Opinión

Ir al cine en los 80s

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Cine

Pisos pegajosos, pocas opciones, películas cortadas con intermedios forzados y salas de cine descuidadas. Así era ir al cine en los ochenta. En el resto del mundo, las salas de exhibición de películas mejoraban sus instalaciones y sus servicios y era notorio el rezago que se vivía en México. Si lo que se deseaba era dar un buen servicio, la experiencia que recibía el consumidor tenía muchas áreas de oportunidad.

La inversión privada en las salas de cine estaba estancada. Los incentivos simplemente no estaban bien acomodados. La regulación cinematográfica del momento permitía a los exhibidores privados únicamente proyectar películas producidas en dos estudios, Columbia y Twentieth Century Fox, porque la Compañía Operadora de Teatros, de propiedad gubernamental, podía proyectar las películas de los demás estudios, Paramount, Warner y Disney primordialmente. De esta forma, no se hacían competencia. O eso creían. El precio del boleto de cine estaba en la canasta básica, lo estuvo hasta 1994, y era un precio controlado por el gobierno. La regulación estipulaba que no podía haber complejos cinematográficos de más de cinco salas. No los había, no sólo por la regulación, sino por la falta de contenido que los exhibidores privados podían utilizar.

Existía un sindicato, el Sindicato Único de Trabajadores de la Industria Cinematográfica. Los exhibidores privados tenían prohibido capacitar a su personal. Esa era facultad del sindicato. Desde luego, era imposible despedir trabajadores, pero incluso, si se descubría a algún empleado robando, no se le podía despedir. Esa era facultad del sindicato también. Así que el sindicato lo removía de su puesto y se asignaba a otro trabajador. Al que había sido descubierto robando, se le trasladaba a otra sala.

Se podían únicamente doblar las películas AA, las de dibujos animados. El objetivo de este punto específico de la regulación era fomentar la producción de películas mexicanas. Es decir, si no se doblaban las películas, se asumía que, como a gran parte de la población se le dificultaba leer los subtítulos, la gente iría a ver películas en español y, de esta forma, se apoyaría a la industria. Filosofía triste y discriminatoria.

Podemos darnos cuenta de por qué las salas de cine no eran mejores. Los incentivos estaban acomodados de tal manera que se frenaba la inversión en el sector. Lo curioso es el tema de la protección de la competencia. ¿A quién se protege? Porque sin duda estaban sometiendo a la industria privada del cine a competencia, pero a una competencia desleal. Las salas de las que el gobierno era propietario, recibían un flujo constante de recursos, mientras que a las privadas se les impedía mejorar.

En los noventa se liberalizó la industria. Se permitió la creación de más sindicatos, los exhibidores podían escoger con cuál trabajar, se liberó el precio del boleto del cine. Entra la competencia, no sólo del exterior, empieza la competencia mexicana y esto cambia radicalmente la escena. Para ajustarse, la industria enfrentó resistencias del legado anterior. Hoy ya no esperamos que nos corten la película a la mitad de una escena para ir a comprar dulces y fomentar la industria dulcera nacional.

Hay debates similares hoy en día en otros sectores. Las industrias se mueven. La población cambia, las necesidades cambian. La tecnología evoluciona y la industria se adapta para aprovechar ese cambio, en beneficio del productor y del consumidor. La regulación se tiene que adaptar y si no se adapta, surgirán modelos de negocio diferentes. El tema al diseñar la regulación no es desregular o regular todo, es sentar bases parejas para permitir la entrada y salida de competidores.

Fomentar una industria o proteger a un sector, no debería de ser sinónimo de aislarlo del mundo y forzar a que la gente consuma el bien o servicio, aunque sea malo. Hay que tener cuidado con lo que deseamos. Deseando proteger una industria, podemos acabar destruyéndola.

Twitter: @ValeriaMoy

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