Opinión

Irán y Estados Unidos: nueva era

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Barack Obama

El acuerdo inicial establecido apenas hace unos días por los gobiernos de Washington y Teherán fija las bases para una reformulación completa de las relaciones entre los Estados Unidos y el mundo islámico.

Hace más de 30 años, ante la caída estrepitosa del régimen del sha Mohamed Reza Pahlevi en Irán y la llegada de un gobierno teocrático bajo el liderazgo del ayatola Jomeini, la ruptura entre ambos países se convirtió en un problema sin solución pragmática alcanzable. Durante más de cinco décadas, la política exterior estadounidense de apoyo incondicional a Israel y su alianza sólida con Arabia Saudita y los emiratos (Qatar, EAU y Bahrein) lo colocaron en la antípoda de un posible diálogo con Irán.

Son múltiples los factores que bloquearon un posible acercamiento entre Washington y Teherán. Desde la embajada atacada y los sobrevivientes rescatados (1979), la alianza con el reino sunita de Arabia Saudita, las lamentables y desestabilizadoras incursiones militares estadounidenses del 91 en Kuwait e Irak, y después en 2001-03 en Afganistán e Irak nuevamente, contribuyeron a enfriar toda posible propuesta de diálogo.

En la última década, el programa de enriquecimiento de uranio como ingrediente principal para la fabricación de armamento nuclear en Irán agravó las luces de alerta en el Pentágono. Irán se convertía en un enemigo de potencial riesgo para la seguridad de los Estados Unidos.
El “eje del mal” del Departamento de Estado incluía –desde los años 80- a Birmania, Irán y Cuba, tres países con los cuales Estados Unidos y el gobierno del Presidente Obama han iniciado una etapa de acercamiento y negociaciones.

Hoy se discute en el New York Times y múltiples círculos políticos americanos si la “Doctrina Obama” tiende a rediseñar el plan de alianzas estratégicas de Estados Unidos hacia los siguientes años.
Lo cierto es que el pragmatismo de Obama ha impulsado un acercamiento con Cuba, después de 50 años de una política de embargo y confrontación retórica inútil y sin resultado concreto.

Con Irán, la negociación de relajar las sanciones comerciales que han dañado al punto de la eliminación de su economía, así como un programa de energía nuclear que impulse la industria sin la fabricación de armas, ha resultado –hasta ahora- mucho más productivo y eficiente para degradar al potencial enemigo nuclear en esa zona.
De prosperar esta política de diálogo y negociación, Washington alcanzaría un nuevo balance en sus relaciones con el mundo islámico. Arabia Saudita y sus encubiertas y clandestinas subvenciones a los extremistas de ISIS ya no sería la única puerta de encuentro y relación para Estados Unidos.

Irán se ha transformado en 40 años. Ha pasado de ser un país profundamente conservador, religiosamente medieval, a un país moderno, que gradualmente ha permitido el avance de sus mujeres en la vida social, en la participación política y en las universidades. Un nuevo presidente liberal, Hassan Rouhani, ha permitido una visión más abierta a la diplomacia y al diálogo internacional, dejando atrás posiciones radicales, ultrarreligiosas y de permanente confrontación.

El primer punto de acuerdo es enfrentar a ISIS de forma coordinada, como una seria amenaza a la paz y a la estabilidad –prácticamente destruida- de la región. ISIS representa la visión radical de la vuelta del tiempo, del califato, del mundo islámico monárquico, sin leyes ni tolerancia.

Sin embargo subsisten amenazas a esta nueva alianza pacificadora: los fundamentalistas iraníes que aún ostentan poder y control en órganos del gobierno, los republicanos en Washington que se empeñan en la vieja visión de enfrentamiento bélico y retórico, además de Israel y su poderoso cabildeo en el Congreso de Estados Unidos.

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