Opinión

'It follows': el horror elegante

    
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It Follows

Al horror le beneficia anclarse a inquietudes con las que el espectador pueda identificarse, así como imbuir de peligro a lo que es puro y noble. The Exorcist, por poner el ejemplo más usado, aterra porque conecta con preocupaciones comunes (el miedo de un padre frente a la posibilidad de perder a un hijo) y porque lleva ese terror al límite: Chris MacNeil no ve a su angelical retoño enfermar de cáncer, sino consumida por un demonio obsceno. Por otra parte, el género slasher, al que Friday the 13th y Halloween pertenecen, ha tenido que darle una motivación al monstruo, un denominador común a sus víctimas, para conectarlo con nuestro subconsciente. La promiscuidad es el detonante clásico. Para un adolescente de cadera inquieta quizás no hay amenaza más desagradable: si quieres acabar con un machete en la cabeza, dale vuelo a la hilacha. Tu pasatiempo favorito te va a matar.

Aunque Jason muere por la negligencia de los empleados hormonales del campamento, a fe mía nadie dentro de Friday the 13th llegó a advertir que tener relaciones sexuales equivalía a acabar hecho pinole: la audiencia estaba consciente del subtexto, pero los personajes lo ignoraban. En contraste, It Follows incorpora esa convención de forma explícita, y ahí está parte de su ingenio. Jay, una adolescente, se acuesta con Hugh en el asiento de un automóvil. Acto seguido, Hugh la duerme con cloroformo, la ata a una silla y le avisa lo que va a ocurrir.

Acaba de transmitirle una extraña enfermedad sexual. A partir de ese momento, una figura “lenta pero inteligente”, capaz de cambiar de cuerpo y rostro, la perseguirá hasta matarla. La única manera de librarse de ella es pasarle el virus a otra persona, acostándose con ella.
It Follows no es la misma gata revolcada: aquí hay oficio, belleza y una consistencia visual admirable. Filmada en un suburbio otoñal y en la periferia diezmada de Detroit, una ciudad que se ha vuelto sinónimo de decadencia, la segunda obra de David Robert Mitchell es una película de horror contemplativo, con un aspecto que se siente único, lleno de colores pastel y espacios de una amplitud amenazante: cuando Jay se refugia en parques con el suelo tapizado de hojas, calles vacías y playas donde el cielo siempre está nublado, parece como un venadito en un documental de National Geographic, acechado por un tigre.

Mitchell disloca su historia en el tiempo. La fabulosa música de Disasterpeace suena a los 80, las televisiones cuadradas transmiten películas en blanco y negro, los personajes no usan iPhone y sus automóviles tampoco son actuales (es interesante que así sea cuando la película ocurre en una ciudad que antes vivía de la industria automotriz). It Follows entabla un diálogo directo con sus propias influencias y por eso es natural que busque emparentarse con ellas a través de locaciones, sonidos y referencias visuales. Mitchell no homenajea a John Carpenter al filmar en un suburbio similar al Haddonfield de Halloween: más bien nos señala su ADN. Ese es el género que busca renovar, y lo logra.

En It Follows nada da la impresión de ser gratuito. El agua de una alberca, referente casi embrionario de tranquilidad al principio de la película, se trastorna a medida que la trama avanza, y lo mismo ocurre con la vestimenta de Jay, quien empieza vestida de rosa y azul pero termina de rojo y, al final, como recién casada, de blanco. Este cuidado minucioso en los códigos visuales es una rareza, en cualquier tipo de cine. El resultado es mucho más que un thriller efectivo: It Follows es horror elegante. Y ese adjetivo nunca le ha tocado a ningún psicópata con máscara de hockey. It Follows (Está detrás de ti) se estrena en cines la próxima semana.