Opinión

Irrational man: La amoralidad en el cine de Woody Allen

     
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Un hombre irracional (Tomada de YouTube)

Las mujeres lo aman, da clases de filosofía en una universidad con aires de campiña francesa, vive solo en una casa en la que cabría una familia entera y es un autor que ha viajado por medio mundo. Aun así, Abe Lucas (Joaquin Phoenix) está harto de la vida. Bebe de una anforita día y noche, no tiene empacho en apuntarse a la sien con una pistola cargada y ni siquiera la perspectiva de un romance con Rita (Parker Posey) o Jill (Emma Stone), una alumna que lo venera, lo entusiasma. La más reciente película de Woody Allen se titula Un hombre irracional, pero Abe también es un hombre torturado, egoísta y, sobre todo, frívolo. Para Allen, la gente exitosa, culta o inteligente muchas veces es la más insoportable. Para muestra, estos botones: Alan Alda en Crimes and Misdemeanors, Max von Sydow en Hannah and Her Sisters y Owen Wilson en Midnight in Paris.

Un asesinato forma parte central de la historia y, como en Crimes and Misdemeanors, Match Point y Cassandra’s Dream, aquí los personajes no matan por venganza o por un arranque de furia. Judah (Martin Landau) y Chris (Jonathan Rhys Meyers) despachan a sus respectivas amantes para proteger su matrimonio y su cuenta de banco. Abe tiene un motivo aún más prosaico para envenenar a un juez al que ni siquiera conoce: necesita darle sentido a una vida dedicada a la filosofía y al altruismo infértil. En conversación con su novio y sus padres, Jill hace alusión a eventos traumáticos en el pasado de su profesor, pero estos bien podrían ser un embuste más de un tipo propenso al drama y la mentira. Abe no tiene mayor impulso para matar que su propia insatisfacción crónica. Fuera de volverla superficial, la falta de motivación detrás del crimen le da a Irrational Man un carácter oscuro y amoral que se agradece.

Los escenarios bucólicos y la música alegre que Allen utiliza solo sirven para contrastar el ridículo pesimismo del personaje con su espectacular entorno. Si nos tapamos los oídos durante secuencias como aquella que ocurre en un parque de diversiones –quizás lo más bello que Allen ha filmado a color–creeríamos que estamos frente a un romance luminoso, cuando lo que se nos presenta es el quiebre moral de un narcisista. Allen jamás acorta esa distancia irónica entre Abe y el espectador. A pesar de tener a Jill, de dar clases en ese paraíso y vivir en un lugar donde la gente se entretiene escuchando violinistas al aire libre, Abe se siente incompleto. Su depresión es el lujo de un hombre acomodado. Pocas películas recientes ridiculizan los llamados white people problems de manera más feroz.

Irrational Man no está exenta de vicios. El más estorboso es que tanto Abe como Jill narran lo evidente. “Estaba molesta de que Abe no me hablara en mi cumpleaños”, dice ella, mientras revisa su celular en busca de una llamada de su profesor y tuerce el rostro en una mueca de disgusto. Esta narración como pleonasmo abunda a lo largo de la película, rara vez brindándole una capa adicional o impugnando lo que vemos en pantalla. Amén de estos lastres, Allen nos regala otro gran perfil de un hombre leído, exitoso y siniestro: uno de sus grandes fuertes como autor. Las mejores mentes no siempre pertenecen a personas intachables. Algo sabe Woody Allen del tema.


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