. ¿Les parece cursi? En otros tiempos a esto se le llamaba acaparar: guardo la mercancía que compré barata y luego en crisis la vendo cara.

El dedo flamígero de Gamés señala: la decisión de Uber de subir monstruosamente los precios sería una razón suficiente para no pedir nunca más uno de sus coches. Quizá Gil está cansado y busca algo que ya no se usa en el mundo, pero ese día en la ciudad Uber debió bajar sus precios para colaborar en algo a la contingencia. O mejor: Uber colectivos gratuitos por un solo día. Es lo malo de las empresas privadas: hacen lo que les da la gana siguiendo la oferta y la demanda.

¿Qué tal Gil hablando de oferta y demanda? Y en el caso de Uber, nadie los regula, aun cuando forman parte del transporte público de la ciudad.

No somos nada. O sí, somos muchas veces unos encarecedores a los que les importa una almendra fastidiar el bien común. ¿Saben una cosa, señores y señoras de Uber?: son ustedes unos desvergonzados.

Gilga pluga al cielo: Mancera y los abogados del gobierno de la Ciudad deben caerle a palos a Uber e impedir que se conviertan en un monopolio capaz de hacer, como muchos otros monopolios lo han hecho en México, lo que les dé la gana.

INMORAL
Ciro Gómez Leyva entrevistó al vocero de Uber y éste dijo que le hiciéramos como nos diera la gana, que así es la oferta y la demanda y punto com. Gómez Leyva dijo que eso era inmoral. Ciro tiene razón.

Fíjense bien la lectora y el lector: cuando Gamés está de acuerdo con el conductor y periodista le dice Ciro, pero si está en desacuerdo lo llama Gómez Leyva. Pues Ciro, insiste Gilga, tiene razón: Uber ha sido insolidario e infame. Un grito desgarrador hizo añicos el silencio del amplísimo estudio: ay, mis hijoos inmorales.

El conductor y periodista Leo Zuckermann escribió al respecto algo interesante en su contribución diaria del periódico Excélsior: “El decreto de contingencia ambiental y la obligación gubernamental de parar tantos coches generó unas prácticas monopólicas de Uber. El asunto nada tiene que ver con la moral del servicio, sino con una predecible conducta racional para capturar rentas extraordinarias. Vaya que los mexicanos sabemos al respecto: cuántas veces nos han exprimido a los consumidores dinero extra las empresas monopólicas con la complacencia del Estado”.

De acuerdo, medita Gamés, palabra por palabra, pero esa práctica monopólica no les quita a los señores de Uber la inmoralidad de sus acciones empresariales. Recordemos: la moral es un árbol que da mareos.

CLASES DE MANEJO
Gil sabe, además y ademenos, que Uber será un buen servicio cuando la mitad de sus conductores sepan que en la Ciudad de México la Universidad está en el sur y que Tlatelolco está en el norte. La orientación de la mayoría de esos choferes es un desastre: el conductor apunta en el Waze, ese sistema de navegación computarizado, y Dios quiera que lleguemos. Hay una alta probabilidad de llegar al destino correcto y alguna posibilidad de llegar a tierras incógnitas.

Un día Gil iba al sur en un Uber y terminó en Santa Fe, porque eso decía el Waze.

Entre reversas de terror y vueltas en U, el chofer que quizá tomaba sus primeras clases de manejo con Gamés a bordo, regresó al Periférico con la cara de quien va al cadalso. Gil estuvo a un segundo de tomar el volante, hacer lo suyo, y cobrarle diez veces el precio de la tarifa por las clases de manejo.

Se sabe, los viernes Gil toma la copa con amigos verdaderos. Mientras los meseros traen las charolas que sostienen los Glenfiddich 15, Gamés pondrá a circular (no en Uber) la máxima de Anatole France por el mantel tan blanco: La moral es la regla de las costumbres. Y las costumbres son los hábitos. La moral es, pues, la regla de los hábitos.

Gil s’en va.

Twitter: @GilGamesX

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